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Jean-François Fogel: mi amigo del alma

Se va el maestro de maestros, el profeta iluminado y ponderado del futuro del periodismo

Jean-Francois Fogel

Jean-François Fogel. Foto: Cortesía

Héctor Feliciano

22 de marzo 2023

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Mi amigo, mi gran amigo Jean-François se me fue. Me enteré de que algo había pasado ayer, sábado por la tarde, cuando recibí en París una llamada urgente de Jaime Abello, director ejecutivo de la Fundación Gabo.

-Te tengo una triste noticia.


O, algo parecido recuerdo que dijo.

-Sufrió un derrame cerebral y está en las últimas en el hospital. Me llamas después.

No me gustó nada de lo que escuché. Jean-François no se me podía morir. No cabe dentro del orden natural de las cosas que he previsto desde hace mucho. Si se muere Jean-François, se muere cualquiera.

Atontado, turbado, por allá, lejos, sentí que el estómago comenzaba a arderme. Jean-François era el más sano y ascético de todos nosotros. Mi gran amigo, mi buen amigo, ha sido el que ha cuidado de su salud como nadie, que no probaba ni gota de alcohol; que no fumaba; que, por no ser descortés, frecuentaba, con las muelas de atrás, un ratito, como decía cuando uno le insistía, las sabrosas y estiradas fiestas de la Fundación, solo para cumplir, y que, al ratito, en un abrir y cerrar de ojos, se evaporaba anónimo hacia su férrea rutina en su secretivo cuartel general de su habitación del hotel.

Jaime pidió un informe de mi visita al hospital, pero ahora la mente y la escritura no van hacia allí, parten en dirección de una crónica.

El amigo fiel que conocí en 1984 o 1985, en París, cuando él era periodista fundador del diario Libération, preparaba un número especial sobre escritores latinoamericanos. Ayer, Jean-François, el discreto periodista de periodistas, maestro de maestros, se me estaba yendo en algún hospital de París y, con él, siento que se irán muchas cosas más, no sé cuantas, pero una enormidad de ellas, cosas inefables de la vida. Se irá, sin remedio, aquella sabiduría aguda, fraternal, como una navaja cómplice amolada; brillantísimo, aquel con quien conversé regularmente por años, compartiendo anécdotas, escuchando sus buenos consejos, la voz que tantas veces me orientó, el docto que otras veces salvó a su Fundación querida advirtiéndole con sus análisis y conjeturas. Se va el monje benedictino del conocimiento, el profeta iluminado y ponderado del futuro del periodismo, el jansenista lúdico del régimen alimenticio, el jacobino irónico de la digitalía, el amoroso cínico del mundo que, enternecido, comprendía con una leve sonrisa, una buena historia de amor, de compasión o de inocencia. Aquel que, en sus libros sobre la aparición del periodismo digital, fue capaz de citar, con absoluta pertinencia, a Baudelaire, a Wittgenstein, a Valéry; el experto mundial en rugby y el citado crítico de literatura, el cosmopolita repleto de opiniones. Más que nada, el amigo consecuente y desprendido con sus amigos que, generoso, protegía a sus exalumnos como una mamá gallina, y, con regularidad, correspondía con ellos como si fueran amantes; sobre todo, ha desaparecido el celoso de su privacidad y el elegante que siempre llevaba cuidadas camisas y hasta guayaberas; que no olvidaba de lustrar los zapatos, con la cera exclusiva que se procuraba en México, y que, con orgullo y alegría, me mostraba, diciendo

-No, no, no. Esta es la mejor.

Le debo a Jean-François el infinito regalo de la Fundación. Me presentó a Jaime, luego, junto a Jaime, a Gabo; porque buscaban un periodista cultural para dar talleres. Y, él, buen amigo, pensó en mí.

Le debo mucho. Se me va el extraordinario periodista, culto hasta la erudición, informado hasta el último minuto.

Jaime me envió el número telefónico de Bruno Patiño, el de Zoé Valdés. Conseguí a Bruno, de camino al hospital Beaujon, a las afueras de París y especializado en neurocirugía.

De París, salgo disparado. No sé bien qué hallaré; la incomodidad de tener que conversar con familiares desconocidos de un íntimo amigo. Bruno me informa que allí estará Alice. Treinta años hace que la conocí, la hija de su mujer de entonces, a quien Jean-François crió y quería como hija propia. No sé si Alice me recordará.

Después de la muerte, no existe mucho en que creer. Sin embargo, vivo convencido de la importancia de despedirse de los muertos, aunque no se enteren, por respeto hacia ellos y para mí, para saber que se han ido, y en qué estado. A pesar de que su partida, en realidad, será parcial, pues con amigos como Jean-François el duelo y el diálogo seguirán trenzándose en mí por los siglos de los siglos.

Fue queridísimo conmigo, y dulce con mis hijas, con mi esposa, con mis padres, con su hija, y con sus amigos, y cínico y dulce. Y, luego, con sumo cuidado, bañaba sus comentarios en humor negro, con ácido inteligente y más humor.

Tengo tanto que decir y recordar sobre Jean-François, él, que se me fue a toda velocidad en un hospital de París.

Salí para Beaujon, sonado, aturdido por la noticia, en el auto, aumentaba el dolor de estómago, sentí leves náuseas. Llegué hasta el servicio de reanimación, con las puertas cerradas. Telefonée nuevamente a Bruno. Al fondo del pasillo, lo distinguí teléfono en mano. Vamos a donde Alice, que me reconoce y saluda. Se encuentra otro amigo más de Jean-François y un tal Boris, que llegará más tarde. Zoé Valdés está en la habitación. Los médicos consideraban que la actividad cerebral era reducida y aguardaban un pronto desenlace. Alice esperaba que nada se prolongue, para que no haya sufrimiento. El médico dijo que, primero, llegó el fogonazo de la hemorragia y, luego, el desplome al piso.

Abrumada, con delicadeza y presencia de espíritu, preguntó si deseaba pasar a verlo. Sí. Ya dije que soy firme con eso de las despedidas.
Me preguntó si conozco a Anne, la pareja de Jean-François. La llamó en reanimación. Anne ha quedado abrumada, bajo la conmoción del hecho. Jean-François atomizaba su vida como la fragmentaban en células los combatientes de la Resistencia, compartimentada como un inmenso panal.

Admiré esa destreza en él de poseer una sola vida múltiple y separada; entre los amigos en un mismo país o los de un lado y del otro, los de Europa y los de América. Yo soy, de entre ellos, uno de los que tuvo acceso al puente entre las dos riberas del océano. Y, nuestro idioma común para ese desplazamiento fue siempre el español. En una ocasión, en París, reunidos con compatriotas suyos nos escuchamos conversando en su idioma. No reconocí al Jean-François que conocía y quería. Él, quizá, tampoco a mí. Sin decirnos nada, con naturalidad, regresamos ambos al idioma que dio fondo a nuestra amistad.
-Todavía no he caído en cuenta – nos dice Anne.

Alice me acompaña hasta la habitación. Abre la puerta. Inconsciente, los ojos cerrados, inmóvil, de frente, desnudo de la cintura para arriba, entubado por doquier; es posible que haya tenido transfusiones en los brazos o manos; no recuerdo bien, a pesar de que solo fue ayer. Detrás de la cabecera, las máquinas, en forma de abanico, como un escenario necesario. Sobre el pecho, los chupones del electrocardiógrafo, por alguna otra parte, las conexiones para medir las ondas neurológicas. Jean- François en aquella cama, inmerso en la tranquilidad de la habitación.

Me coloqué a su derecha. Le tomé el puño cerrado y solo me salió,

-Mi amigo del alma….

Y, lloré. He sido siempre de pocas lágrimas. En mi país, desde pequeños, se nos explica que los hombres no lloran, en caso de que se nos ocurriera hacerlo. Imaginé, toda mi niñez, que poseíamos algún dispositivo especial que no nos lo permitía.

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Pero, hoy, en este momento, ante Jean-François que se me va, lloro de verdad, como, también de pequeño, en mi país decían que solo lo hacen las mujeres.

Lloro y murmuro,

-Mi amigo del alma….

Del otro lado, Alice presencia todo. Con generosidad, con respeto por nuestra amistad, se le ocurre preguntarme si quiero quedarme solo con él. ¡Qué bonito gesto!, pienso. Rápidamente, le respondo que sí. Se retira de la habitación.

Nunca he creído eso de que los enfermos inconscientes nos escuchan, de que se les puede hablar pues están atentos. Pero, por si acaso, y también por mí y por aquellos amigos que no pueden estar hoy aquí, le hablo.

Me despido a nombre mío, de Jaime, del Consejo Rector y de todos los que trabajan en la Fundación. Y, le digo que lo hago en este, su idioma postizo, el que lo escogió, el español, el que tanto quería y tan bien manejaba.

Me incliné y le di un beso en la frente. No me vino a la mente decirle adiós. Jean-François no se iba a ir.

¿Qué haré con este vacío?. ¿Llamarlo para conversarlo todo?.

Salgo de la habitación y en el pasillo se encuentran Anne y Zoé. Digo que Jean-François siempre fue un amigo muy consecuente. Zoé apuntala mi comentario.

Anne, asombrada, agrega,

-Pero, Jean-François decía que no tenía amigos.

Ayer, con todos los que llegaban al hospital y llamaban, preocupados, buscando noticias, deseándole lo mejor, comprendió que cuando Jean-François proclamaba aquello se trataba meramente de un decir, que caía en la propia trampa del dramatismo de los franceses.

Anne nos cuenta cómo transcurrió su día. Todas las mañanas, al igual que ese sábado, Jean-François le traía de afuera el desayuno. Recordó que, anteriormente, se había quejado del mucho trabajo que tenía. A las 8h30, Jean-François salió a ejercitarse en un parque cerca de la casa que comparten en el pueblo colindante de Levallois. La oficina, en donde pasaba los días y algunas noches informándose se sitúa lejos, en la rue Charlemagne, en el barrio del Marais, en el centro de París, cerca del Sena.

Anne se lamentó entonces de que, sentada frente a su computadora, esa mañana no le dijera adiós.

Pasó una hora y Jean-François no regresaba. Par de horas más y Anne llamó a hospitales, a la policía y no había rastro. A mediodía, su hijo sugiere ir a la comisaría a informarse. Allí, les enseñan la foto de una llave y preguntan si la reconocen. Sí, dice Anne, pertenece a Jean-François y piensa en un asalto. Pregunta al agente qué pasó. Este dice que no puede comentar; que deberá acompañarlo al hospital. Allí, Anne aprende que, en la esquina del parque, Jean-François se desplomó, antes de comenzar sus ejercicios. Sin identificación o celular ninguno llevaron al desconocido a las urgencias médicas, esperando a que alguien viniera a reconocerlo.

Anne concluye y, como pidiendo ayuda, se exclama ante Zoé y yo, que ignora las múltiples contraseñas de sus computadoras, que será imposible ingresar en estas.

De regreso a París, Zoé cuenta que hace unas pocas semanas Jean-François le expresó su felicidad de haber obtenido buenos resultados en sus exámenes médicos anuales. Luego, telefoneo a Jaime, le presento el informe que quería. Le menciono la supuesta ausencia de amigos de Jean-François y el asombro de Anne al ver cuántos desfilaban ya por el hospital y por los otros que no cesaban de telefonear. Y, sobre su desconocimiento de las contraseñas.

Nos reímos, pensando en nuestro querido Jean-François.

Jaime dijo,

-Esas computadoras deben estar más protegidas que un bunker.

Hoy domingo me quedé en casa escribiendo estas líneas. Quería regresar mañana al hospital a visitarlo. A las 16h05, Alice me dejó saber que mi amigo del alma se fue.


*Publicado en La Vanguardia de Barcelona

 


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Héctor Feliciano

Héctor Feliciano

Periodista y escritor. Actualmente publica en El País (España) y Clarín (Argentina), y para las revistas latinoamericanas Etiqueta Negra, El malpensante y Letras Libres. Ha sido corresponsal cultural en Europa para los diarios The Washington Post y Los Angeles Times. Maestro del taller anual de Periodismo Cultural e Investigación de la Fundación Gabo y miembro de su Consejo Rector.

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