Museo de Memoria itinerante sobre Nicaragua
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Paradójicamente, bajo la dictadura aumentó la dependencia en exportar a EE. UU., la importación de hidrocarburos y el envío de remesas familiares.
La “copresidenta” Rosario Murillo instruyó a las estructuras del régimen a reforzar la vigilancia en barrios y redes sociales. Foto: El 19 Digital
La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, las protestas masivas en Irán, la debacle económica y política de Cuba, el fracaso electoral del partido de Mel Zelaya en Honduras, el giro hacia la derecha en la región, están poniendo a Rosario Murillo en un plano complicado porque, poco a poco, los ojos se están moviendo en dirección a Nicaragua.
Mientras Murillo quiere hacerse como el avestruz, la población nicaragüense, la comunidad en el exterior, Estados Unidos y otros países democráticos amigos están pendientes de Nicaragua.
No es accidental que en medio de todo esto la Administración de Donald Trump esté abiertamente presionando a Venezuela, amenazando a Cuba a que haga arreglos, demandando reformas en Irán y, los comentarios dentro de pasillos en Washington, están metiendo a Nicaragua en la conversación.
Resulta contraproducente para Nicaragua que Murillo y la dictadura le lleven la contraria a Estados Unidos, cuando este país es su principal socio económico y para efectos políticos y económicos, Nicaragua está en manos de Estados Unidos.
Geopolíticamente, Estados Unidos ha tenido una presencia histórica en la región con políticas que oscilan entre injerencia y negligencia. Al llegar Donald Trump a su segunda presidencia, sus prioridades en relaciones internacionales y política exterior fueron cuatro: el reajuste comercial arancelario, el control migratorio, oponerse a las fuerzas que se oponen al orden liberal internacional (organizaciones criminales, dictaduras, la pacificación de los conflictos) y contrarrestar la presencia global de China.
Un año después, al introducir la nueva estrategia de seguridad nacional, le agregó unas modificaciones sobre China y una justificación más intervencionista a lo de Teddy Roosevelt en las Américas, que significa un reconocimiento regional de que Estados Unidos es un actor preponderante global y que sus intereses políticos y económicos no pueden subestimarse. Nicaragua es un país que para la Casa Blanca está en una lista de indeseables y le tocará su turno. La administración no toma muy en cuenta lo que le ofrezca Nicaragua, si no lo que ellos quieren de este país, situación que expone aún más a la codictadora Rosario Murillo y las vulnerabilidades económicas y políticas frente a Estados Unidos.
Aunque Ortega y Murillo han proclamado alianzas con otros países del “círculo maligno” —como Belarús, Irán, Rusia, China, Cuba o Venezuela— la dependencia económica de Nicaragua con Estados Unidos es muy fuerte. La relación comercial de Nicaragua es mayor del 50% de sus exportaciones e importaciones, el 80% de las remesas que llegan al país vienen de Estados Unidos y las visitas de turistas norteamericanos es la segunda más importante para el país.
Por si fuera poco, en vez de haber disminuido en los últimos cinco años la dependencia hacia Estados Unidos ha crecido y hasta se ha duplicado en algunos rubros. Paradójicamente, aumentó más durante la época de los Ortega-Murillo que en otro momento por el contexto político que generó una migración masiva y por el aprovechamiento de las empresas del régimen de zonas francas para aumentar exportaciones.
Pero también aumentó la dependencia en la importación de hidrocarburos desde Estados Unidos y en el envío de remesas.
Esa dependencia refleja la relación fluida que los nicaragüenses han venido desarrollando con ese país, de manera tal que es el país preferido para las relaciones internacionales, a pesar de lo que piensen Ortega-Murillo.
Esta realidad apunta a la vulnerabilidad en que se encuentra el país, en momentos en que una provocación puede ser suficiente justificación para la administración Trump o el Secretario Rubio para presionar a Nicaragua.
El que Murillo no adopte un rol proactivo para introducir apertura política en momentos que hay una tensión internacional contra las dictaduras expone a la dinastía a presiones económicas de diferente tipo que afectarían al régimen, incluyendo restricciones en la venta de hidrocarburos, declarar a Nicaragua como riesgo financiero (como medida contra la Ley de Protección de los Nicaragüenses ante Sanciones y Agresiones Externas) o incluso presiones al Ejército por su complicidad con la dictadura.
El peso de Estados Unidos sobre Nicaragua es bastante fuerte en el escenario político. Históricamente, Estados Unidos ha sido un país con una influencia muy determinante por su fuerza coercitiva, la diplomacia, el músculo económico y la cultura.
Desde que Daniel Ortega reprimió a la población en 2018, inició su rompimiento con el sector privado e irrespetó los procesos electorales, la presión internacional sobre la dictadura no ha cesado, aunque la intensidad ha variado. En el caso de Estados Unidos, tanto gobiernos republicanos como demócratas han presionado a Nicaragua a revertir su ruta dictatorial, tanto de forma unilateral, como una política bipartidista, y también a nivel multilateral en la OEA o en Naciones Unidas, o en coordinación con otros países.
Estados Unidos introdujo la ley Nica Act (2018) y la Ley Renacer (2021), y lideró la presión multilateral en la OEA junto con otros estados miembros. Las medidas impuestas fueron incompletas, pero, entre otras, se han emitido cerca de 60 sanciones a quienes cometieron violaciones de derechos humanos, participaron en la farsa electoral, y debilitaron o desarticularon temporalmente la funcionalidad del círculo de poder. También se investigó el rol de Rusia, y presionó a organismos financieros multilaterales a no financiar a Nicaragua por su récord de violaciones a los derechos humanos.
Ahora que Rosario Murillo reconstituye su círculo de poder, salen a relucir otros personajes como cómplices, justo cuando el gobierno de Donald Trump lanza sus críticas contra gobiernos que conforman las llamadas “fuerzas malignas”, y hay al menos 10 fichas clave de la represión y corrupción que no han sido sancionadas.
Bajo el primer gobierno de Trump se introdujeron más sanciones, en parte por la coyuntura represiva, pero también porque había una política de presión a la “troika de la tiranía”. Durante el gobierno de Biden, la presión política se reajustó con menor intensidad, sin embargo, el esfuerzo multilateral fue fuerte, su apoyo a los grupos cívicos continuó, se aisló a la dictadura en la región y se presionó a instituciones como el BCIE.
En enero de este año se presentó en el Congreso un nuevo anteproyecto de ley que busca consolidar las dos leyes anteriores y aumentar la presión sobre Nicaragua, lo que aumentará más la motivación del Ejecutivo de poner su mira sobre este país.
Aunque en algunos círculos hay una lectura sobre la política exterior de Estados Unidos sustentada en una perspectiva ‘emocional’, de amor-odio, en la que se piensa que Estados Unidos se mueve en función de un sentimiento especial (no material y simbólico) de conexión con un país, el proceso de política exterior siempre ha seguido una ruta burocrática de pasos y procesos, acompañada con la autoridad del Ejecutivo y su estilo de hacer política y agenda, y una reacción frente a eventos externos.
Trump y Rubio, además de reconocer las violaciones a los derechos humanos, miran que Nicaragua ha sido un sitio de refugio de criminales, terroristas, y otros actores amenazantes de Estados Unidos; un régimen que ha promovido la migración hacia Estados Unidos en grandes cantidades y con premeditación (sin garantías que no lo volverá a hacer); y ha formado alianzas con regímenes ‘malignos’.
Los tiempos son clave en toda decisión política y, en un momento en que el Departamento de Estado está orientado hacia Venezuela y Cuba, Murillo puede concluir que mientras ellos ayuden a satisfacer los intereses primarios de Trump (prevenir migración, contener el tráfico de drogas), la dictadura estará a salvo.
Sin embargo, lo que Murillo intente ofrecer, o incluso lo que los militares recomienden, no es tan relevante; al fin y al cabo, Estados Unidos no ha entablado ningún canal de comunicación diplomática con Nicaragua y no tiene planes de hacerlo, y dispone de un menú de opciones para aumentar la presión contra la dictadura Ortega-Murillo. En medio de un desaceleramiento económico, con China menos proactiva, sin financiamiento externo, Nicaragua es altamente vulnerable ante una presión externa del presidente Trump. Este año 2026, en la víspera de las elecciones de 2027, será clave en la política de Estados Unidos hacia Nicaragua.
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Politólogo nicaragüense. Director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo de Diálogo Interamericano. Tiene una maestría en Administración Pública y Estudios Latinoamericanos, y es licenciado en Relaciones Internacionales. También, es miembro principal del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, presidente de Centroamérica y el Caribe en el Instituto del Servicio Exterior de EE. UU. e investigador principal del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional en la Universidad de Georgetown.
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