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Sobre el derribo de estatuas

Los monumentos y las estatuas motivan pasiones políticas que, generalmente, tienden a sustituir la historia con la memoria.

Una estatua del exrey belga Leopoldo II rociado con pintura se ve en el parque del Museo de África, en Tervuren, cerca de Bruselas, Bélgica, el 10 de junio de 2020. // Foto: EFE

Rafael Rojas

19 de junio 2020

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Los protocolos que, en los últimos años, ha desarrollado la Alcaldía de Nueva York para lidiar con las demandas o acciones de retiros de estatuas en el espacio público, son un buen punto de partida para pensar un tema tan tortuoso. De esa experiencia se desprende que, como los pacientes en la salud pública, cada estatua es un caso. Después de muchos jaloneos, la ciudad resolvió retirar, de una acera del Central Park, la estatua James Marion Sims, un ginecólogo del siglo XIX que hizo experimentos con esclavas negras, pero decidió preservar las de Cristóbal Colón, Ulysses S. Grant y Teddy Roosevelt.

Preservarlas, dijo hace un par de años el alcalde Bill di Blasio, no quería decir dejarlas tal cual. En sus alrededores las comunidades agraviadas podían instalar placas en las que se refiriera la trayectoria colonialista, racista o imperialista de cualquiera de esos personajes. En su posicionamiento final, la alcaldía contó con el asesoramiento de historiadores y antropólogos, en su gran mayoría de izquierda, que deploraban el antisemitismo de Grant y el expansionismo de Roosevelt.


Los monumentos y las estatuas motivan pasiones políticas que, generalmente, tienden a sustituir la historia con la memoria. Nada más sintomático de ese proceso afectivo que el hecho de que muchos de los que hoy llaman a derribar a Colón sean los mismos que, hace treinta años, rabiaban por la destrucción de estatuas de Lenin en el antiguo bloque soviético. De igual manera, los ahora fanáticos de la estatuaria confederada sureña darían brincos si se desmantelaran todos los monumentos al Che Guevara en el planeta.

Hay estatuas y estatuas, como apuntaba recientemente Ramón González Férris en El Confidencial. Algunas como las de Edward Colson o Leopoldo II de Bélgica son, ciertamente, impresentables. Pero incluso en esos casos habría que escuchar, ante todo, a los habitantes de Bristol y de Bruselas, que deberían tener la última palabra sobre el patrimonio arquitectónico de sus respectivas ciudades.

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Dicho esto vale la pena llamar la atención sobre lo autoritaria y costosa que puede ser la criminalización de quienes vandalizan o destruyen estatuas de figuras claramente asociadas a actos de genocidio. Hay agravios y enojos largamente acumulados que no pueden expresarse de otra forma. Quienes hoy se escandalizan con que unos jóvenes arrojen a Colson al mar podrían recordar que no hace mucho tumbaron a Stalin en Gori y a Lenin en Járkov.

La memoria y la historia son dos formas de relación con el pasado que difieren en muchos aspectos. Es lógico que choquen en la política de los símbolos en momentos de estallido social. Lo que resulta peligroso, además de ilusorio, es que la memoria reemplace a la historia en todas las representaciones del pasado. Esta aspiración, propia de poderes que recurren a una visión icónica y propagandística del pasado, puede arraigar en las revueltas urbanas y convertir la historia en un baile de máscaras.

Este artículo se publicó originalmente en La Razón, de México.

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Rafael Rojas

Rafael Rojas

Historiador y ensayista cubano, residente en México. Es licenciado en Filosofía y doctor en Historia. Profesor e investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) de la Ciudad de México y profesor visitante en las universidades de Princeton, Yale, Columbia y Austin. Es autor de más de veinte libros sobre América Latina, México y Cuba.

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