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Un diálogo necesario entre las fuerzas cívicas de Nicaragua

El propósito es crear confianza mutua entre los grupos cívicos, los empresarios, el clero, profesionales, incluso los disidentes de la cúpula del poder

Diálogo cívico en Nicaragua

La comunidad internacional ha reiterado en múltiples ocasiones la necesidad de retomar un diálogo nacional en Nicaragua como vía para una salida democrática y consensuada a la crisis política del país.

Manuel Orozco

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El entorno global e internacional se enfrenta a tensiones de mucha intensidad, existen más de 40 regímenes autoritarios, los conflictos militares han escalado en los últimos tres años a números superiores en cualquier período de la historia de los pasados 100 años, las fatalidades como resultado de esto oscilan en el millón de personas anuales, hay un aumento en la brecha del conocimiento a pesar del avance en la educación, y la desigualdad social ha crecido mientras la pobreza extrema no cambia.

El mundo ha pasado de la etapa a la que Moisés Naim llamaba ‘venganza del autócrata’ y ha entrado en una etapa de fragmentación del orden global, y la autoridad se ha dispersado entre los regímenes no autoritarios. Hoy día se observan tres tendencias convergentes: una crisis de conciencia moral y política, una sociedad abrumada por la velocidad del cambio y un mercado capitalista a cargo del cambio, pero sin brújula democrática. Nicaragua forma parte de esa realidad y también es un actor.

Conciencia moral y política

El mundo ha reducido su capacidad para mantener una conciencia activa para fijar la mirada en las crecientes arbitrariedades y transgresiones globales, ya sean de carácter ambiental, democrático o económico. Gran parte de esto se debe a que el pensamiento intelectual de los últimos veinte años no pudo ir más allá del diagnóstico de un sistema capitalista-democrático desbordado o saturado por las demandas sociales. Los intelectuales se quedaron cortos al ofrecer soluciones ante el creciente deterioro de las condiciones del ser humano. En su último libro, Slavoj Žižek diagnostica el presente como la era del fascismo liberal sin ofrecer una solución al problema; casi concluye con un “abandonen toda esperanza”. Otros intelectuales, como Marta Nausbaum, Judith Butler, Alain Badiou, y Thomas Sowell, entre otros, no han podido ofrecer una brújula moral para estos momentos críticos. Uno de sus desafíos ha sido la lucha frente a un ruido cuasi anárquico de información al cual no hay referentes, arbitrajes del conocimiento en donde el método, el dato validado, y la teoría apoyan o defienden el comentario. 

Paradójicamente, a pesar de la abundancia de información y de que la vida social y económica, para subsistir, depende de la lectura, la gente lee y entiende menos, pero al mismo tiempo cree en el primer dato simple y superficial que le ponen enfrente y hasta lo propaga.  

La ausencia de un centro intelectual deja a la sociedad jugándose a cuenta propia, desamparada, sin la posibilidad de validar los datos, determinar qué rutas son correctas o equivocadas, ni en qué momento uno puede asumir el riesgo de levantar la voz y defender su palabra. 

El resultado es un desánimo o una indisposición para asumir el riesgo de defender la democracia.

El liderazgo del mercado

Quienes han asumido la autoridad de dirigir la producción de mercancías y servicios a nivel global o transnacional, los CEOs del mundo, están moldeando el conocimiento a medias, han asumido el rol de mercantilizar ideas que salen de sus invenciones y manufacturas.  

Sin embargo, siguen siendo ventas incompletas que no van acompañadas de un insumo que ayude en la toma de decisiones (emocional y racional). Los ejecutivos serán líderes empresariales muy inteligentes, pero su rol de definir el rumbo de la sociedad es secundario, porque su prioridad es mantener un margen de ganancia favorable para las empresas, y la venta de ideas en un mercado fragmentado ha deslegitimado la información basada en fuentes verificadas. 

Pero así como acompañaron a Donald Trump a China, han asumido su influencia en la política médica, educativa, financiera y de seguridad, sin poder introducir un método justo y equitativo en el mercado, aparte de la competencia empresarial y de la oferta de gratificación instantánea. 

El problema es que uno no puede con todo y la desigualdad crece cada vez más porque la venta y su comercialización prevalecen sobre la regulación y la política social.

La ansiedad en el cambio líquido

Aunado a esto está la velocidad a la que ocurren los cambios en el s. XXI que ha profundizado los temores, la ansiedad, sin la posibilidad real de adaptarse a tiempo. 

Las cosas ocurren con tanta rapidez que ya casi todo en este mundo es dinámico y quedan pocas cosas estáticas, incluidas las creencias sobre los valores humanos. 

La gente, racional y físicamente, se queda frenada ante tanto cambio. La noticia de Irán pasó a China, y de ahí a Cuba, mientras el costo de vida sigue creciendo y los salarios no. Un nuevo modelo de teléfono móvil sale al mercado y es una versión cuatro veces más reciente que la que uno compró hace un año, mientras la presión por tenerlo es abrumante y, a la vez, exasperante. 

El resultado es un sentimiento de desasosiego ante tanto cambio, ante la era que Zygmunt Bauman denominó “los tiempos líquidos”, y ese sentimiento provoca inseguridad, tensión, incluso conflicto y una necesidad de atrincherarse en una forma de individualismo posesivo.

Cuando estas tres dinámicas se intersectan, el resultado es una condición humana menos motivada, desgastada, con necesidad de soluciones individuales a sus circunstancias materiales, pero sin tiempo para pensar y reflexionar sobre los cambios ocurridos. 

Esto es lo que los transgresores han aprovechado para aumentar su control. 

Quedan en su mayoría sumergidas en la cultura del espectáculo y en la apariencia, recitando el convencimiento de haber conquistado la autoestima, repitiendo frases de autoayuda de TikTok, pero distanciadas del acto de conciencia.

Nicaragua en este enredo

Nicaragua captura el microcosmos de estas realidades: un régimen autocrático que anuló el conocimiento, un mercado que controla la economía a partir de la captura del Estado y un cambio constante en los patrones de control económico y en la carestía, con un sector empresarial que vende pero no compensa. 

Rosario Murillo aparece como una gerente y no como una líder legítima, y su sociedad desconoce la dirección correcta de las cosas, en la que la gente prefiere decir: “yo no hablo de religión ni de política en ese sentido”. 

Aparte del miedo a la represión, los referentes que les permitan hablar de política, religión o economía son casi inexistentes. 

Además de la perenne privación material, el nicaragüense atraviesa una crisis de conciencia porque le cuesta determinar cómo hacer frente a las injusticias que se le cometen; se congela, entra en negación, aceptación o adaptación. 

En un mundo globalizado, el rol internacional es clave para sacar a Nicaragua del enredo dictatorial. Michael McFaul, en su libro Autocrats vs Democrats reconoce que la administración del presidente Trump no da muestras claras de qué lado está en esta lucha entre demócratas y autócratas. Sin embargo, sostiene que una de las lecciones de la Guerra Fría en la lucha contra las dictaduras fue el apoyo en forma de cooperación para la democratización, y que ésta debe rescatarse desde una óptica estratégica.  

En el contexto interno, entre nicaragüenses, recuperar la conciencia moral y política requiere entablar un diálogo comprometido entre las fuerzas cívicas. Las fuerzas cívicas no son los líderes autoconvocados, sino toda persona que reconoce la orfandad política del nicaragüense y quiere contribuir al cambio.  

Más que hablar de unidad, ellos pueden entablar un diálogo apoyado en la mediación clara de los puntos de referencia comunes, de las diferencias irreconciliables, de lo que pueden estar dispuestos a aportar como equipo y de las treguas posibles, para así conformar de una vez una resistencia política contra Murillo y el clan dinástico que sirva de hoja de ruta. 

El diálogo es vital, pero en el contexto global, así como en Nicaragua, se ha postergado o relegado a un segundo plano y en algunos casos hasta abandonado.  

La anarquía de la información y de los medios sociales le da una plataforma a cualquier individuo para expresarse; sin embargo, gran parte del grito que hay es crudo y, a veces, falso, sin refinar su contenido, mensaje ni justificación.  

El resultado es más confusión y más inacción.

En el entorno nicaragüense ocurre igual y corresponde tanto a los medios, como a los líderes cívicos de todos los entornos conformar responsablemente un marco de referencia alternativo que puede ser abanderado por intelectuales, y activistas de todo sector cooperando para crear un lenguaje de lucha común. 

Un componente importante del diálogo es contar con información confiable y datos claros y certeros que sirven de insumo para construir una hoja de ruta.

El propósito del diálogo consiste en crear confianza mutua entre los grupos cívicos, los nicaragüenses, el sector empresarial, el clero, los profesionales, los periodistas, incluso los disidentes dentro del círculo de poder y el ciudadano promedio. La confianza mutua une y, al mismo tiempo, empodera para superar el miedo a movilizarse. 

El principal reto es convencer a estos líderes de dialogar y presentar que ni la inercia política de la dictadura o la intervención americana son las únicas dos opciones de movilización, y de mostrar que el riesgo político de no actuar tiene mayores consecuencias que las de presionar como un bloque crítico. 

Este convencimiento depende de quienes ya han empezado a movilizarse y a considerar que no es la suma de cualquier número, sino de los más dispuestos, como ellos, a seguir presionando dentro y fuera de Nicaragua.

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Manuel Orozco

Manuel Orozco

Politólogo nicaragüense. Director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo de Diálogo Interamericano. Tiene una maestría en Administración Pública y Estudios Latinoamericanos, y es licenciado en Relaciones Internacionales. También, es miembro principal del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, presidente de Centroamérica y el Caribe en el Instituto del Servicio Exterior de EE. UU. e investigador principal del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional en la Universidad de Georgetown.

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