La Guardia Revolucionaria iraní en América Latina
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Irán ha roto el modelo de “costos asimétricos“, según el cual una guerra iniciada por Estados Unidos terminará costándole mucho más al adversario
Vista de las labores de rescate de los bomberos en un edificio de Haifa, Israel este lunes donde al menos dos israelíes murieron tras el impacto directo de un misil iraní ayer contra un edificio residencial del área metropolitana de Haifa, ciudad portuaria del norte de Israel cuya refinería fue atacada en dos ocasiones anteriormente por Teherán, según informó el Cuerpo de Bomberos israelí este lunes. Foto: EFE/ Magda Gibelli
En un discurso errático dirigido al pueblo estadounidense el 1 de abril, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmó que la guerra contra Irán ha sido un éxito, prometiendo “terminar el trabajo… muy rápido”. Fue una declaración en evidente contradicción con los hechos. Trump sigue fingiendo que Irán es simplemente otro pequeño adversario de Estados Unidos, capaz únicamente de absorber castigos, responder de forma localizada y, en última instancia, ceder ante una coerción militar y económica sostenida. En realidad, Irán ha desbaratado el modelo en el que durante mucho tiempo se ha basado el intervencionismo estadounidense.
Durante décadas, Estados Unidos ha alimentado la creencia de que podía librar guerras en el extranjero sin exponerse al riesgo de represalias significativas. Esto fue posible gracias a una cuidadosa selección de objetivos —como Granada, Panamá, Irak, Libia e incluso Venezuela— que carecían de la capacidad de imponer costos relevantes más allá de sus fronteras, por ejemplo, atacando activos o aliados estadounidenses de manera sostenida o significativa. Incluso cuando las insurgencias desgastaron a las fuerzas estadounidenses, como en Vietnam y Afganistán, los conflictos se mantuvieron geográficamente contenidos.
Este modelo de “costos asimétricos” —según el cual una guerra iniciada por Estados Unidos terminará costándole mucho más al adversario— ha sido clave para sostener la ilusión de la invencibilidad estadounidense y limitar la resistencia política interna frente al aventurerismo militar. Ahora, Irán lo ha roto.
La doctrina de seguridad de Irán se basa en la “defensa adelantada”, que utiliza capacidades militares asimétricas —incluidos misiles balísticos y de crucero, drones y una red de aliados y fuerzas proxy— para protegerse y proyectar poder más allá de sus fronteras. Cuando Estados Unidos e Israel atacaron, Irán pudo aprovechar esa profundidad estratégica para responder de inmediato contra objetivos en toda la región, incluidos aliados de Estados Unidos, bases militares y activos desplegados en el exterior.
Al amenazar infraestructuras, bases aéreas y cuellos de botella económicos —como el estrecho de Ormuz y Bab el-Mandeb en el Golfo—, Irán está obligando en la práctica a los socios de Estados Unidos a compartir los costos del conflicto. A medida que los Estados del Golfo, que durante mucho tiempo han albergado bases estadounidenses a cambio de protección bajo el prestigioso paraguas de seguridad de Washington, soportan el peso de la respuesta iraní, aumentan las tensiones estratégicas dentro de la coalición estadounidense. Gracias a Irán, aliados que antes facilitaban la proyección de poder de Estados Unidos en Medio Oriente ahora tienen fuertes incentivos para contenerlo.
Estados Unidos debería haberlo previsto. Tras el asesinato por parte de Washington del mayor general iraní Qassem Suleimani en 2020, Irán respondió no mediante acciones indirectas o una escalada negable, sino con un ataque directo con misiles balísticos contra una instalación militar estadounidense: la base aérea de Al-Asad, en Irak. Eso debería haber disipado cualquier duda de que Irán podía tomar represalias contra fuerzas estadounidenses con precisión y sin temor a una represalia inmediata. Desde entonces, Irán no ha hecho más que perfeccionar su estrategia de represalias distribuidas.
La administración de Trump no logró anticipar esta respuesta perfectamente predecible, en parte debido a otra ilusión arraigada entre planificadores militares y políticos estadounidenses: que un mayor gasto militar se traduce automáticamente en superioridad en el campo de batalla. Estados Unidos podría golpear a sus “enemigos” con una fuerza tan abrumadora que no tendrían más opción que acatar sus exigencias casi de inmediato. Sin embargo, desde la guerra de Vietnam hasta los 20 años de guerra en Afganistán, Estados Unidos se ha encontrado atrapado en costosas guerras de desgaste que no pudo ganar de manera decisiva ni sostener políticamente, lo que terminó en retiradas humillantes.
Aun así, la ilusión ha persistido. Dado que el presupuesto de defensa de Irán representa apenas una fracción del de Estados Unidos, la administración de Trump aparentemente asumió que el país no podría ofrecer mucha resistencia. Lo que no comprendió es que Irán no necesita paridad; necesita disrupción. Su arsenal de sistemas de bajo costo y alto impacto está diseñado no para lograr una victoria convencional, sino para negar ventajas estratégicas al adversario. Enjambres de drones o misiles relativamente baratos pueden saturar incluso los sistemas de defensa aérea más sofisticados, como Israel está empezando a comprobar.
Con esta estrategia, Irán ha convertido la mayor fortaleza de Estados Unidos —su presencia militar global— en una fuente de vulnerabilidad. También ha dejado al descubierto una debilidad fundamental en la forma estadounidense de hacer la guerra: la dependencia de activos de alto valor y alto costo que pueden ser degradados mediante una presión asimétrica sostenida. El desequilibrio es tanto táctico como económico. Estados Unidos se ve ahora obligado a gastar enormes sumas para defender sus activos y aliados frente a armas que cuestan muy poco producir y lanzar.
Estados Unidos emprendió la guerra contra Irán con un marco diseñado para adversarios más débiles y aislados. Supuso que la fuerza militar, combinada con presión económica, garantizaría la sumisión. En cambio, se encontró con un Estado que llevaba años preparándose precisamente para este tipo de confrontación y que podía absorber castigo mientras aumentaba gradualmente los costos de la escalada. Sin embargo, Trump sigue esperando una capitulación rápida.
El error de cálculo estratégico de la administración Trump va más allá de subestimar la capacidad de represalia de Irán. Refleja una mala lectura fundamental de la naturaleza del conflicto moderno. En un mundo de interconexión económica, capacidades militares geográficamente dispersas y sistemas de armas de bajo costo, un país que parece débil en términos convencionales puede causar daños significativos. El mensaje es claro: la era de las guerras estadounidenses relativamente baratas ha terminado.
Estados Unidos todavía puede desplegar una fuerza abrumadora e infligir una devastación inmensa. Pero ya no puede controlar las consecuencias ni contener las repercusiones. Lo que Irán ha demostrado no es solo resiliencia, sino la capacidad de un Estado más débil de erosionar de forma sostenida las ventajas de una superpotencia. Una superpotencia que antes se sentía invulnerable ahora debe enfrentarse a adversarios capaces de vaciar sus recursos, desgastar a sus aliados y trastocar sus cálculos estratégicos.
El futuro de Medio Oriente —y del poder estadounidense— dependerá de si Estados Unidos asimila las lecciones de su error de cálculo con Irán. Si no lo hace, seguirá tropezando con guerras que no puede ganar de forma decisiva, sostener a bajo costo ni justificar estratégicamente.
*Este artículo se publicó originalmente en Project Syndicate.
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Profesor emérito de Estudios Estratégicos en el Center for Policy Research con sede en Nueva Delhi y fellow de la Robert Bosch Academy en Berlín. Es autor de nueve libros, entre ellos "Water: Asia’s New Battleground" (Georgetown University Press, 2011), obra por la que recibió el premio Asia Society Bernard Schwartz Book Award.
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