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¿Temor o esperanza en la COP27?

Para acelerar la transición a una economía de cero emisiones netas se necesitarán incentivos, nuevas normas y leyes

Foto reproducida de Project Syndicate

Andrew Steer

17 de noviembre 2022

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Si se les pide a dos expertos climáticos en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP27) que describan lo que sienten sobre el futuro, es posible que sus respuestas sean radicalmente diferentes. “Estamos siendo testigos de avances más allá de lo esperable”, dirá uno, mientras que el otro se lamentará que estamos dirigiéndonos de cabeza y en fila al precipicio. ¿Puede que ambos estén en lo correcto?

De hecho, ambos cuentan con amplia evidencia para sus afirmaciones, y solo si equilibramos las dos perspectivas podremos dar con la sensación de urgencia que exige la crisis climática.


Para inspirar esperanza, el primer experto podría señalar que el coste de la energía solar ha bajado en un 99% desde que el Presidente Jimmy Carter pusiera paneles en el techo de la Casa Blanca en 1979, y que 2022 ya parece ser un año de máximos en cuanto a energías renovables. Las ventas de coches eléctricos crecen tan rápido que el motor de combustión interna ya está en un declive permanente. En Indonesia, la tasa de pérdida de bosques ha bajado por cinco años seguidos, gracias a relaciones de colaboración innovadoras entre el gobierno, las empresas, la sociedad civil y los expertos en tecnología.

Más aún, cerca de 100 países -representando más del 75% de las emisiones globales- se han comprometido a alcanzar cero emisiones netas para mediados de siglo. Y Estados Unidos acaba de hacer una enorme apuesta por su futuro verde con la Ley de Reducción de la Inflación, que podría movilizar unos $800 mil millones o más en inversiones relacionadas con el clima.

Sin embargo, para que no pensemos que hemos resuelto el asunto, nuestro experto sombrío podría señalar que con apenas un 1,1º Celsius de calentamiento, el cambio climático ya está generando costes sin precedentes. Las desastrosas inundaciones en Pakistán este verano dejaron un tercio del país bajo el agua, mientras el sudeste de América del Norte sufre su peor sequía en 1200 años. En China, las sequías han afectado la producción de energía hidroeléctrica y obligado al cierre de fábricas. La Gran Barrera de Coral ha sufrido seis blanqueamientos masivos desde 1998, y en el este de la Antártida, donde las temperaturas fueron un impresionante diferencial de 38,5º por sobre lo normal, colapsó una masiva plataforma de hielo, el primer acontecimiento de este tipo en al menos medio siglo.

Para empeorar las cosas, la guerra de Rusia en Ucrania ha generado una carrera por los combustibles fósiles, y corporaciones, bancos y gobiernos están teniendo más dificultades que lo esperado para cumplir sus promesas climáticas. Vamos en camino a aumentos de temperatura muy por encima del umbral de 2º C establecido en el acuerdo climático de París. Sería difícil de reconocer hoy un planeta así de caliente.

Un importante estudio reciente del Systems Change Lab – iniciativa organizada por el World Resources Institute, el Bezos Earth Fund y sus colaboradores – arroja luz sobre ambas realidades y apunta hacia una nueva manera de entender el cambio. En el lado del pesimismo, ninguna de las 40 transformaciones sectoriales necesarias para dar respuesta a la crisis climática en esta década está en camino todavía.

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Por ejemplo, el, abandono progresivo del carbón tiene que acelerarse por seis, el equivalente a retirar 925 plantas carboníferas de tamaño promedio al año. De modo similar, los índices anuales de deforestación deberían caer 2,5 veces más rápido, y es necesario acelerar el reciente aumento del rendimiento de las cosechas en cerca de siete veces para alimentar a una población creciente sin invadir las áreas boscosas. Transformaciones todas que dependen de las finanzas climáticas globales, que tendrían que octuplicar sus niveles actuales.

Pero el informe también explica que el cambio rara vez es linear y que es posible un progreso exponencial -una súbita aceleración en forma de “palo de hockey”- cuando hay un liderazgo firme y las políticas de apoyo adecuadas. En el transcurso de apenas dos años, de 2019 a 2021, la generación de energía solar aumentó en un 47% globalmente, y la energía eólica creció un 31%, superando notablemente las predicciones de los analistas. Y entre 2013 y 2021, la proporción global de ventas de autobuses libres de carbono crecieron desde un 2% a un 44%, un aumento de 20 veces en menos de una década.

Además, sabemos que algunos sistemas pueden empujarse hacia puntos de inflexión positivos -como la paridad de precios entre las fuentes de combustibles fósiles actuales y las energías renovables- después de los cuales ya no es posible detener el cambio. Debemos esforzarnos al máximo para alcanzar estos puntos de inflexión lo antes posible. Si se piensa en lo poco que queda del presupuesto de carbono de la humanidad, ya no nos podemos dar el lujo de impulsar solo las opciones de menores costes. Necesitamos un cambio sistémico en todos los ámbitos de la actividad humana, desde cómo cultivamos nuestros alimentos y energizamos nuestros hogares a cómo construimos nuestras ciudades y transportamos nuestros bienes y a nosotros mismos.

Para acelerar la transición a una economía de cero emisiones netas se necesitarán incentivos, nuevas normas y leyes, cambios de conducta, innovación y un fuerte liderazgo. Estamos a punto de entrar al cuarto año de la década decisiva para evitar un cambio climático catastrófico. Debemos mover montañas, sea cual sea el coste.

Los líderes mundiales que se reúnan en la COP27 este mes no deberían retorcerse las manos en desesperanza ni declarar alegremente que la victoria está a la vuelta de la esquina. En lugar de ello, deberían ponderar con atención lo que se tiene que transformar y lo que se ha de hacer para cruzar los puntos de inflexión esenciales. Este es el momento en que hemos de crear las condiciones para que más cambios positivos se vuelvan irresistibles e irrefrenables. Así valdrían la pena todos esos vuelos con emisiones de carbono hacia Sharm el Sheij.


*Andrew Steer es presidente y director ejecutivo del Bezos Earth Fund. Kelly Levin es jefa de Ciencias, Datos y Cambio de Sistemas del Bezos Earth Fund.

**Texto original publicado en Project Syndicate

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