“Economía del malestar”: Detrás del espejismo de bienestar económico de la dictadura
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Trabajadores temen ola de despidos. Exportadores exploran nuevos mercados, aunque reconocen que China “está demasiado lejos” para ser rentable
Fotoarte con las imágenes de las banderas de Nicaragua (izq.), Estados Unidos (der), y, en medio, una obrera de la Zona Franca. | Fotoarte: CONFIDENCIAL
El temor a perder las ventajas arancelarias de exportación a Estados Unidos es algo de lo que no se habla en voz alta en las empresas de Zona Franca de Nicaragua, según tres trabajadores de ese sector. Adicionalmente, dos productores compartieron cómo ven la situación y qué alternativas tiene el país ante la amenaza de sanciones comerciales de EE. UU.
“Sería un golpe increíble tanto para el sector exportador, como para el que produce para exportar”, opina un cafetalero consultado por CONFIDENCIAL, sobre el riesgo de una suspensión total o parcial de los beneficios del CAFTA o la imposición de aranceles de hasta el 100% sobre las exportaciones nicaragüenses. Ambas posibilidades son las principales medidas comerciales en contra del régimen propuestas por la Oficina del Representante Comercial de EE. UU. (USTR, por sus siglas en inglés), a finales de octubre de 2025.
El cafetalero admite que los aranceles los paga el importador, pero considera que el comprador estadounidense no querrá asumir el costo de ese arancel, y tampoco el exportador nicaragüense, así que “se lo van a querer cargar al productor”.
Las opciones para el gremio empresarial no son muchas si el Gobierno de Estados Unidos, finalmente, decide imponer algún tipo de sanción comercial. Dada la realidad nicaragüense, no hay muchas opciones para mejorar la eficiencia en los procesos productivos, pero sí para buscar cómo diversificar los mercados, y revisar los precios.
El cafetalero opina que los exportadores tienen que comenzar ya a echar la mirada hacia otros mercados como Europa, Arabia o Canadá. El hecho de que el 56% del café que exporta el país tenga a Estados Unidos como destino, hace que la tarea sea más apremiante. Al revisar las opciones disponibles, señala dos de ellas como las más plausibles: negociar precios, y venderle a China.
Para implementar la primera medida habría que desplegar una ofensiva en el mercado europeo, ofreciendo el café con un generoso descuento. Aunque eso mermaría la ganancia de todo el sector en Nicaragua, el resultado es menos malo que la pérdida que representaría tener que pagar un arancel de 100% para entrar a Estados Unidos.
También está la opción china. Tanto por la existencia de un acuerdo de libre comercio entre Nicaragua y China, como por el afán del régimen por atraer nuevas inversiones y ampliar las exportaciones hacia ese país. Pero no es fácil conquistar el mercado chino. Prueba de ello es que, en 2022, el país solo pudo colocar 12 millones de dólares (0.3% del total) en productos en ese país.
Dos años después, en 2024, la cifra llegó a 61.3 millones (1.5% del total), según el Informe de Comercio Exterior del cuarto trimestre de 2024, elaborado por el Banco Central de Nicaragua. En comparación, Nicaragua importó productos por 1073.5 millones en 2022 (13.5%) y 1436.3 millones en 2024, lo que representó el 15.9% de las importaciones totales del país en ese año.
Una de las razones para que el consumidor chino siga alejado de nuestros productos es precisamente la lejanía. Eso es cierto tanto si queremos venderles café (no podemos competir con India, que también produce café, y tienen alrededor de 3400 kilómetros de frontera común), como si queremos venderles carne.
La carne nicaragüense tiene opciones en el mercado chino. La razón es la creciente clase media china que posee suficientes recursos para consumir un producto que sus abuelos veían como un lujo. Tener una población de casi 1400 millones de almas, es un gran atractivo. La distancia es, de nuevo, la gran barrera no arancelaria que nos mantiene alejados de sus puertos, sus mercados, y sus mesas.
No solo los empresarios (productores o exportadores), están preocupados. También lo están los trabajadores de empresas adscritas al régimen de Zona Franca, que ven cómo se cierne en el horizonte la amenaza del despido. Esa amenaza se percibe tan real, que algunos están renunciando como una medida de autoprotección. A otros como Melissa, no les dio tiempo para salir cuando sintiera que le convenía más. Ella fue despedida hace ocho días.
Relata que sus supervisores se quejaban de ella, porque “decían que yo iba muchas veces a la clínica, y que me enfermaba mucho. Lo que creo que en realidad están haciendo es deshacerse de los trabajadores que sienten que no producen lo suficiente, adelantándose a la posibilidad de que tengan que correr más gente”.
Mariana trabaja en Formosa de Nicaragua, y tiene una percepción similar. Junto a sus compañeros de trabajo, han comenzado a notar que la empresa está despidiendo personas. “La administración no nos dice nada, pero entre el personal se rumora que es por las sanciones en contra de Nicaragua”, relata.
Ante el aumento de la presión (que muchos piensan que es para que se vayan por sí solos), hay otro grupo que simplemente comenzó a renunciar. Su razón es especulativamente pragmática: temen que haya un cierre abrupto, y que las empresas lo usen como excusa para declararse en quiebra, y no pagarles lo que manda la ley. Su solución, aunque se queden sin trabajo antes que eso suceda, es presentar su renuncia para poder cobrar su liquidación.
Octavio es parte del engranaje humano que produce pantalones en la fábrica USLC Apparel. Ahí, la conversación en torno al riesgo de quedarse sin empleo es más parca. Casi inexistente. La razón es el temor, pero también que “los jefes no mencionan ese tema para nada. Creo que por eso mismo los trabajadores tampoco tocan el tema y si lo hacen, es lo mínimo posible. Sin entrar en detalles”.
Tanto Mariana como Octavio reportan haber detectado movimientos inusuales en las empresas para las que trabajan. Cambios en la estructura productiva, que sugieren que los dueños estarían tomando algunas medidas precautorias, si la imposición de aranceles le quita a Nicaragua, su atractivo como plataforma para exportar hacia Estados Unidos.
Octavio expresa la preocupación que siente al ver los cambios que están ocurriendo dentro de la empresa. El primero, es que “dejamos de fabricar algunos estilos de pantalones de la marca Dickies Boys”. El segundo, el esperado cierre de una línea de producción en donde se confecciona una prenda llamada coverol.
Aunque eso podría ser solo un hecho circunstancial, relata que en los terrenos de la empresa había unos contenedores que estaban en uso, y hace una semana desaparecieron. En uno guardaban cajas con pantalones. En otros había maquinaria en desuso, y algunos más lo utilizaban los mecánicos como taller. Octavio considera que esos movimientos pueden ser algunos de los primeros pasos a implementar si decidieran cerrar la empresa, o minimizar la producción. “Hemos escuchado que habrá recortes de personal, pero ni los administradores, ni los jefes de línea dicen nada. Nunca lo hacen, si no hasta el día que te están despidiendo”, señaló con molestia.
Mariana y sus compañeros de trabajo se dedican principalmente a la fabricación de chaquetas en distintos estilos y para distintos clientes extranjeros. De ahí que el trabajo esté organizado de tal forma que cada módulo produzca diferentes estilos o lotes. Algunos cambios recientes han generado preocupación entre los dueños de los lotes, que temen recibir sus pedidos con retraso.
Una de las razones es que el área de producción tiene tres módulos, pero uno de ellos ya no tiene personal porque los que trabajaban ahí renunciaron, o “fueron despedidos por razones que no ameritaban un despido”, observa.
Después de cerrar esa línea de producción, la administración ordenó sacar maquinarias del módulo vacío y cargarlas en un contenedor. En teoría, esos equipos serían enviados a El Salvador, “pero el Gobierno no les dejó sacarlas, y tuvieron que bajar todo lo que habían subido al contenedor”, afirmó.
Ni Mariana ni sus colegas anhelan quedarse sin trabajo, pero ella y varios de los de más edad, están más preocupados que los demás. Su razón es que “ya se acerca nuestra fecha de jubilación, pero tenemos temor de que nos corran antes de poder gestionar nuestra pensión ante el INSS”, confesó.
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Periodista nicaragüense, exiliado en Costa Rica. Durante más de veinte años se ha desempeñado en CONFIDENCIAL como periodista de Economía. Antes trabajó en el semanario La Crónica, el diario La Prensa y El Nuevo Diario. Además, ha publicado en el Diario de Hoy, de El Salvador. Ha ganado en dos ocasiones el Premio a la Excelencia en Periodismo Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, en Nicaragua.
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