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Venezuela y la ineptitud política latinoamericana

Trump habló alto y claro: Venezuela pasa a ser un protectorado de Estados Unidos hasta que se den las condiciones para una transición segura

Una mujer camina frente a un mural con la imagen de Nicolás Maduro.

Una mujer camina frente a un mural con la imagen de Nicolás Maduro en Caracas (Venezuela). EFE / Confidencial

Natalia Cuadra Dumke

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La operación quirúrgica en Venezuela diseñada y llevada a cabo por la administración de Donald Trump para extraer del país al dictador Nicolás Maduro es una mancha negra que los países democráticos de América Latina van a arrastrar por décadas, entre los latinoamericanos que rechazamos la vuelta al pasado de las intervenciones militares estadounidenses en la región bajos pretextos “democráticos” que no eran más que patrañas para obtener el control y monopolio de nuestros recursos.

Por tratarse de potencias económicas y con mayor influencia en la región, era responsabilidad de Colombia, Brasil y México trazar, junto a la oposición venezolana, un plan definitivo que llevara a cabo una transición pacifica y democrática en Venezuela dando así por terminada, de una vez por todas, la crisis sociopolítica y económica que ha obligado a lo largo de un cuarto de siglo, a ocho millones de venezolanos a abandonar el país. En Chile, con el presidente Boric al mando, estos tres países contaban con un aliado muy importante. Lo que hubiera sido una gran oportunidad para la región en demostrarle al mundo, unidad, madurez política y capacidad de resolver sus propios conflictos sin recurrir a la eterna ayuda del “tío Sam”,
“Operación Resolución Absoluta”—ha dejado en evidencia que en pleno siglo XXI, América Latina sigue siendo, trágicamente, un grupito de adolescentes en constantes trifulcas barrieras que no logra ponerse de acuerdo, y lo que es peor, aún se caga en sus calzones.

México, bajo las presidencias de Andrés Manuel López Obrador y su sucesora Claudia Sheinbaum, lidera este gran pecado capital que ha cometido en contra del pueblo venezolano y la estabilidad de la región. Promulgando sin cesar, como guacamaya, la “Doctrina Estrada” de no intervención, este par de sujetos pasarán a la historia como el símbolo más visible de la ineptitud política Latinoamericana, por no decir apologistas de la dictadura chavista, pues difícilmente olvidaremos los silencios ensordecedores y los vergonzosos “sin comentarios” comentarios de la señora Sheinbaum cada vez que se le preguntaba por la crisis venezolana cuando ésta había llegado a niveles insostenibles como ocurrió con el descarado fraude electoral cometido por el dictador Nicolás Maduro y sus secuaces en 2024, del que el mundo entero fue testigo.

Aún cuando comenzaron los ataques a las supuestas narco-lanchas en el Caribe en el verano de 2025 y sabían que una intervención militar estadounidense en Venezuela era inminente, América Latina se cruzó de brazos limitándose a sacar comunicados inútiles que ni para limpiarse sus cagados les sirvieron. Y ahora ¿qué nos han dejado estos líderes incapaces? En primer lugar, quizás el apelativo “incapaz” no sea el adecuado. Mi abuelo Ramiro Cuadra, hijo de Ramiro Tipitapa Cuadra, fundador del partido “Los comesalteados”, solía llamar “cerebro de hormiga” a individuos que según él era incapaces de ver “más allá de las cosas”.  Raro esto, viniendo de un hombre a quien la Guardia Nacional somocista le destrozó el cerebro por anunciar a diestra y siniestra que “la Revolución ya estaba a la vuelta de la esquina”— un anuncio que le costaría eventualmente su empleo en el Gobierno como ingeniero agrónomo obligándolo, sin “querer queriendo”, a ser uno de los ejemplares más conocidos del movimiento de su padre.

“Abuelo, tengo hambre”, recuerdo haberle dicho en varias ocasiones. “Vamos a cortar jocotes”, me decía. “Abuelo, tengo sed”, le decía. “Vamos a Los Termales a tomar agua”, sugería. La Revolución ya había llegado y también concluido.

Gracias a los “cerebros de hormigas”, los que desatan en nosotros nuestras mayores pasiones en las urnas electorales cada cuatro-seis años—tenemos a un Trump declarando desde su búnker en Mar-a-Lago, su ley marcial en Venezuela: la “Doctrina Monroe” de 1823. Viniendo de un mentiroso compulsivo (ElWashington Post llegó a atribuirle 30 573 mentiras en un periodo de cuatro años), ha resultado extraño escuchar a un Donald Trump hablando con la verdad. Así es. Esta vez Trump no miente y eso hay que reconocérselo. En su conferencia de prensa pos operación quirúrgica, Trump habló alto y claro: Venezuela pasa a ser un protectorado de Estados Unidos hasta que se den las condiciones para una transición segura, María Corina Machado (quien pidió sanciones e intervención militar al propio Trump) “no cuenta con el respeto y apoyo necesario” para liderar la transición, Delcy Rodríguez, la vicepresidente, Ministra de Hacienda y Petróleo, y  por ende, parte del entramado dictatorial chavista, queda a cargo de la presidencia hasta que el mandatario republicano decida lo contrario. Y el grueso de su discurso: las petroleras estadounidenses tomarán el control de las reservas de crudo del país sudamericano.

Mientras todo esto ocurre, los cerebros de hormiga siguen sacando sus comunicados rechazando “tajantemente” las violaciones al derecho internacional, expresando sus “profundas preocupaciones” y llamando a “reuniones de urgencia”. Yo me pregunto: ¿qué discutirán? Y a María Corina Machado y a los que pidieron intervención militar en Venezuela les digo: ¡que viva la libertad! Pero, sobre todo, ¡la democracia!

Desde el cementerio en Tipitapa, los huesos de mi abuelo deben de estar haciendo alborotos en su tumba queriendo salirse para gritarle a la oposición nicaragüense: “cerebros de hormiga, ¡tomen nota!”

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Natalia Cuadra Dumke

Natalia Cuadra Dumke

Ha enseñado Español en los departamentos de Lenguas Modernas y Literaturas en varias universidades de Canadá. Colaboradora con la revista alemana Hispanorama.

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