3 de noviembre 2025
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China toma la delantera en la ciencia internacional: un nuevo estudio muestra cómo está desplazando a Estados Unidos en áreas clave de la investigación
Un hombre sostiene un teléfono móvil con la aplicación DeepSeek, un modelo chino de inteligencia artificial. | Foto: EFE/Salvatore Di Nolfi/Archivo
Scientia potestas est (El conocimiento es poder). Esta frase fue acuñada por el filósofo inglés Francis Bacon a finales del siglo XVI, cuando Inglaterra se contaba entre las potencias mundiales líderes en ciencia y política. Bacon quería dejar claro a sus contemporáneos el valor estratégico del conocimiento, un principio que sigue siendo válido hasta hoy.
Actualmente, el mapa mundial de la investigación está viviendo un cambio profundo. Según un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), en 2023 los científicos chinos lideraron casi la mitad de las investigaciones conjuntas con colegas estadounidenses. Un dato histórico que refleja el vertiginoso ascenso de este país como potencia científica: ahora marca la agenda de la investigación global.
Ya no se trata solo de premios Nobel o cantidad de publicaciones. El liderazgo científico se mide con otros parámetros. De unas seis millones de investigaciones analizadas, el 45% de los proyectos conjuntos entre Estados Unidos y China fueron dirigidos por la parte china en 2023. En 2010, era apenas el 30%. Si la tendencia continúa, China podría alcanzar a Estados Unidos hacia 2027 o 2028 en campos estratégicos como inteligencia artificial, semiconductores y ciencia de materiales.
También en número de publicaciones el país asiático lleva la delantera. Según el informe más reciente del G20 sobre investigación e innovación, casi 900 000 artículos científicos se publicaron desde ese país, tres veces más que en 2015. En el Nature Index, que evalúa las revistas científicas y médicas más importantes, China ya superó a Estados Unidos. Entre las diez instituciones con más publicaciones en ese índice, siete son chinas.
Mientras tanto, el panorama para Occidente no es alentador: Harvard sigue liderando la clasificación, pero los puestos del 2 al 9 los ocupan universidades chinas. El MIT, el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts, aparece recién en el décimo lugar.
Pekín ha hecho de la ciencia el corazón de su estrategia de desarrollo. Abrió sus instituciones a la cooperación internacional y fomenta activamente el intercambio global. Estudiantes y científicos chinos son incentivados a trabajar en el extranjero, fortaleciendo una red mundial de colaboración.
Además, a través de su iniciativa BRI de infraestructura y desarrollo, invierte miles de millones en educación y tecnología para atraer talento extranjero y consolidar lazos académicos. Según la PNAS, China utiliza deliberadamente la diplomacia científica como herramienta de poder.
Velocidad, inversión masiva y redes coordinadas: esas son las grandes ventajas del sistema chino. En ingeniería, electrónica, física, química y ciencia de materiales, sus resultados son notables.
Sin embargo, el control centralizado también impone límites. China carece aún de innovaciones disruptivas y de la independencia que caracteriza a la ciencia occidental. El éxito puede planificarse; la creatividad, no. En ese sentido, Estados Unidos, con su cultura descentralizada e impulsada por empresas, sigue teniendo ventaja.
A eso se suma que la cooperación internacional se ha vuelto más difícil. Estados Unidos y Europa consideran a China un rival estratégico y las tensiones geopolíticas y económicas de los últimos meses no ayudan.
En inteligencia artificial (IA), Estados Unidos mantiene —por ahora— el liderazgo, pero el gigante asiático avanza con pasos firmes. Su modelo lingüístico Deepseek demuestra la rapidez y el bajo costo con que sus tecnologías pueden llegar al mercado. Harvard continúa siendo un referente, pero las academias chinas acortan distancias a gran velocidad.
En las solicitudes de patentes de IA, China ya ocupa un rol central. Estados Unidos resiste, mientras Europa queda rezagada incluso con sus mejores instituciones.
El avance del gigante asiático está reconfigurando el equilibrio económico y geopolítico mundial. El país ya marca parte de la agenda global de investigación, mientras Europa pierde terreno en la carrera por las tecnologías del futuro.
Este crecimiento coincide con una etapa de debilidad en Occidente. La investigación estadounidense sufre recortes, polarización política y fuga de talentos. Las políticas de austeridad del presidente Donald Trump y la rivalidad abierta entre ambas potencias han reducido los proyectos conjuntos y empujado a muchos científicos hacia China.
Europa tendría que apostar decididamente por una política científica común, más allá de los intereses nacionales. Su diversidad —de lenguas, culturas y tradiciones— puede ser una fuente de innovación, no una debilidad.
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