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Viajando en el Arenas a San Andrés

El instante en que descubrí la extraordinaria belleza del Mar Caribe

Vista aérea de una de las playas en la Isla de San Andrés, Colombia. | Foto: Tomada de Internet

Miguel González

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“El pensamiento archipelágico se adapta al ritmo de nuestros mundos. / Tiene su ambigüedad, su fragilidad, su deriva. / Acepta la práctica del desvío, que no es lo mismo que huir o rendirse”. Édouard Glissant, Treatise on the Whole-World (2020).

Aunque crecí en una ciudad costera, jamás imaginé la existencia de peces voladores. Y, sin embargo, allí estaban: golpeteando las olas con la fragilidad de mariposas y sus pequeñas aletas dorsales clavándose con la agudeza de cuchillos lanzados al mar. Estos peces emergían de las olas y se sumergían luego de larguísimos segundos desafiando el viento y la gravedad. Ese amanecer, observado desde la proa del Arenas, permanece en mi memoria como el instante en que descubrí la extraordinaria belleza del Mar Caribe.

El Arenas no era una embarcación cualquiera. Navegaba a toda máquina desde el Puerto del Bluff, en el Caribe sur de Nicaragua, rumbo a la isla de San Andrés, en el Caribe insular suroccidental. Su trazado sobre el mar dejaba una estela espumosa que apenas empezaba a distinguirse al amanecer. Era un barco mediano, de carga y pasajeros, y en aquella travesía llevaba una misión crucial.

Al mando estaba mi tío Antenor, un capitán experimentado, de voz firme y carácter carismático, conocido por su buen humor y destreza en la navegación. Como segunda oficial, mi abuela Inés que imponía respeto con su carácter severo, aunque temía el mar por haber nacido tierra adentro, en Chontales. Ella comandaba sobre el capitán, su yerno, quien a su vez dirigía la tripulación del Arenas. Nada parecía presagiar complicaciones acompañado como estaba, de un legendario capitán, la autoridad de una abuela de abrazos cariñosos, y peces voladores salidos de un relato de ficción.

Era 1978, tiempos de insurrección armada en el Pacífico nicaragüense. La comunicación entre Bluefields y Managua era precaria y peligrosa. El régimen de la familia Somoza aparentaba solidez, proclamando el control sobre la guerrilla sandinista y la vigencia del orden. Sin embargo, la interrupción del transporte entre el Caribe y el centro del país aislaba las regiones costeras del comercio interno. Era la “guerra del Pacífico,” de la cual nos enterábamos ocasionalmente por la radio y televisión de Costa Rica.

En Bluefields escaseaban productos básicos: alimentos perecederos, lácteos y enlatados, antes abundantes en los escaparates del comercio local, dominado por la comunidad china. En contraste, el mercado ofrecía excedentes de cocos, quequisque, carne y, sobre todo, plátanos. A ciento veinticuatro millas náuticas hacia al este, la isla de San Andrés era entonces un mercado ávido de estos productos.

El viaje tenía sentido, afirmaba el tío Antenor: llevar el excedente y traer lo que escaseaba en Bluefields. Su amigo Jugeen Hooker coincidía. Mi abuela se apuntaba. El tráfico comercial en el Caribe insular y centroamericano era una práctica común, sostenida por lazos familiares, eventos deportivos y actividades pesqueras en una región marítima compartida. Así comenzó a escribirse la bitácora del Arenas.

Pero los tiempos cambiaban. Los Gobiernos de Nicaragua y Colombia reforzaban el control marítimo ante el riesgo de tráfico de armas y acciones insurgentes. Las autoridades portuarias nicaragüenses advirtieron que el Arenas no podía zarpar sobrecargado: debía reducir pasajeros o dejar parte de la carga. Tras horas de tensión, el jefe de puertos nos despidió con una sonrisa. Años después supe que no fueron botellas de whiskey las que ablandaron su corazón, como en ocasiones anteriores, sino una promesa del tío Antenor, aconsejado por Jugeen, lo que resolvió el impasse.

El sol de San Andrés deslumbraba aquella mañana. La multitud en el muelle confirmó el éxito comercial: todos querían la valiosa carga del Arenas. Racimos de plátanos, yuca, carne salada de wari y cocos salían con rapidez de la bodega. Los oficiales colombianos facilitaron las transacciones en el muelle, entre la novedad de la llegada y el frenesí de los pasajeros reencontrándose con familiares.

Mi abuela contaba billetes colombianos con destreza, ocultándolos en su brassier, su delantal y un bolso improvisado. Cuando el muelle quedó casi vacío, aún quedaban diez sacos de plátanos. Los vendimos en La Loma bajo un sol inclemente, antes de disfrutar un almuerzo frente al mar. La segunda parte del negocio —comprar enlatados y otros productos— se haría sin prisa en los días siguientes. Todo marchaba bien.

San Andrés se grabó en mi memoria con sus playas blanquecinas, su mar azul profundo bordado de barreras de corales y peces multicolores visibles desde el muelle. El idioma creole, me era familiar. La avenida de Las Américas, donde nos alojamos, era el corazón comercial del puerto libre, rodeado de bares y restaurantes. Mi abuela a veces cubría mis ojos frente a locales que consideraba “no aptos para niños”, pero no eran muy diferentes a los bares del barrio central de Bluefields, donde yo había crecido.

Tres días bastaron para que mi abuela decidiera el regreso. El capitán y Jugeen se daban escapadas diarias, y el orden debía restablecerse. No recuerdo con claridad la travesía de vuelta, pero sí el desembarque en el Bluff y la caminata hacia el bar Tropical, situado en una elevación del puerto, acariciado por la brisa marina

Poco tiempo después llegó al bar el tío Antenor, irreconocible: sudoroso, tembloroso, sin su habitual humor. Sudaba profusamente y el tremor en ambas manos era incontrolable. “la Guardia encontró la marihuana” – dijo con voz cortada, a punto de colapsar por los nervios llevados su límite. “¿Qué marihuana?” – pregunto mi abuela desconcertada. “La de Jugeen, son varios sacos”, respondió.  “¿Y vos sabías?”, le increpó mi abuela.  Y antes que el tío pudiera articular respuesta, mi abuela le ofreció la cerveza Victoria que le acaban de servir: “tenés que calmar esos nervios Antenor, pues van a sospechar de vos, que sos el capitán”, le dijo con firmeza.

El tío le dio un trago largo a la cerveza, como quien ha naufragado y encuentra, a la deriva, una botella de agua fresca. “Es una marihuana de los dos, un negocio con Jugeen y el jefe de puertos sabía, le prometimos un pago”, alcanzó a decir el tío mirando hacia el puerto. “Mirá que desgraciados”— lo interrumpió mi abuela. Ignorando el regaño, el tío continuó: “El problema es que cambiaron al jefe de la Guardia Nacional y el que está ahora nos quiere dar problemas”. “Te vas a tener que arreglar con el nuevo jefe de puertos, bajá al barco y resolvelo con Jugeen” – sentenció mi abuela.

Los sacos de marihuana fueron decomisados. Jugeen pasó algunas semanas en prisión. El tío fue multado, su licencia suspendida por un año y el Arenas confiscado. Parte del dinero del viaje a San Andrés quedó en manos del nuevo jefe de puertos, quien tampoco duró mucho tiempo en el cargo, tras la caída de Somoza en 1979. Mi abuela conservó apenas lo que logró ocultar en su brassier. Pero aquella tarde perdió toda confianza en su yerno y decidió no acompañarlo nunca más en sus travesías. “A mí no me volvés a meter en tus vagancias”, le advirtió mientras partíamos hacia Bluefields. Al caer la tarde, distinguí el cerro Aberdeen en el horizonte y la ciudad se mostraba tranquila frente al Caribe.

Cuarenta años después de aquella travesía, volví a San Andrés, esta vez por aire. Mientras recorría La Loma, el muelle y la Avenida de las Américas, encontré un paisaje transformado. Sin embargo, en mi memoria, el barco Arenas seguía a la deriva, los peces voladores se sumergían, las manos de mi abuela acariciaban mi rostro y el semblante sudoroso del tío Antenor seguía igual, tan vívido como entonces.

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Miguel González

Miguel González

Miguel González (PhD, Universidad de York) es profesor asistente en el programa de Estudios de Desarrollo Internacional en la Universidad de York. Su investigación examina el autogobierno indígena y los regímenes autónomos territoriales en América Latina.

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