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Violencia política, sanación de duelos y práctica democrática

La ruta de sanación de los duelos provocados por la violencia colectiva pasa por la justicia que sana, y por construir conciencia de nuestra historia

Patricia Lindo Jerez

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En el marco del método psicoterapéutico de Bert Hellinger, conocido como constelaciones sistémicas y constelaciones familiares, las nicaragüenses Martha Cabrera, psicóloga, y Haydee Castillo, activista política, han promovido la implementación de unos procesos de encuentro psicosocial y organizacional —muy pertinentes para este momento de crisis sociopolítica en Nicaragua—. En estos se aborda la historia de violencias que constituye parte de la identidad nacional nicaragüense, y que también caracteriza a, prácticamente, todos los países latinoamericanos.

Los procesos facilitados por Martha Cabrera desde hace ya varios años con grupos de personas afectadas por violencias y abusos, cuyo sustrato es el machismo patriarcal, o bien por duelos y pérdidas familiares, o por la represión política del Gobierno actual, muestran cómo en las personas involucradas se dan saltos perceptibles hacia la sanación personal y colectiva, al integrar el método de la constelación sistémica o familiar con el diálogo personal interno, sobre la base de preguntas que guían hacia la introspección, el diálogo interpersonal y el reconocimiento del valor del otro.

La sanación no es vista únicamente desde lo emocional-individual. El método concibe al sujeto como una unidad integral en donde convergen situaciones de conflicto en el seno de la familia, en las relaciones dentro de las organizaciones y redes, y los impactos de la violencia histórica, social, económica y política en el ámbito de país.

La apuesta para lograr la sanación de las heridas emocionales individuales y sociales es sistémica. El trabajo desarrollado por Martha Cabrera no es lineal ni está diseñado o concebido como una escalera evolutiva; sin embargo, una premisa clave es que todo proceso psicoterapéutico tiene como punto de partida el reconocimiento de que cada ser humano ha enfrentado, en algún momento de su vida, heridas emocionales. El proceso sigue una ruta flexible, en el que se van entretejiendo ejercicios de constelación personal con constelaciones del país, para ayudar a las personas involucradas a expresar el dolor de la pérdida que conlleva el exilio.

Las personas que siguen estos procesos han comenzado a expresar el dolor colectivo por la pérdida del territorio llamado Nicaragua, y también a reconocer que, de una manera u otra, distintas generaciones han sido víctimas de las pugnas políticas entre bandos. Las personas de mi generación experimentamos la pérdida de hermanos, hermanas, primas, primos, asesinados por la guardia de Somoza, y, tanto familiares de miembros del Ejército de la contrarrevolución, como sandinistas perdieron la vida en manos del bando opuesto, y hoy todas, todos cargan el duelo de haber perdido a alguien en el enfrentamiento de los años 80.

Y nunca ha habido justicia plena y reparación para ambos bandos enfrentados. Nunca, al finalizar ningún periodo político, ha habido justicia para cada una de nuestras muertas y muertos.

Ni al ser derrocado el somocismo en 1979, ni al ser derrotado en las urnas el FSLN en 1990, se tomaron iniciativas de justicia y reparación, incluyendo la justicia por los crímenes de guerra del Ejército del Gobierno sandinista, ni las violaciones y abuso sexual perpetradas contra mujeres por los miembros del Ejército de la contrarrevolución. Los duelos están ahí, “congelados”.

Pero esto no comenzó con el Gobierno del primer Somoza en 1933 ni con el Gobierno de los años 80. En todas las épocas —desde la independencia en 1821—, hubo víctimas del violento actuar de los distintos bandos políticos. Todas, todos, somos víctimas de la violencia política y de las guerras entre las facciones políticas que se fueron sucediendo en el poder, guerras iniciadas y protagonizadas por las llamadas paralelas históricas, conservadores y liberales, y nutridas y protagonizadas por nuevos actores políticos.

Por ello la ruta de sanación de los duelos provocados por la violencia colectiva debe estar atravesada por la justicia que sana, y por construir conciencia de nuestra historia. Conciencia que se nutre del diálogo entre las distintas historias de las distintas Nicaraguas que conviven en ese territorio llamado Nicaragua, así como entre los distintos conglomerados políticos, incluyendo espacios cívicos de resistencia, espacios oficiales de oposición, partidos políticos, personas independientes.

Debe ser un diálogo entre muchas voces, colores políticos, pensamientos, ideologías, no solo entre las élites que determinaron el sistema político de Nicaragua y delinearon una historia política violenta que, desde la independencia de España jamás experimentó una democracia duradera. En más de 200 años los regímenes de gobierno se instalaron, o bien por asonadas y golpes de Estado, o bien por medio del fraude electoral. En estos más de 200 años la excepción fue la etapa democrática que comenzó con las elecciones y la presidencia de Violeta Barrios de Chamorro (1990), hasta la presidencia de Enrique Bolaños que finalizó en 2006.

No es solamente reconociendo mis duelos y los del otro que sanaremos los rencores y odios entre ciudadanos, grupos y partidos políticos, y eliminaremos la actitud de rechazo a los pensamientos e ideologías del “otro”. Es también la mirada crítica hacia la historia que nos construyó como intolerantes a partir de las marcas de la violencia política, de las guerras y de las dictaduras, de la ausente experiencia de vida democrática y de la impronta colonial con su legado de racismo, señores feudales, terratenientes y caudillos, la que nos debe servir de espejo de lo que ya no queremos y lo que aspiramos para el futuro, entre otras cosas vivir por vez primera una práctica democrática radical y profunda.

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Patricia Lindo Jerez

Patricia Lindo Jerez

Nicaragüense con estudios de psicología y antropología social. Investigadora feminista y consultora independiente.

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