Museo de Memoria itinerante sobre Nicaragua
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La estrategia del cambio demanda la construcción del capital político de cada grupo y se forja con la unidad en acción, no solo apelando a la unidad
Exiliados nicaragüenses participan en el viacrucis en San José, Costa Rica, el 18 de abril de 2025. // Foto: Confidencial
Nicaragua se transformó en un país transnacionalizado, condición que amerita reordenar el mapa político de la lucha contra la dictadura. La dispersión masiva de cerca de 800 000 nicaragüenses en varias partes del mundo, principalmente Estados Unidos, es una de las mayores consecuencias de la radicalización dictatorial. Más que una ola migratoria, que suma más de 1.2 millones de personas fuera del país, esto ha conllevado a la separación de familias que mantienen su cercanía emocional en la desgarradora distancia de vivir en el exterior.
En esa diáspora, está el exilio, la expulsión forzada de líderes cívicos, políticos, activistas, empresariales, religiosos que Rosario Murillo reprimió para desbaratar la oposición política al interior del país. A la par de la diáspora y el exilio, está un pueblo que vive el día a día en su país, en la rutina del estado policial y la censura, aprendiendo a navegar con tacto para saber vivir.
Estos tres sectores sociales tienen perspectivas del mundo y expectativas diferentes, por lo que hay que reconciliar estas realidades para golpear a la dictadura.
Para la diáspora, las prioridades no son políticas, sino sobrevivir económicamente y prosperar en el día a día. En Estados Unidos, Costa Rica, España, u otros países, la condición irregular es un peso emocional y material sobre la mayoría de esta población que trabaja más de un tiempo completo, sin ingresos fijos, y su preocupación principal después de pagar sus rentas, es enviarle dinero a su familia y ahorrar por si acaso les pasa algo.
La mayoría de las personas en la diáspora siguen superficialmente la política porque carecen del tiempo y el incentivo para estar al tanto y mantenerse políticamente activas. Por supuesto, si se les pregunta si quieren volver a su tierra, todos te dicen que sí; es la ilusión que los envuelve a todos, pero saben que, a menos que los deporten, ellos se quedarán dónde están por el momento porque ya han empezado a echar raíces con sus familias. Claro que quieren democracia en su tierra, que se acabe la dictadura, y muchos han vivido en carne propia la represión.
El grupo de los exilados es mucho mayor que los 222 expresos políticos desterrados más otros 200 desnacionalizados, aunque estos constituyen el núcleo de lo que se autodenomina la oposición. Pero el exilio está conformado por decenas de miles, incluidos los que huyeron por persecución y han solicitado asilo y refugio —que son más de 200 000— y los que huyeron por pertenecer a alguna organización social, cívica o política, o fueron amenazados por haber participado en algún momento entre 2018 y 2021.
La masa crítica de líderes proviene del círculo de los excarcelados y los que huyeron durante el período más represivo. Estos tienen las mismas necesidades que la diáspora, pero están más politizados; creen en la urgencia del cambio político y en su imaginario hay cuatro prioridades: unidad, liderazgo, negociación y anti-sandinismo.
Desde la óptica del exilio organizado, la urgencia de democratizar Nicaragua implica unificar fuerzas, en torno a uno o varios líderes en el exilio, y negociar junto a Estados Unidos la salida de la dinastía familiar, sin dar participación a la disidencia ex-sandinista o los que están en el poder. Entre ellos hay un conflicto político sobre cómo manejar la llamada unidad, o quién tiene liderazgo, qué peso político tienen en Nicaragua, y sobre qué y con quién negociar. Ante la transición que se está abriendo en Venezuela, después de la “extracción” del dictador Nicolás Maduro por la fuerza de Estados Unidos, han introducido una variante en su debate, lo que llaman ‘el día después’, que asume que el derrocamiento de la dictadura es inminente y hay que contar con un plan para cuando sean libres.
El pueblo que vive en Nicaragua es el grupo mayoritario, con sus prioridades y sus necesidades. Ellos quieren contar con respuestas al reto del día; satisfacer sus condiciones materiales, porque no hay grandes oportunidades de movilización social y no cuentan con el Estado para que los apoye. Se vive con poco y en dificultades. Quieren lograr que a la familia no le falten cosas en la casa, que se pueda mantener a los hijos en buena salud. Y, sí, vivir en libertad, sin condiciones, sin policías y sin censura. La gente piensa en la condicionalidad de su seguridad personal apoyada en el silencio; por eso, mientras “no me meta en política, todo bien aquí, porque si no te metes en eso, nadie te molesta”. Para ellos, esto es un reconocimiento tácito de que eso no es normal; es real.
Como en la diáspora, dentro de Nicaragua hay un núcleo que está politizado, y cree en la urgencia del cambio. Son gente que no quiso o no pudo irse del país, pero no simpatiza con el sistema de gobierno, profesionales, productores, extrabajadores de la sociedad civil, empresarios, e incluso empleados del gobierno. Para ellos, lo político empieza por mantenerse informados y vencer la censura, si llega el momento de la protesta colectiva, ellos saldrán al frente asumiendo los riesgos que esto conlleva. Aunque no esperan que sean los líderes del exilio los que asuman un rol protagónico, sí quieren que exista colaboración y coordinación política con ellos, por su incidencia en la comunidad internacional, y a pesar de los riesgos a los que hay que enfrentarse al sistema de vigilancia y represión.
Frente a esta realidad de las tres Nicaraguas separadas, se requiere reconstruir el mapa político de la lucha contra la dictadura, tomando en cuenta la resistencia y el deseo de transición democrática como denominador común. Estos tres grupos comparten la importancia de un cambio para Nicaragua, y el deseo de un liderazgo democrático que sustituya a Rosario Murillo, sus hijos o el círculo corrupto que la rodea. Sin embargo, hay diferencias en los tiempos y los métodos. La urgencia es relativa para todos, y la piensan en relación con sus necesidades y posibilidades porque “no es lo mismo verla venir que platicar con ella”.
La transición democrática es muy difícil cuando las sociedades están geográficamente divididas. Sin embargo, la experiencia reciente de Nicaragua demuestra que hay espacios de convergencia que han debilitado al régimen con esfuerzos conjuntos entre la resistencia interna, el exilio, la diáspora, y la comunidad internacional. Los destapes del periodismo investigativo, las denuncias de organizaciones internacionales de derechos humanos, la acción diplomática de la comunidad internacional, la OEA, de Estados Unidos; la crítica a las alianzas del régimen con estados forajidos, la crítica interna al despotismo de Murillo, han orillado a la dictadura y son parte de un trabajo colectivo entre fuerzas intermésticas (que surgen del entrejuego estratégico de grupos internacionales y domésticos).
Reconciliar las diferentes necesidades y urgencias de sus miembros es una condición necesaria para continuar la presión. Y esto va seguido de identificar estrategias de lucha desde ámbitos transnacionales, respetando reglas de participación democráticas.
Para los que están en el exilio, la urgencia es inmediata porque quieren volver a su tierra; mientras que para los que están en el país, de lo que se trata es que las cosas se hagan bien, porque “no se trata de llegar primero, sino de saber llegar”. En ese sentido, el común denominador es la desigualdad social del país, por lo que hay que mejorar las condiciones materiales de los nicaragüenses, demostrando cómo las transgresiones que Murillo y la dinastía crearon con la captura del Estado, tuvieron efectos contra los migrantes, a quienes les ha tocado efectivamente hacerse cargo del país. La crítica al costo de vida, al impacto de las remesas y la complacencia del FMI sobre Nicaragua, han puesto al descubierto la corrupción del sistema. ¡La protesta de Abril también fue contra la injusticia económica! ¡Lo económico es político!
Dentro de Nicaragua, la resistencia política empieza por saber qué pasa adentro y reconocer cómo el sacrificio de sus familias afuera trata de mitigar una situación que de otra forma tendría al país en la miseria. Mientras el exilio tiene la obligación con Nicaragua de reconocer que esas demandas son de mutuo interés, y mostrar que para mejorar la condición económica hay que echar raíces en Nicaragua, reconstruir el tejido cívico y promover la democratización. No puede simplemente autodenominarse como el representante de la lucha política.
Los líderes del exilio tienen la ventaja de informar a los nicaragüenses sobre la magnitud de estas injusticias, que la investigación 301 de la Oficina de Comercio de EE. UU. y el Grupo de Expertos en Derechos Humanos de Naciones Unidas han hecho evidentes. Ellos son un vehículo importante, pero no son el sujeto del cambio; ese es el pueblo mismo.
Como instrumento de resistencia, el exilio puede contribuir a fortalecer las herramientas que desmoralicen a la dictadura, mostrando la corrupción, los abusos de autoridad, el favoritismo y la cleptocracia, el ‘clasismo’ de Rosario Murillo frente al pueblo, el ninguneo contra los empleados públicos, así como también enseñando el engranaje legal en el que están sujetos y que formalmente desconocen.
Ellos pueden ampliar el acceso a la información e inteligencia trabajando con la diáspora y con sujetos dentro del país para crear más conciencia política. Pero su desafío más importante es trabajar dentro de Nicaragua a través de redes sociales y políticas seguras. La desmoralización de la cúpula del régimen ante la crisis de Venezuela es real. Todos saben que Rosario Murillo los conduce a un abismo sin salida. Los nicaragüenses han vivido el abuso de la invasión de las tiendas y la minería china, saben que es el gobierno el responsable de la falta de buenos empleos y de por qué uno tiene que migrar. La credibilidad de Rosario Murillo se desploma cada día porque no puede ofrecer soluciones y tiene menos lealtad entre sus seguidores, que buscan otras alternativas.
El protagonismo de las organizaciones en el exilio tiene más relevancia cuando demuestran a la comunidad internacional y al pueblo que conocen cómo debilitar los pilares de poder del régimen, y no se limitan a pedir ayuda o sanciones
La resistencia política se debe triangular con la movilización entre el exilio, la diáspora y el pueblo, con un lenguaje y acción de lucha común, y la estrategia del cambio depende de la construcción del capital político de cada grupo: “dime a quién representas en Nicaragua y te diré quién eres”, y este capital se forja con la resistencia en acción, y no simplemente apelando a la unidad.
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Politólogo nicaragüense. Director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo de Diálogo Interamericano. Tiene una maestría en Administración Pública y Estudios Latinoamericanos, y es licenciado en Relaciones Internacionales. También, es miembro principal del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, presidente de Centroamérica y el Caribe en el Instituto del Servicio Exterior de EE. UU. e investigador principal del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional en la Universidad de Georgetown.
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