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¿Por qué los dictadores nunca se sienten satisfechos ni ceden?

Los tiranos están desesperados por sostener el poder a toda costa. El miedo a perder el control los lleva a cometer errores que precipitan su caída

Los esposos y “copresidentes” de Nicaragua, Daniel Ortega y Rosario Murillo tocan la cabeza de uno de sus nietos durante un acto oficial, el 3 de septiembre de 2025. | Foto: CCC

Karla J. Membreño

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El autoritarismo es una respuesta al caos interno y a la necesidad de control. Los dictadores, incluso con recursos ilimitados, nunca se sienten satisfechos porque, en la utopía de su tiranía, todo sirve a su necesidad psíquica. Su impulso de dominio no nace de la fuerza, sino del miedo. El autoritario intenta someter el mundo externo porque no soporta el desorden interior. No tolera el límite, la pérdida ni la duda; su seguridad depende de controlar cada vida y cada relato.

Este vacío de poder interno (sensación de insuficiencia emocional y de sentido que el líder intenta llenar) surge de la carencia de vínculos genuinos, reconocimiento auténtico y propósito. Dinero, comodidad y estatus funcionan solo como anestesia, compran casi todo, menos sentido. Acumular no es existir, el dinero no consuela, el lujo no redime y el control no cura la soledad de quien ha perdido el contacto con su propia humanidad.

Esa desconexión de lo humano tiene raíces biográficas que rara vez se reconocen. Las personas con rasgos autoritarios suelen haber vivido humillación, abandono o pérdida. Cuando estos traumas no se elaboran, se transforman en compulsión por el control.

Al llegar al poder, esta compulsión se institucionaliza. En Nicaragua, esa dinámica se intensifica por la fusión conyugal de los “codictadores”, donde el ego se confunde con la nación y el poder con la existencia. El tirano se cree “destino” e “indispensable”. En su lógica interna, la pérdida de poder equivale a una muerte psíquica, pues su identidad está completamente ligada al control. Dejar de mandar sería dejar de ser.

El poder tiene un efecto neurobiológico que lo vuelve adictivo. Estudios en psicología política y neurociencia muestran que activa los mismos centros cerebrales de recompensa que las drogas, genera placer, euforia y refuerza conductas autoritarias. Cuanto más poder se tiene, mayor la necesidad de control. Esa es la trampa: el poder, en vez de saciar, amplifica el miedo a perderlo.

Esta adicción se nutre de la ilusión de control sobre el mundo externo, que a su vez genera una falsa sensación de seguridad interna. Así, cada acto de dominio confirma la propia narrativa de grandeza y superioridad, reforzando lo que en psicología se llama sesgo de confirmación (tendencia a interpretar la realidad de manera que valide nuestras creencias, ignorando evidencia contraria).

A medida que el miedo se institucionaliza,el entorno del dictador se llena de aduladores que repiten su discurso y compiten por su favor, lo que hace que pierda el acceso a la realidad. Nadie corrige, nadie contradice; todos asienten, y esa ausencia de contraste consolida la ceguera del poder.

Privado de la posibilidad de ser cuestionado, el tirano deja de distinguir entre verdad y halago; confunde obediencia con admiración y sumisión con consenso. Así, la autocrítica se extingue y la realidad se convierte en un espejo deformado donde el déspota solo ve reflejada su propia necesidad de grandeza.

Decisiones absurdas o autodestructivas siempre son justificadas con base en fundamentos internos. Los tiranos creen sinceramente que están en lo cierto (certeza subjetiva), aunque la realidad externa los contradiga. Es por eso, que muchas decisiones autoritarias, aunque perjudiciales para la población, son tomadas sin medir consecuencias.

Subsidios insostenibles, reformas regresivas, sanciones internacionales (como la del CAFTA-DR), son consecuencias del sesgo cognitivo y de la negativa a ceder de los tiranos que dirigen Nicaragua. Hambre, desempleo e inflación se reinterpretan como “sacrificios necesarios” y la culpa es casi siempre atribuida a enemigos internos (opositores), fuerzas externas (los yankis) o conspiraciones invisibles.

Ni la retórica ni la ideología alimentan a un pueblo hambriento. La propaganda y la ideología pueden sostener obediencia, pero no alimentan ni reemplazan sustento, trabajo ni dignidad. Incluso reforzando su poder, el dictador enfrenta necesidades básicas insatisfechas. Esa brecha entre discurso y realidad revela la naturaleza delirante del sistema y marca el inicio del colapso. Las crisis económicas suelen preceder la caída de regímenes autoritarios, porque cuando se amenaza el sustento, surgen límites que ni el miedo ni el control pueden contener.

Generalmente, las revueltas más violentas no estallan por diferencias ideológicas abstractas, sino como reacción directa a políticas desastrosas que afectan los medios de vida, como aumentos de impuestos, recortes en subsidios, alzas en servicios básicos o cambios en la seguridad social. Cuando el hambre entra en escena, la obediencia se quiebra, y el discurso oficial pierde su capacidad de contener el descontento.

Cuando el tirano deja de ofrecer soluciones, la ilusión de omnipotencia se derrumba y el colapso se vuelve inevitable. Después de largos períodos, el poder, al igual que el cuerpo, envejece y la sociedad sujeta a control empobrece. Ante esa decadencia, el líder autoritario reacciona con rigidez, multiplica castigos, inventa conspiraciones, desconfía de todos y cae en una compulsión a la repetición (reiterar actos de dominio incluso cuando ya no surten efecto).

Agotado el mito y extinguida la figura carismática, solo permanece el aparato del poder, sostenido más por inercia que por adhesión real. Murillo y su descendencia encarnan este dilema, pues su autoridad no se basa en legitimidad propia, sino en la sombra de Ortega.

Cuando el miedo deja de movilizar, la lealtad se fragmenta y los antiguos cómplices buscan refugio fuera del círculo. La fractura interna, acentuada por rivalidades familiares, acelera el desgaste. Weber denominó este fenómeno burocratización del carisma, es decir, el intento de preservar, mediante la rutina y la obediencia mecánica, lo que antes se sostenía por el culto personalista.

Finalmente, cuando el régimen colapsa, la sociedad queda frente a los escombros del trauma colectivo. Si el trauma no se elabora (integrar la experiencia dolorosa sin que paralice la vida o se repita de forma destructiva), la sociedad busca otro salvador, repitiendo el ciclo. Por eso, no basta con reformar leyes, crear organismos o celebrar elecciones libres.

La democracia exige también un proceso de cura social. Requiere justicia, para que los crímenes sean castigados y la impunidad no perpetúe el trauma ni normalice el abuso. Requiere reparación, para restituir la dignidad de las víctimas. Requiere memoria, para recordar abusos, traumas y experiencias pasadas, y así aprender en lugar de repetirlos. Requiere lenguaje, para nombrar y expresar el dolor, la injusticia y la violencia, haciendo la experiencia traumática comprensible y compartida. Requiere reconstrucción de vínculos sociales, para restaurar la confianza y la cooperación entre personas, comunidades e instituciones fracturadas por el autoritarismo.

Conviene recordar que la aparente solidez de los regímenes autoritarios es apenas una ilusión cuidadosamente construida. Aunque los tiranos parezcan inquebrantables, no son seres divinos ni dueños del destino, sino seres humanos frágiles, desesperados por sostener el poder a toda costa. Ese miedo perder el control, es justamente lo que los lleva a cometer los errores que precipitan su caída.

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Karla J. Membreño

Karla J. Membreño

Cientista social. Actualmente es investigadora y activista de derechos humanos. Graduada summa cum laude en Derecho por la UNAN-León. Obtuvo el título de Magíster en Ciencia Política por la UFPE (Brasil). Actualmente cursa el Doctorado en Psicología Social en la Universidad de São Paulo.

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