Palabras en busca de la libertad
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Yo fui liberada en febrero de 2023 gracias a la presión de voces que se negaron a callar. Esa presión no debe cesar ahora

Foto: Archivo | Confidencial
Siento el peso de mi propia libertad presionando la espalda. Porque mientras yo camino libre, centenares de personas en Nicaragua permanecen tras las rejas: silenciadas, desaparecidas, torturadas, olvidadas…
Fui presa política. El 13 de junio de 2021 la Policía me detuvo en el marco de una oleada represiva previa a las elecciones, junto a siete aspirantes presidenciales, decenas de líderes sociales y políticos, periodistas, defensores de derechos humanos y empresarios. Pasé 606 días en confinamiento solitario en la cárcel conocida como El Chipote. Sola, sin derecho a hablar, leer o escribir; con escaso acceso al sol, restricciones alimentarias y escasas, escasísimas, visitas familiares. Años terribles, mientras mi familia vivía uno de los peores momentos de sus vidas
Pero mi historia no es única. Según cifras del Monitoreo Azul y Blanco, desde 2018, más de 5,000 personas han pasado por las cárceles por razones políticas en Nicaragua. Hoy, gracias a los reportes del Mecanismo de Reconocimiento de Presos Políticos tenemos los nombres de 73 personas. Pero en realidad el número es mayor: existe un subregistro enorme, pues el miedo impide denunciar. Muchas familias callan para evitar ser también apresadas, como ya ha ocurrido, y no pocas veces.
El panorama es desolador. Los reportes confirman que los presos y presas actuales enfrentan condiciones aún peores que en años anteriores. La ola represiva de julio y agosto de 2025 se define por tres rasgos crueles:
Esto no es sólo castigo: es una estrategia calculada para quebrar familias, comunidades y redes de resistencia, instalando el terror como método de control social.
Lo terrible de esta ola no presagia nada mejor para el futuro. Pienso en las familias que recorren en romería las estaciones de policía en Jinotepe, en el Distrito 3 y El Chipote en Managua, o en La Modelo en Tipitapa. No reciben respuesta: sólo amenazas, patrullas frente a sus casas para intimidarlas, obligándolas al silencio, aunque todo el barrio haya visto el secuestro.
El 18 de julio de 2025, Mauricio Alonso, de 64 años, fue arrancado a golpes de su casa junto a su esposa e hijo. A ella la liberaron a las pocas horas; a él lo entregaron muerto 38 días después; el hijo continúa desaparecido…
Días después, se supo de la muerte bajo custodia de Carlos Cárdenas. Circunstancias similares, mismo patrón.
Estos crímenes confirman una práctica sistemática. Desde 2019, al menos seis personas han muerto bajo custodia estatal, entre ellos mi amigo Hugo Torres.
La represión se ensaña especialmente con las personas ancianas y enfermas.
De los 73 presos y presas, 22 superan los 60 años, todos con problemas de salud severos. La cárcel acelera su deterioro físico y mental. Doy dos ejemplos, mi amigo Eddy Danilo Meléndez, de 69 años, lleva más de 1468 días preso con un Parkinson avanzado que lo deja sin poder caminar ni tomar sus medicinas solo. Eliseo Castro Baltodano, detenido desde 2019, sufrió un derrame cerebral en prisión y hoy está postrado, sin poder hablar ni moverse, custodiado en un hospital sin cuidados adecuados. Las normas internacionales exigen medidas alternativas; en Nicaragua se les condena a una tortura lenta e irreversible.
En la lista de presos políticos se encuentran al menos 12 personas de pueblos indígenas, que no solo enfrentan detenciones arbitrarias, sino una política sistemática de negación cultural, sufren discriminación y trato aún peores, se les prohíbe hablar en su lengua o acceder a su medicina tradicional. Los líderes miskitos del partido Yatama, Nancy Enríquez y Brooklyn Rivera, cumplen más de 700 días detenidos, Nancy en aislamiento, Brooklyn en desaparición.
En 2021, cuando nos desaparecieron durante 80 días, fue un escándalo. Amnistía Internacional incluso sacó un reporte, gracias al cual logré ver a mi mamá por primera vez desde mi detención. Hoy, tristemente, las desapariciones forzadas son la norma. 33 de las 73 personas registradas están desaparecidas.
Ahí están Angélica Chavarría (480 días sin rastro), Fabiola Tercero, Carmen María Sáenz y Lesbia Gutiérrez (más de 420 días), Julio Quintana, exguerrillero sandinista y viejo amigo mío, torturado ya por los Somoza, el periodista Leo Cárcamo (más de 290 días), y Alejandro Hurtado (229 días), entre otros.
Imaginen lo que significa para sus familias: cada amanecer la misma pregunta sin respuesta, cada noche la misma tortura de la incertidumbre…
La maquinaria represiva también se ha vuelto contra el propio círculo de Ortega y Murillo. Hoy están presos o desaparecidos antiguos aliados: Álvaro Baltodano, general retirado; Bayardo Arce, exdirigente histórico; Néstor Moncada Lau, asistente personal de Ortega. Muchos otros son funcionarios y activistas del FSLN. El mensaje es claro: se trata de una “limpieza interna” para asegurar la sucesión dinástica y el poder absoluto de Rosario Murillo.
Si saben en qué cárcel están, detrás de cada preso hay una familia sosteniendo lo insoportable. Horas de fila bajo el sol para entregar “paqueterías” de comida, medicinas e higiene. Gastos de cientos de dólares al mes que no tienen. Cuando el preso es padre, madre o sostén económico, el hogar entero cae en pobreza y desesperanza.
Si su familiar preso está desaparecido, la parte más aterradora es el silencio. Las familias van de la estación de policía a la puerta de la prisión sólo para ser amenazadas, seguidas y rechazadas. Cada amanecer despiertan con la misma pregunta sin respuesta…y ya dos veces este año, la única respuesta que recibieron fue una llamada telefónica: “Venga a recoger el cuerpo…
Y, aun así, muchas familias no pueden denunciar públicamente pues serían arrestadas ellas mismas.
Sé que el mundo enfrenta dolores enormes: las guerras en Gaza y Ucrania, el genocidio en Sudán, el terremoto en Afganistán, la tragedia de Haití… pero los presos de Nicaragua no pueden quedar sepultados en silencio. Cada día tras las rejas es un día robado. Cada semana sin medicinas es una sentencia de muerte lenta. Cada mes sin noticias es otra herida abierta en el corazón de sus familias.
Yo fui liberada en febrero de 2023 gracias a la presión de voces que se negaron a callar. Esa presión no debe cesar ahora.
Quienes podemos hacerlo debemos. A cada lector y lectora le pido:
La libertad llegará. La justicia llegará. Y cuando lo haga, será porque personas como ustedes se negaron a dejar que el silencio triunfara.
Hasta entonces, llevo el peso de mi libertad sobre la espalda, porque nunca será completa mientras otros sigan encadenados.
¡Viva Nicaragua Libre!
*Este artículo se publicó originalmente en Havana Times.
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Abogada, líder política y activista de derechos humanos. Fue presidenta del Movimiento Renovador Sandinista (ahora Unamos). Durante 606 días fue presa política; posteriormente desterrada y desnacionalizada por la dictadura.
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