Daniel Ortega vuelve a prometer vacuna rusa contra el dengue, ¿qué se sabe de ella?
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Una circular de la Policía intentó callar las protestas de 2018. Siete años después, el estado policial vigila y persigue, fingiendo normalidad
Fotoarte: CONFIDENCIAL
La aparente calma en las calles de Nicaragua esconde un aparato represivo de control y miedo. Siete años después de que una circular de la Policía intentara acallar las protestas de abril, la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo sostiene un Estado policial de facto disfrazado de paz, bienestar y normalidad. Ese aparato de vigilancia y persecución ha forzado a la población a evitar conversar sobre temas que incomodan al Gobierno, incluso entre familiares y amigos. La represión también se extiende de forma sistemática al ámbito legal, social y hasta transnacional.
En este reportaje de CONFIDENCIAL, documentamos la cronología de cómo se construyó y cómo se sostiene el Estado policial de facto en Nicaragua.
La narrativa oficial, promovida por medios oficialistas y “encuestas a la carta” presentan a Ortega y Murillo con una supuesta aprobación del 86%, mientras culpa a los opositores de “golpistas”. En su monólogo diario, Murillo destaca una Nicaragua “bendita”, con miles de actividades culturales y recreativas cada fin de semana para mantener a la población distraída en una falsa tranquilidad.
La represión ha logrado su objetivo principal: generar un clima de miedo que ha forzado la autocensura. La amenaza de perder la libertad, la nacionalidad o los bienes personales ha silenciado a la mayoría de la población. La dictadura también manipula a su conveniencia, alegando que acciones como la prohibición de procesiones religiosas son decisiones de seguridad pública para evitar la confrontación, aunque sólo es un acto más de censura y control.
Tras la prohibición de las protestas, con una circular policial el 28 de septiembre de 2018, el régimen se enfocó en eliminar cualquier forma de organización y disidencia. En un inicio, la represión fue la violencia física. La primera marcha, dos días después de la prohibición, fue violentamente reprimida.

En respuesta, la población organizó “piquetes”, “plantones exprés”, y pequeñas acciones de resistencia ciudadana, como soltar por las calles globos o papelillos de color azul y blanco, pegar calcomanías, colgar pancartas, o llevar agua a las madres de los presos políticos que improvisaron una huelga de hambre en una iglesia rodeada por la Policía. Pero la estrategia de represión evolucionó para disuadir cualquier acción ciudadana.
El régimen no solo ha recurrido a la violencia, sino que ha desmantelado de forma sistemática cualquier contrapeso, cerrando, asaltando, confiscando y censurando oenegés, universidades y medios de comunicación.
La embestida comenzó en noviembre de 2018, cuando la Asamblea Nacional ordenó las primeras cancelaciones de personería jurídica a once oenegés. Hoy son más de 5600 las organizaciones sin fines de lucro canceladas, incluyendo más de 1300 oenegés religiosas.
El ataque se extendió a la prensa independiente con el asalto y confiscación de CONFIDENCIAL y 100% Noticias, en diciembre de 2018. La criminalización del ejercicio periodístico con más de 60 citas e interrogatorios a periodistas y directores de medios en la Fiscalía, que forzó a centenares al exilio. El diario La Prensa, de casi cien años de historia, también fue asaltado y confiscado en agosto de 2021. Hoy el número de medios cerrados supera los 50. Solo algunos de ellos logran sostenerse en el exilio, pese a los intentos de censura como la cancelación de los dominios “.ni” de los sitios web de los medios independientes, en marzo de 2025.
El objetivo de callar también alcanzó a universidades. Más de treinta de universidades —entre ellas la jesuita Universidad Centroamericana (UCA)— han sido cerradas y confiscadas. Tras ellos, la dictadura ha construido un negocio redondo, a la vez que promueve el adoctrinamiento partidario. De igual manera las Iglesias católica y evangélica que han sido atacadas, perseguidas y confiscadas, y sus obispos, sacerdotes o pastores que han sido encarcelados y desterrados.
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El régimen no solo recurrió a la violencia, sino que instrumentalizó la ley para construir un Estado de terror, fabricando un andamiaje jurídico diseñado para justificar la represión y la persecución contra quienes tilda de “traidores a la patria”. Su verdadero objetivo: anular los contrapesos para ejercer un poder absoluto, en completa impunidad.
En menos de seis meses, entre septiembre de 2020 y febrero de 2021, la aplanadora sandinista aprobó una decena de leyes represivas que suspendieron las libertades y derechos constitucionales de los ciudadanos:
Las leyes de los años anteriores fueron la antesala para el asalto final al Estado. El régimen ha utilizado reformas legales para reconfigurar por completo el ordenamiento jurídico y concentrar el poder de forma totalitaria.
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El control del régimen no se limita a las grandes leyes o instituciones; se filtra en la vida cotidiana de los ciudadanos, generando un clima de autocensura y miedo. Mientras una mayoría sigue su vida normal —en silencio— para muchos, la represión es el pan de cada día, con asedio y vigilancia continua.
Desde la prohibición de las marchas en septiembre de 2018, la Policía ha perseguido a ciudadanos por portar la Bandera Nacional, ha allanado centros comerciales para arrestar a manifestantes, ha acosado a madres por llevar flores a las tumbas de sus hijos asesinados y ha impedido la salida de opositores de sus casas. Incluso varias procesiones religiosas fueron prohibidas desde septiembre de 2022, eliminando otra forma de reunión social.
La represión también suele ser focalizada, con el objetivo de silenciar a cualquier voz crítica, sean figuras públicas o ciudadanos comunes. Entre ellos hay periodistas, médicos, académicos, defensores de derechos humanos, empresarios, activistas, campesinos, obispos y sacerdotes y políticos de oposición. La represión también ha alcanzado a militantes sandinistas y figuras históricas del partido de Gobierno o de la lucha antisomocista, para enviar un mensaje claro: la crítica no se tolera, sin importar de dónde provenga.
En Nicaragua siguen ocurriendo arrestos arbitrarios y desapariciones forzadas. Cientos de familias sufren la angustia de no saber nada de algún pariente que un día se llevaron de la casa o el trabajo, y ni siquiera les confirman en qué cárcel se encuentran. También se ha impuesto la “casa por cárcel” de facto, sin un proceso judicial, a decenas de opositores y ciudadanos. Y algunos son obligados a firmar a diario en delegaciones policiales para poder permanecer en Nicaragua.
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El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha extendido su represión más allá de las fronteras de Nicaragua, desplegando una estrategia para hostigar, silenciar y castigar a la disidencia en el exilio.
Un informe del Grupo de Expertos en Derechos Humanos sobre Nicaragua (GHREN), publicado en septiembre de 2025, identificó ocho violaciones transnacionales de derechos humanos que buscan eliminar toda forma de oposición:
El control del Estado policial de facto de Nicaragua recae en la Policía Nacional, que ha dejado de ser una fuerza de seguridad para convertirse en el principal brazo armado represivo del régimen. La institución ha concentrado un poder sin precedentes, asegurando la lealtad total a la pareja presidencial.
El crecimiento de la Policía ha sido exponencial. Entre 2019 y 2021, en la consolidación del estado policial de facto, aumentó más de un 27% (con 4000 nuevos efectivos), y siguió creciendo.
A principios de 2025, en solamente seis semanas, la dictadura quintuplicó el tamaño de su fuerza policial, juramentando al “ejército de Rosario Murillo”: más de 76 800 encapuchados bautizados como “policías voluntarios” para reavivar el recuerdo de los grupos paramilitares que reprimieron las protestas de 2018. Con ello, el número de policías se elevó de 20 474 en 2024 a 105 285 en 2025, el mayor número en la historia del país.
En febrero de 2025, al ser ratificado para un nuevo período como jefe de la Policía, el primer comisionado Francisco Díaz, también consuegro de Ortega y Murillo, juró “lealtad y obediencia” a la pareja presidencial, en un claro mensaje de que la institución está subordinada por completo al poder político.
A La Policía, la dictadura le ha conferido poderes que van más allá de la seguridad pública, convirtiéndola en un brazo judicial y económico.
En agosto de 2025, la dictadura creó una jefatura policial bicéfala, nombrando como “cojefe” al comisionado general Juan Victoriano Ruiz Urbina, hasta entonces a cargo de la cárcel de torturas conocida como “El Chipote”.
En las calles, la Policía es la encargada de ejecutar las acciones represivas que trastocan la vida diaria de los nicaragüenses. Es el actor central en los arrestos arbitrarios y desapariciones forzadas, y tiene un papel clave en la persecución contra la Iglesia, hostigando a sacerdotes, obispos y feligreses, señala nacional e internacionalmente como responsable de la represión, en un papel de pilar principal del control totalitario del régimen, y su Estado policial de facto.
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Confidencial es un diario digital nicaragüense, de formato multimedia, fundado por Carlos F. Chamorro en junio de 1996. Inició como un semanario impreso y hoy es un medio de referencia regional con información, análisis, entrevistas, perfiles, reportajes e investigaciones sobre Nicaragua, informando desde el exilio por la persecución política de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
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