Museo de Memoria itinerante sobre Nicaragua
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¿Por qué llevaron sus archivos a aquel “instituto de la burguesía” a la que tanto dicen despreciar? Saquen ustedes sus conclusiones
Simpatizantes orteguistas asisten a la apertura del Instituto de Historia “Héroes y Heroínas de la Revolución”, instalado en las sede robada a la IHNCA. // Foto: Tomada de El 19 Digital
Estimados confiscadores y administradores de turno del acervo del IHNCA:
He leído con atención la crónica de su acto inaugural, el que bautizaron como “un espacio de amor” para honrar a quienes lucharon contra la dictadura somocista (El 19 Digital, 15/07/2025). Como académicos que son, tienen un deber que trasciende la obediencia: el de conocer las historias de los otros, no solo la que sirve a sus intereses. Permítanme, entonces, contarles una que su ceremonia omitió.
¿Qué fue lo que inauguraron? Un instituto de historia y un paseo urbano, los que ya existían así, sin apellido. Les cuento que no era interés nuestro halagar a nadie, sino honrar las memorias de las y los nicaragüenses, sin privilegios ni exclusiones. Pero, ¿qué les digo? Algunos de ustedes llegaron anteriormente.
¿Qué es lo que dicen que van a mostrar en el edificio del IHNCA? Documentos que este Instituto ya custodiaba y divulgaba. Muchos de estos los recibió, hace más de tres décadas, de las manos de sus líderes. Sí, esas mismas cintas, imágenes, manuscritos y periódicos que hoy se precian de haber “recuperado” fueron entregados voluntariamente por ellos y recibidos de buena fe por el Instituto.
Si no lo sabían, déjenme contarles cómo pasó: Imaginen la escena: 1990. Aún con el eco de la derrota electoral en los oídos, los líderes de la revolución llegaron a las puertas de un Instituto que consideraban de élites. No venían a debatir, sino a proteger un tesoro frágil: su propio legado en papel, acetato y cinta magnética. Temían, y con razón, que la tradición continuara: el gobierno de turno destruye o usa como trofeo de guerra los objetos simbólicos de sus opositores. Así lo hicieron conservadores, liberales, filibusteros y hasta ellos mismos con todo lo que olía a “Admon. Somoza”. Algo les hacía suponer que los suyos no recibirían un mejor trato.
¿Por qué llevaron sus archivos a aquel instituto de la burguesía a la que tanto dicen despreciar? Saquen ustedes sus conclusiones. Pero déjenme decirles que el IHNCA pagó un alto precio por cuidar esos archivos, y no me refiero solo a que lo acusaran de “secuestrar la historia”, sino el costo económico e intelectual que conllevó conservar, restaurar, catalogar y digitalizar tantos documentos; aparentemente, esto es algo por lo que sus jefes tampoco les contaron.
Se suponía que volverían por ellos cuando terminaran de “gobernar desde abajo”. Si los hubieran pedido con la misma diligencia con que los entregaron, con el mayor gusto se los habríamos entregado. Así es: el IHNCA nunca pretendió adueñarse ni manipular las memorias que custodiaba. En más de una ocasión, este instituto devolvió colecciones o fondos a sus dueños cuando estos lo solicitaron.
¿Por qué esperaron tanto para recuperarlos? Francamente, no lo sé. 17 años después volvieron a gobernar “desde arriba”, pero continuaron sin reclamarlos. Más aún, con el tiempo, conocidos sandinistas llegaban al IHNCA, ya fuera para consultar o para dejar documentos, y todos recibieron el mismo trato que los demás usuarios: gentilmente se les ofrecía la información de que se disponía y, de igual manera, se recibían los archivos que entregaban.
Esta historia sugiere que a sus líderes les faltó la fortaleza para defender sus archivos en tiempos difíciles; les faltó el compromiso para financiar su preservación; y finalmente, les faltó la integridad para reclamarlos cuando recuperaron el poder. En lugar de admitir esta triple falta recurrieron a la calumnia como pretexto. De paso, se apropiaron de tesoros que de otra manera jamás hubieran conseguido ¿verdad?
Ahora bien, tal vez se pregunten: ¿por qué cuidar aquellos archivos, pese a todos los costos que ello implicaba? Para 1990, el Instituto de Historia de Centro América (IHCA), precursor del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA), ya poseía un vasto acervo documental y se destacaba como institución académica regional. Su colección, que incluía documentos producidos a lo largo de cinco siglos de historia, superaba en volumen y contenido a los propios archivos del sandinismo. Es decir: el IHCA no necesitaba de los archivos de aquellos líderes.
En realidad, la pregunta era: ¿por qué no hacerlo? Si el IHCA hubiera rechazado aquellos archivos, habría cometido un error histórico. Las memorias del sandinismo tienen un peso propio innegable en la historia de Nicaragua. Además, aquellos archivos contenían más información que la producida por y acerca de los sandinistas, pues abarcaban numerosos textos que estos sustrajeron de bibliotecas privadas en 1979. El beneficio: a lo largo de 35 años, el IHNCA los puso progresivamente a disposición de la consulta pública, y generaciones de estudiosos se nutrieron de la información almacenada en ellos.
En fin, no es de mi interés entender cómo y por qué ustedes actúan como lo hacen; corresponderá a historiadores, politólogos o expertos en comportamiento humano descifrar su actuación contra el IHNCA y su relación con la producción historiográfica. Por favor, entiendan que las preguntas que he hecho son estrictamente retóricas, porque seguramente ustedes ya tienen su propia explicación. Del mismo modo, espero que ustedes sepan dar la suya cuando se les pregunte: ¿Quién va a cuidar de los archivos del orteguismo?
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Investigador nicaragüense en el exilio. Exdirector del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA).
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