Factura petrolera nicaragüense se dispara en medio de guerra con Irán
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Los nicaragüenses compran menos productos con los mismos dólares que recibían en enero de 2024, cuando el régimen frenó la tasa de deslizamiento

El régimen decidió congelar la tasa de deslizamiento del córdoba con respecto al dólar de Estados Unidos a partir de enero de 2024. Foto: Confidencial | Archivo.
Cada semana, Cristina aprovecha una pequeña ventana de tiempo para ir a una sucursal bancaria a retirar los 30 dólares que un amigo le envía desde Estados Unidos. Con el dinero, usa cualquier otro momento libre o una salida temprano del trabajo para comprar en el Mercado Oriental, en Managua, los alimentos para ella, su madre y su hija.
La nicaragüense agradece ese pequeño salvavidas semanal, pero lamenta que cada vez sea más difícil surtir de alimentos la despensa familiar. En especial porque los 1098 córdobas que recibe nominalmente compran cada vez menos, desde que —en enero de 2024— el Banco Central de Nicaragua (BCN) congeló la tasa de deslizamiento del córdoba con respecto al dólar estadounidense.
El bolsillo de Cristina —y de miles de familias por todo el país— resiente los efectos de la inflación que no da tregua. Aunque los datos del BCN señalan que se redujo sensiblemente (2.84% en 2024 y 2.7% en 2025, para un acumulado de 5.6% en la suma de ambos años), el problema es que la realidad de los mercados no coincide con la de los informes oficiales del régimen.
Cristina usa la remesa que recibe semanalmente para comprar comida, pero siente que ya “no nos rinde el dinero”. Lo dice mencionando cómo han evolucionado los precios del arroz, los frijoles, los tomates, o el queso. O sea, “las cosas básicas”, señala.
En similares términos se expresa Miguel Ángel, habitante de Ciudad Sandino.
Él recibe una remesa mensual desde Costa Rica, que oscila entre 100 y 150 dólares “para comprar alimentos y pagar servicios básicos”.
Aunque “el dólar tiene como dos años de estar estable”, hace la observación de que “las cosas están más caras, así que terminamos comprando menos”. Cuando dice “las cosas”, se refiere al arroz, el aceite o los frijoles.
Nicaragua es un país que vive de remesas. Solo en 2025, un cálculo del experto en remesas y desarrollo, Manuel Orozco, indica que el país recibió alrededor de 6167 millones de dólares, lo que equivale al 27.7% del producto interno bruto del país para ese año.
En total, se recibieron más de 21 400 millones de dólares entre 2021 y 2025. Una suma astronómica que las familias usaron, en su mayoría, para comer. Tal como lo señala Orozco, las remesas han dado un fuerte impulso al consumo privado en los últimos años. El experto calcula que unos 900 000 de los 1.6 millones de hogares que hay en el país, recibe remesas.
El 1 de enero de 2024 entró en vigencia la decisión del BCN de fijar en cero por ciento la tasa de deslizamiento de la moneda nacional. En ese momento, la canasta básica total (usando como base el dato de diciembre 2023), costaba 19 801 córdobas (540.7 dólares). 28 meses después (en abril de 2026), su costo ascendía a 21 246 córdobas, lo que representa unos 580.1 dólares y un encarecimiento del 7.3%, según datos del Instituto Nacional de Información de Desarrollo (INIDE).
En el caso del segmento de la canasta básica que mide solo el componente “alimentos”, su precio era de 14 123 córdobas, o sea, 385.6 dólares. Al cierre de abril 2026, esa cifra se había elevado hasta los 15 207 córdobas, (equivalentes a 415.2 dólares), reflejando un incremento del 7.67%.
Esos números —todos cifras oficiales— validan los argumentos que, por años, ha esgrimido el economista Enrique Sáenz, en el sentido que el crecimiento nominal de la economía nicaragüense, no se corresponde con una mejora del bienestar de los ciudadanos. Además de la combinación ‘deslizamiento cero’ con ‘inflación en aumento’, el experto añade otro elemento a la ecuación: el salario real de los trabajadores de la economía formal, cuyo deterioro es permanente.
En rigor, esto afecta básicamente al pequeño porcentaje de la fuerza laboral (menos del 30%) que tiene un empleo a tiempo completo en una empresa formal. Esto es, una empresa inscrita en Hacienda y en su respectiva alcaldía; que paga impuestos, afilia a sus trabajadores en el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social, y lleva una contabilidad en regla. El resto, o sea, cerca del 70% restante de la fuerza laboral que labora en la economía informal, tiene condiciones aún peores.
El resultado es que se perpetúa la incapacidad de la inmensa mayoría de trabajadores asalariados de adquirir la canasta básica. Incluso si se mide por la evolución de los salarios, que se revalorizaron en 4% a partir de marzo de 2026, según el acuerdo leído por la sancionada ministra del Trabajo, Johana Flores, pero siguen siendo insuficientes para adquirir esa canasta básica.
En palabras de Enrique Sáenz, el trabajador que no recibió un ajuste de sus ingresos en una proporción que le permita compensar la carestía de la vida, “lo pagó con menos gallo pinto, queso y tortilla en la mesa de su hogar”.
Cristina, Miguel Ángel, y sus respectivas familias son algunos de esos trabajadores.
Además de la remesa que recibe semanalmente, Cristina tiene un ingreso propio de 2000 córdobas semanales, que obtiene por su trabajo como despachadora y facturadora en una tienda de zapatos ubicada en el Mercado Oriental.
La suma de ambos montos debería servir para cubrir los gastos de las tres mujeres de su hogar situado en Nejapa, si no fuera porque los precios son una variable que no puede controlar, y porque hay necesidades objetivas de su niña, que no pueden ser postergadas. Cuando se trata de salud, tampoco puede dejar para más adelante el cuido de su progenitora.
En la variable ‘alimentos’, al menos en los que consumen ella y su madre, la estrategia es simple: comprar menos. “Se compra menos arroz, menos frijoles. Se cocina menos. Solo lo que nos vamos a comer nosotras o alguna visita”.
Para evitar sobresaltos en el presupuesto familiar “no se come mucha carne ni pollo, pero sí más frijoles y arroz. ¿Queso? Depende de cómo esté el precio en ese momento. A veces podemos comernos un pollito, porque igual el pollo está caro y uno no se puede estar dando esos lujos”, reconoce.
Miguel Ángel también tiene un empleo fijo: es técnico en telefonía y redes. A pesar que la remesa que recibe ayuda mucho en la tarea de llegar a final de mes, son las decisiones del consumo las que determinan que aguanten hasta la siguiente fecha de pago.
Ello implica pensar bien cuándo van a consumir carne de res, en especial viendo que su precio oscila entre 150 y 180 córdobas. Con el queso es igual. Dependiendo de la época del año, puede encontrarlo en 70 córdobas, pero algunos meses ha llegado a costar más de cien. Pasa lo mismo con el tomate, que “antes se compraba en cinco córdobas, y ahora cada uno cuesta 10 córdobas”, explica.
En donde siente que ya no tiene opción es en el lujo de comprar un pollo asado. “Antes era más fácil comprarlo, porque costaba 200 córdobas; ahora vale 340. Casi diez dólares. Ya no puedo pagar ese precio”, lamenta.
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Periodista nicaragüense, exiliado en Costa Rica. Durante más de veinte años se ha desempeñado en CONFIDENCIAL como periodista de Economía. Antes trabajó en el semanario La Crónica, el diario La Prensa y El Nuevo Diario. Además, ha publicado en el Diario de Hoy, de El Salvador. Ha ganado en dos ocasiones el Premio a la Excelencia en Periodismo Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, en Nicaragua.
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