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Frío, hambre, extorsión y muerte acechan a exiliados nicaragüenses que buscan EE. UU.

Desplazados por la persecución política, dos nicas narran la odisea que vivieron para llegar sin papeles hasta la frontera mexicoestadounidense

Desplazados por la persecución política

Iván Olivares

27 de diciembre 2021

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Temerosos de convertirse en una estadística más del régimen Ortega Murillo (otro preso político, otro desaparecido, otro muerto), miles de nicaragüenses abandonan Nicaragua de cualquier forma, y corren grandes riesgos al atravesar Honduras, Guatemala y México, anhelando llegar a la frontera con Estados Unidos para entregarse a las autoridades de Migración de ese país.

Cuando la violenta represión ordenada por el régimen en 2018 hizo que los muertos se contaran por decenas primero, y centenares después, los nicaragüenses optaron por el exilio. Al inicio la mayoría buscaba Costa Rica, pero en los últimos meses ha crecido el número de los que deciden arriesgarse por la peligrosa ruta que lleva a Estados Unidos.


CONFIDENCIAL habló con dos de ellos: uno es un ciudadano opositor de iniciales DLA, miembro de las Redes de Activistas Nicaragüenses (Reacnic), que pidió ser identificado solo como @anton18ni. Jairo Bonilla, exestudiante de la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli), es el otro.

Aunque no se conocen, además de su juventud ambos tienen en común el haber asumido distintos niveles de protagonismo en la Rebelión de Abril de 2018 y, luego, entender que solo podían escapar de la dictadura poniendo tierra de por medio. @anton18ni, salió de Nicaragua a mediados de noviembre de este año, mientras Bonilla dejó el país en octubre de 2018, dirigiéndose inicialmente a Costa Rica.

“Me sumé a las protestas desde los primeros días”, refiere @anton18ni, recordando que “el 20 de abril asesinaron a una persona a escasos 50 metros de donde yo estaba”, lo que no lo hizo desistir de asistir a las marchas de protesta contra el régimen, o apoyar con agua, medicinas y alimentos a los jóvenes atrincherados en las universidades.

Bonilla fue uno de esos estudiantes atrincherados en las universidades, pero cuando las fuerzas parapoliciales del régimen acabaron a balazos con la resistencia de los jóvenes que se defendían prácticamente con morteros caseros y esconderse en ‘casas de seguridad’ ya no bastaba para estar resguardado, entendió que debía irse del país y salió rumbo al vecino Costa Rica.

Además de ayudar a los jóvenes que se defendían en las universidades de la represión estatal, @anton18ni se sumó a un grupo organizado para tener incidencia en redes sociales y organizar actividades de protesta presencial, siempre tratando de mantener un perfil bajo por su seguridad.

El grupo decidió formar parte de la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB), para incidir en la toma de decisiones dentro de la oposición.

Bonilla reflexiona que si se quedaba en Nicaragua había dos opciones: cárcel o muerte, “y no iba a averiguar cuál de las dos era mi destino. Tenía que salir del país sí o sí. Nadie quiere irse de su país, pero si me quedaba iba a ser enjuiciado por un crimen que no había cometido”, así que optó por el exilio, igual que miles de nicaragüenses, “dejando atrás familia y amigos, y en mi caso, también la carrera universitaria que pensé que era mi futuro”.

El espanto de atravesar México

Si bien el triángulo norte de Centroamérica es una de las regiones más violentas del planeta (de acuerdo a las altas tasas de criminalidad que registran estos países), las historias más terribles que narran los migrantes ocurren en México, país con una extensión de 3200 kilómetros de frontera a frontera, aunque las rutas por carretera implican un recorrido aún mayor a dicha extensión.

@anton18ni entró a territorio mexicano a mediados de noviembre, llevando muy poco dinero con él porque la decisión de viajar la tomó prácticamente de un día para otro, dejando a su madre muy angustiada mientras él iniciaba una travesía que puso varias veces su vida en riesgo.

Recuerda que al salir de ciudad Guatemala a Huehuetenango (departamento fronterizo con México), les dieron 200 quetzales (unos 27 dólares) por “cualquier cosa”. En el camino, un retén policial detuvo el vehículo en que viajaba y dos agentes abordaron el bus para decirles a los pasajeros: “Ya sabemos para dónde van. Agilicemos esto. Cien quetzales por persona”. El bus, con capacidad para más de 60 personas, iba completamente lleno. Todas buscando Estados Unidos.

A los nicaragüenses se les indicó que debían decir que eran hondureños, porque como cada vez hay más nicas pasando, los uniformados se aprovechan para sacarles más dinero.

Al llegar a la terminal, les dijeron que corrieran para abordar tres microbuses que los estaban esperando a 200 metros de distancia. Viajaron toda la noche, atestados, incómodos, en una noche fría y con mucha neblina, lo que no impidió a los conductores manejar a alta velocidad, llegando a las ocho o nueve de la mañana a territorio mexicano.

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El viaje fue un continuo transitar entre ‘bodegas’ (casas de seguridad), adonde trasladaban las ‘cajas’ (los migrantes). El sistema está concebido para sacarles todo el dinero posible: en algunos casos, con inhibidores de señal, para que compren nuevas tarjetas SIM para sus celulares, o bien, dándoles poca agua y comida, para inducirlos a comprar el alimento que ellos (los polleros) les venden al doble de precio.

Una parte del viaje la hicieron en un camión, “de esos que reparten mercancías, y en vez de techo tenía una malla, así que vas viendo el cielo. La mayoría iba de pie, sin tener dónde agarrarse. Unos pocos iban sentados. Viajamos toda la noche, a ratos con la temperatura a dos grados centígrados. Debíamos ir en silencio total, pero era casi imposible, porque viajaban niños de brazos. Una madre le tapaba la boca a su bebé de ocho meses para que no llorara, mientras buscaba cómo atender a su otro niño de cuatro años”, relata.

Este es el camión sin techo en el que viajan con frío algunos de los migrantes irregulares que van rumbo a Estados Unidos. Aunque no hay de dónde agarrarse, los coyotes prohíben a los viajeros tratar de sostenerse de la malla del techo, para evitar que los detecten las autoridades. Foto: Cortesía

Uno de los momentos más dramáticos ocurrió en una bodega en la que estaban durmiendo en el piso helado, con mucho frío. Esa noche se llevaron a un grupo de hondureños. Cinco personas por auto, después que un informante les indicaba que el camino estaba despejado. Un rato después regresó uno de los vehículos, de donde bajaron a uno de los hondureños que se acababa de ir. El hombre tenía cortada la garganta, y los "coyotes" comenzaron a filmarlo mientras gritaban: “Diles que estás bien. Que tú te hiciste eso, y que no fuimos nosotros”.

“Eso da mucho miedo, porque te das cuenta que el peligro es latente. Confirmás cuán expuesto estás”, cuenta @anton18ni.

Si bien hubo más momentos de tensión extrema -como una noche en que, sin previo aviso, les indicaron que corrieran, y el único sitio para huir era una empinada montaña, o cuando lo subieron junto a 96 personas más a un furgón en el que tuvieron que permanecer por 27 horas, para ir de México a Monterrey, en la oscuridad, con temor de que les pasara lo mismo que a otros infortunados migrantes que mueren asfixiados en ese tipo de vehículos.

Finalmente, junto a decenas de migrantes de varias nacionalidades, el 7 de diciembre logró cruzar el río Bravo para entregarse a las autoridades estadounidenses de Migración, y aunque sus suplicios no terminaron ahí, al menos sabían que estaban a salvo de los carteles del narcotráfico y la Migración y la Policía mexicana.

Luego de pasar más hambre y más frío en varios de los cinco centros de detención en que lo mantuvieron por once días, @anton18ni fue liberado y pudo viajar hasta una ciudad de la costa Este de Estados Unidos, a encontrarse con la amiga nicaragüense que pagó los 4500 dólares que costó su viaje.

“Ella me recibió en su departamento, y ahora estoy buscando trabajo para pagar la deuda más los intereses. Me dicen que quizás pueda encontrar un empleo ganando diez dólares o menos por hora, y que con contactos quizás consiga un mejor salario, pero que eso depende de dónde busque empleo”, dice desde la tranquilidad y la tristeza del exilio. “En este momento estoy en un lugar nicaragüense y está sonando música nuestra. Duele oírla, pero qué orgullo se siente. Se me hincha el pecho de la emoción", asegura @anton18ni al teléfono.

El viaje por el triángulo norte y México para llegar a la frontera con Estados Unidos, está plagado de riesgos y sufrimientos. Un total de 170 personas, entre ellos el nicaragüense Jairo Bonilla, tuvieron que esperar cinco días en esta finca agreste de caminos lodosos, para que los llevaran -a todos juntos- en un camión desde Veracruz hasta Puebla. Foto: Cortesía

Tres veces estafado, tres veces capturado

Bonilla llegó a Costa Rica en octubre de 2018, y aunque al igual que muchos miles de compatriotas encontró una manera de obtener ingresos, llegó un momento en que comenzó a recibir amenazas en ese país, donde se comenzaron a reportar denuncias de hechos de violencia contra líderes opositores nicaragüenses, por lo que decidió partir rumbo a Estados Unidos.

Fue una travesía que le tomó más de dos meses, en los que fue estafado por tres "coyotes" diferentes, detenido por la Migración mexicana en otras tres ocasiones, por períodos de siete, quince y siete días más, siempre con la intención de devolverlo a la frontera con Guatemala.

“Hay un peligro distinto cada día, en especial por los carteles. Es una zozobra salir de un lugar, porque no sabés si vas a llegar al otro, pues te puede pasar algo en el camino. Dos muchachos y yo nos salvamos de un secuestro tirándonos del carro en que íbamos. Pasamos un día y una noche escondidos en una montaña. Dormís mal. Comés mal. Estás mal. Siempre con el temor de morir en el intento, después de tanta odisea”, lamenta.

Los coyotes mantuvieron por cinco días, a 75 personas en esta bodega llamada Allende, en la frontera entre México y Estados Unidos, pese a que la capacidad natural del sitio es de 20 personas. La foto muestra la manera en que había que dormir, donde había niños desde recién nacidos, hasta de seis u ocho años de edad. Todos comían una vez al día, esperando poder pasar en grupos de quince. Foto: Cortesía

Cuando finalmente llegó a la frontera con Texas, cruzó el río y buscó a las autoridades para entregarse y que lo llevaran a un centro de detención. Ese día había 960 personas entre cubanos, venezolanos, nicaragüenses, haitianos… todos con la esperanza de entrar a Estados Unidos.

“Estuve detenido seis días en dos centros diferentes. Salí bajo palabra, para continuar mi caso en libertad, informando quién se haría cargo de cubrir mis gastos en ese tiempo. Es un proceso muy largo y costoso, pero bastante fructífero, esperando que todo salga bien”, dice Bonilla.

Ahora, desde la ciudad de la costa Oeste en que se encuentra, Bonilla espera, al igual que @anton18ni, encontrar trabajo pronto para devolver a sus familiares el dinero que pagaron a un "coyote" para trasladarlo a ese país, mientras piensa que, ya que no pudo concluir su carrera en la Upoli, lo que corresponde es estudiar una carrera técnica pensando en ahorrar dinero para el día que pueda volver a una Nicaragua libre y feliz, en la que pueda vivir en paz.


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Iván Olivares

Iván Olivares

Periodista nicaragüense, exiliado en Costa Rica. Durante más de veinte años se ha desempeñado en CONFIDENCIAL como periodista de Economía. Antes trabajó en el semanario La Crónica, el diario La Prensa y El Nuevo Diario. Además, ha publicado en el Diario de Hoy, de El Salvador. Ha ganado en dos ocasiones el Premio a la Excelencia en Periodismo Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, en Nicaragua.

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