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La escritora cubano-nicaragüense reivindica la identidad y la memoria de sus “hijos de papel” ante la confiscación de sus libros por la dictadura
La escritora cubano-nicaragüense María López Vigil, durante un encuentro con estudiantes Universidad de Granada, España. Foto: Cortesía FIP Granada
Con el peso de ochenta y dos años transformados en sabiduría y una voz que se niega a ser silenciada por el destierro, María López Vigil reivindica su origen: “Vengo de un lugar de las Américas de cuyo nombre sí quiero acordarme”, afirma aludiendo a su amada Nicaragua. En un encuentro con estudiantes universitarios en el aula magna de la Facultad de Ciencias de la Educación, de la Universidad de Granada de España, la escritora y Premio Cervantes Chico demostró que, aunque le hayan confiscado el suelo, su identidad permanece intacta en el idioma que habita y defiende con la precisión de un artesano de la memoria.
El encuentro con la escritora, precursora de la literatura infantil en Iberoamérica y ganadora del Premio Cervantes Chico, estuvo cargado no de armas, sino de relatos, para recordarnos que la identidad de un pueblo sobrevive en los vocablos que se susurran al oído.
María se define como una mujer de múltiples sombreros: teóloga, analista política y narradora. Nacida en Cuba pero nicaragüense por decisión y por 44 años de vida compartida, su declaración de principios fue contundente ante una audiencia que la escuchaba, “mi machete es la palabra”, expuso.
Su travesía comenzó lejos de las letras infantiles, en una búsqueda espiritual que la llevó a ser monja, una equivocación de vocación que, sin embargo, le permitió conocer las entrañas de la institución antes de entregarse a la revolución nicaragüense en 1981. Allí descubrió un país donde los niños leían poemas de Rubén Darío o cuentos importados de España que hablaban de vosotros, una lengua que se sentía ajena y distante en una tierra que respira al ritmo del vos.
La chispa de la creación saltó en 1988, gracias a un concurso de la cooperación sueca que clamaba cuentos para la infancia. Junto a su hermano, el ilustrador Nivio López Vigil, decidió llenar el vacío de los libros de texto aburridos con una narrativa que explicara el origen de la nación. Así nació Un güegüe me contó, la obra fundacional que introdujo a los niños nicaragüenses a las palabras de sus abuelas y a los refranes de su tierra.
Este libro no solo fue un éxito, sino un desafío a las estructuras conservadoras al presentar una cosmogonía donde Dios no era un varón solitario, sino una pareja divina de cuyo beso nació el pueblo nicaragüense. El escándalo inicial fue, para María, una piedra con la cual los niños no tropezaron para caer, sino para enderezarse y reconocerse en su propia mitología. Son cuentos de la prehistoria hasta la llegada de los españoles. “Quise conectar a niños y niñas con sus antepasados y con sus raíces”, dijo, “Quise hacerlos reír y emocionarlos con una historia de amor, la de Mingoxico y Xilochitl”.
La autora relata con orgullo cómo sus relatos rescataron términos como calaches —esos bultos de cosas que uno carga en la maleta— y cómo la fuerza de la palabra escrita validó el alma de la gente. Para López Vigil, la literatura infantil es el espacio donde los niños encuentran su propia voz, permitiéndoles exclamar frente a la página: ¡Está escrito!, otorgando así una realidad indestructible a su cultura oral.
Su labor de rescate cultural alcanzó la cima con la adaptación de El Güegüense, el texto de humor político más antiguo de las Américas. En esta obra, declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO, se celebra la astucia del indígena para socavar la autoridad española a través de la burla y el ingenio, una lección de resistencia que sigue vigente en la psique del país.
López Vigil defiende una literatura sin diminutivos ni condescendencias, bajo la premisa de que un libro para niños solo es valioso si es capaz de apasionar también a los adultos. Con esa honestidad, se atrevió a escribir sobre los miedos tradicionales como la Cegua, el Padre sin Cabeza o la Carreta Nagua, para enseñar a las niñas y niños a enfrentar las sombras de la realidad a través de la catarsis del relato.
Incluso en sus cuentos más sencillos, como La lechera y el carbonero, María explora temas profundos como la inclusión, el amor y la diversidad, utilizando el blanco y el negro para terminar soñando en colores. Para ella, no existen temas prohibidos, sino formas de narrar que han sido tildadas de indecentes por quienes temen a la libertad de pensamiento y a la representación honesta de la vida.
Sin embargo, el presente de estas obras es desgarrador. La dictadura nicaragüense ha confiscado la Universidad Centroamericana (UCA) y ha arrasado con editoriales como Libros para niños, cerrando los rincones de lectura donde la niñez descubría sus raíces. María lamenta que sus libros, a los que llama sus hijos de papel, ya no puedan ser comprados en el país que les dio la vida.
A pesar del asedio, la literatura de María López Vigil ha encontrado refugio en las maletas del exilio. Durante el encuentro, una madre nicaragüense relató cómo priorizó el espacio en su equipaje para traer uno de estos libros a España, buscando que su hija de nueve años mantenga vivo el cordón umbilical con sus ancestros a través de los nombres de las comidas y las memorias de su tierra.
Este testimonio conmovió a la autora, quien reafirmó que, aunque le hayan quitado el suelo, no han podido confiscarle el lenguaje. En su intervención, María dejó claro que la patria no es solo un territorio delimitado por fronteras, sino un ecosistema de significados y sonidos que se llevan grabados en el alma, independientemente de dónde se encuentre el cuerpo.
La escritora advierte que escribir para la infancia es un acto de valentía, especialmente cuando se introducen críticas sociales o enfoques feministas en textos antiguos como el Rabinal Achí. Su literatura es, en última instancia, un ejercicio de memoria frente a la tragedia de un país que ha visto clausurados sus espacios de libertad y de fomento a la lectura.
Al cerrar su participación, la premisa quedó flotando en el aire como un decreto de esperanza para todas las personas que viven en la diáspora. Ante la pérdida de lo físico y lo tangible, María López Vigil sentenció con la autoridad de sus 82 años y sus hijos de papel. “la patria es la palabra”.
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En sus veintiún años de historia, se ha consolidado como el gran evento literario español, reconocido internacionalmente como clave del presente y el futuro cultural granadina.
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