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La ciencia para la política no puede obviar la ciencia política, particularmente, el análisis de políticas públicas, sostiene Subirats
Ilustración tomada de Latinoamérica21.
El libro de la quincena: “La brecha entre saber y hacer. Democracias más fuertes con políticas más efectivas”, por Joan Subirats (2026, Anagrama)
Debemos a Max Weber la confrontación teórica del político y del científico formulada hace poco más de un siglo. Entonces, la política de masas estaba empezando a perfilar la figura del político profesional dotado de una peculiar combinación de vocación y de ambición que lo confrontaba a la actividad profesional e inserto en el juego electoral como mecanismo promocional. Enfrente, el científico se consolidaba como una figura relevante en una sociedad industrial que había consolidado la revolución industrial y en la que el positivismo consolidaba poco a poco sus supuestos epistemológicos. En ese escenario, Weber también popularizó la compleja disyuntiva entre la ética de la responsabilidad y la de la convicción.
La década que siguió al final de la Primera Guerra Mundial en el panorama británico también consolidó una preocupación por una actividad inédita del Estado que comenzó a atender demandas sociales mediante la formulación e implementación de actuaciones hasta entonces inéditas que constituyeron las novedosas políticas públicas. Harold Laski, a la par de John Stuart Mill, fueron figuras prominentes que abordaron el quehacer de Estados propulsados por quehaceres nuevos. Las políticas públicas empezaron a estar en el centro del debate público en sus facetas política y académica. Décadas después, Luis. F. Aguilar Villanueva divulgó el acerbo acumulado notablemente en el ámbito anglosajón y contribuyó eficazmente al asentamiento de su estudio en el universo hispanoparlante.
Joan Subirats, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Barcelona, es el gran referente español en el ámbito del estudio de las políticas públicas que añade a su larga trayectoria académica su experiencia en el mundo de la política como concejal del ayuntamiento de Barcelona y como ministro de Universidades en el gobierno de España. Su experiencia docente e investigadora se ve, por consiguiente, enriquecida por su paso por la política. Ello le permite preguntarse por la existencia de espacio, recursos y voluntad necesarios para que el conocimiento científico sea relevante en los debates políticos y sociales. ¿En qué medida pueden complementarse sus funciones con las de los ciudadanos, los responsables públicos y los representantes de intereses diversos? ¿Qué margen hay para ensayar nuevas respuestas a problemas persistentes?
El libro reúne 14 textos breves y uno final de conclusiones en los que aborda cuestiones de absoluta pertinencia en un intento permanente de trazar puentes sobre la brecha clásica que separa al saber del hacer en un ámbito especialmente delicado en la medida en que resulta evidente que la fortaleza de la democracia depende de la efectividad de las políticas implementadas. Como Subirats señala en las conclusiones, “la fragilidad de la democracia se concentra ahora en su falta de resolución de problemas frente a alternativas autoritarias que se presentan como más resolutorias”. La conjunción de intereses y de valores muy diversos -cuando no radicalmente opuestos-, prioridades divergentes, así como capacidades no siempre ni desarrolladas ni lubricadas supone un reto permanente en el devenir tanto cotidiano como a largo plazo de la política. También la disponibilidad de datos que no solo prefigura la agenda de investigación, sino que, a su vez, puede acabar configurando la propia agenda política.
La ciencia para la política no puede obviar la ciencia política, particularmente, el análisis de políticas públicas, sostiene Subirats. El análisis científico tiene que tener en cuenta los aspectos políticosociales y las limitaciones institucionales y administrativas que condicionan su implementación, además de la propia perspectiva de los receptores o ciudadanos. Lo cual no conlleva que el científico tenga que dejar de hacer su trabajo. La interacción se vuelve primordial así como la implicación activa con audiencias no académicas.
“Se trata de reforzar la capacidad de acción del sistema democrático sin privarlo de uno de sus componentes estructurales como es el libre debate de ideas y opiniones. La ciencia puede contribuir a deslindar lo que es más consistente con los hechos que lo que no lo es, contribuyendo, sin cerrar la posibilidad del disenso, a que las bases sobre las que construir políticas públicas sean más sólidas y finalmente efectivas”.
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Politólogo español. Director de CIEPS - Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales, AIP-Panamá. Profesor Emérito en la Universidad de Salamanca y UPB (Medellín). Últimos libros: “El oficio de político” (Tecnos Madrid, 2020) y “Huellas de la democracia fatigada” (Océano Atlántico Editores, 2024).
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