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La “quinta columna” que ya opera dentro del país

Una corriente subterránea se desplaza por todo el país. Miles de ciudadanos se vuelven sospechosos ante el poder. Eso es lo que desespera a los tiranos

Los dictadores Daniel Ortega (der.) y Rosario Murillo junto al sancionado diputado Gustavo Porras, participan en un acto oficial el 4 de mayo de 2026. | Foto: CCC

Julio López Campos

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Históricamente, la expresión “quinta columna” se atribuye a un general español que, durante la Guerra Civil, se preparaba para atacar Madrid —entonces bajo control republicano— con cuatro columnas armadas. El militar sorprendió al afirmar que la más importante y decisiva sería la “quinta columna”: fuerzas secretas que operarían desde dentro de la ciudad.

En Nicaragua no existe, ni “República”, ni guerra civil. Tampoco columnas armadas —militares o civiles— dentro o fuera del país. Nadie se apresta, por ahora, a tomarse El Carmen. Y nadie desea el despliegue de fuerzas armadas, mucho menos las fantasías trumpistas con las que algunos especulan irresponsablemente. Sin embargo, promover y hacer visible una fuerza que contribuya “desde dentro” al socavamiento progresivo de los pilares que sostienen a la dictadura sí resulta necesario para impulsar su eventual derrumbe.

En este breve artículo nos limitaremos a dar corporalidad, en nuestro caso, a lo que llamaremos la conducta y el comportamiento “desde adentro”: su carácter plural, azul y blanco; sus posibles componentes y sus formas de acción. Partimos de una premisa elemental: la dictadura no caerá como mango Maduro, ni existe una fecha determinada para ello. Se trata, más bien, de empujar y encauzar un proceso complejo y dilatado. Por razones de brevedad, omitiremos aquí el análisis detallado de los mecanismos mediante los cuales el régimen ha capturado y sometido al Estado y a la sociedad nicaragüense.

Hablamos de ciudadanos que operan, inicialmente, sin ninguna interconexión orgánica. Miles de lobos solitarios, convencidos, sin embargo, de que otros están haciendo —o harán— lo mismo. Esa ausencia de articulación visible, que podría parecer una debilidad, termina convirtiéndose en una fuerza significativa dentro del contexto actual. Es la señal de una insurrección silenciosa de la conciencia. Una corriente subterránea que se desplaza por todo el país y vuelve sospechosos a muchísimos ciudadanos ante los ojos del poder.

Eso es lo que desespera y desestabiliza la conciencia insegura de los tiranos: la intuición de que las amenazas están en todas partes; de que cada vez les resulta más difícil salir de El Carmen y llegar con tranquilidad hasta la plaza más cercana; de que la hora de rendir cuentas se aproxima. Es precisamente esa sospecha permanente lo que alimenta, día tras día, su política desbordada de miedo y terror.

Estas fuerzas “desde dentro” se vienen desplegando gradualmente como una silenciosa resistencia democrática de individuos aislados y pequeños grupos de confianza al interior de las instituciones públicas, los aparatos militares y policiales, y también entre ciudadanos de barrios, escuelas, universidades, fábricas y comunidades rurales. Ahí están algunos curas de base y fieles comprometidos; periodistas desempleados; ambientalistas; feministas; activistas provenientes de numerosas organizaciones hoy ilegalizadas; ciudadanos resentidos y maltratados por el régimen; desafectos silenciosos e incluso antiguos operadores purgados por la propia dictadura.

Ahí están también miles de sandinistas no orteguistas que repudian al régimen y al chayismo. Y, desde luego, aquellos que, aun trabajando para el Gobierno o para el partido oficial, se inclinan silenciosamente hacia la disidencia.

Es este accionar discreto, todavía sin cabezas visibles, el que podría ir transformándose progresivamente en redes y grupos cada vez más organizados. Un tejido de resistencia capaz de impulsar un asedio permanente y de producir, eventualmente, un salto organizativo que termine empujando el colapso de la dictadura.

Hoy, cada conciencia disidente es una trinchera difícil de detectar para el represor estatal. Una conciencia que busca cómo actuar sin exponerse innecesariamente. Que se pregunta qué actividad del Gobierno puede retrasarse o boicotearse discretamente; qué rumores pueden hacerse circular para profundizar las divisiones internas; qué sátiras y chistes pueden ridiculizar al poder; qué información puede filtrarse a los medios independientes; qué actos de corrupción y conductas inmorales del régimen deben hacerse públicos.

Son quienes saben que hay nombres que deben guardarse únicamente en la memoria: ciudadanos del barrio o del trabajo que inspiran confianza para un intercambio político discreto y para la eventual formación de pequeños núcleos de confianza. Son quienes utilizan plataformas seguras para comunicarse y se preguntan quiénes son los muchachos con conocimientos tecnológicos capaces de fortalecer las comunicaciones y protegerlas de la vigilancia.

Son quienes identifican, en su entorno, a los ciudadanos maltratados por el régimen; a las numerosas víctimas de sus políticas; a quienes podrían sumarse, más temprano que tarde, a la resistencia democrática. Quienes reflexionan sobre cómo acercarse a oficiales del Ejército o de la Policía —activos o retirados— que no comparten el rumbo de la dictadura.

Son quienes van a misa no solo por fe, sino porque allí todavía es posible encontrarse con otros. Quienes practican la solidaridad sin estridencias y apoyan reivindicaciones comunales sin llamar la atención. Quienes comentan, todos los días, el precio inalcanzable de la canasta básica; la corrupción que empobrece al país; la represión que ya no se soporta; las multas arbitrarias; la violencia contra las mujeres; la falta de medicamentos en los hospitales; la aniquilación de la democracia, la dependencia humillante de las remesas; la ausencia de futuro para los hijos.

Son los maestros que, con pequeños gestos, evidencian el fracaso de una educación sometida a la propaganda. Los profesores que identifican jóvenes con talento y conciencia crítica para orientarlos discretamente. Quienes enseñan, casi socráticamente, que será necesario unirnos más allá de ideologías y viejos sectarismos.

Son quienes no guardan en sus teléfonos nada que pueda comprometerlos a ellos o a otros compañeros. Quienes escuchan en silencio a los periodistas independientes. Quienes aprovechan cumpleaños y reuniones familiares para conversar y conspirar discretamente. Quienes no caen en provocaciones en taxis o buses. Quienes se cuidan de la vigilancia en el barrio y de los sapos en los centros de trabajo.

Son quienes no olvidan a los torturadores ni a los represores. Quienes prestan atención a lo que ocurre con las comunidades indígenas. Los campesinos que conservan la memoria de sus luchas y la comparten únicamente con personas de confianza. Quienes no olvidan a los presos políticos. Quienes observan cómo los negocios chinos desplazan y quiebran a pequeños y medianos comerciantes, mientras se apropian de sectores enteros de la economía nacional.

Son quienes entienden que el régimen se sostiene también gracias a alianzas internacionales indeseables y que, pese a ello, se encuentra cada vez más aislado. Quienes saben que, llegado el momento, será necesario contar con policías y militares que aún tengan las manos limpias.

Son también quienes no están obsesionados con tomar partido en las disputas y pugnas de liderazgo del lejano exilio, porque comprenden que preparar la lucha dentro del país sigue siendo hoy la prioridad estratégica. Saben que el papel de los factores externos será importante más adelante, pero que esta lucha no será únicamente de “golpe y porrazo”, ni puede reducirse a esperar que la dictadura se derrumbe por sí sola. Entienden que también habrá que dialogar, unir, negociar y administrar una eventual transición y sus inevitables tensiones.

Entre estos sectores no hay hegemonismos partidarios ni aprendices de caudillos. Trabajan en silencio para incitar una gran insurgencia patriótica contra la tiranía, en un proceso donde caben todos los que aspiran a una Nicaragua libre.

Estas iniciativas individuales y de pequeños grupos podrían transformarse progresivamente en redes de creciente interconexión, articulación y organización política, tanto dentro como fuera del país. Y entonces la bandera azul y blanco volverá a ondear libre, sin miedo, sobre esta tierra que sigue siendo de todos.

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Julio López Campos

Julio López Campos

Politólogo nicaragüense desterrado y desnacionalizado por la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Recientemente nacionalizado español. Fue director de Relaciones Internacionales del FSLN en los años ochenta.

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