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CONFIDENCIAL, mi escuela (mi casa)

Sin CONFIDENCIAL –que fue mi escuela y mi casa– no sé si hoy sería periodista para toda la vida, sino un comunicador o un publicista

El reportaje "¡Disparaban con precisión : a matar!"

El reportaje "¡Disparaban con precisión : a matar!", del periodista Wilfredo Miranda, publicado en el sitio web de confidencial.digital. // Mockup: CONFIDENCIAL

Wilfredo Miranda Aburto

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Allá por 2009, cuando entré a estudiar Comunicación Social en la confiscada Universidad Centroamericana (UCA), estaba clarísimo que quería ser periodista. De algún modo, el pensum de la carrera no me entusiasmaba por completo, porque intentaba formarnos como “comunicadores sociales integrales”. Y yo sólo quería ser periodista… comunicar pero desde ese periodismo, que por razones familiares (por mi abuelo, para ser exacto), conocía y ambicionaba.

De modo que entre los pocos compañeros que compartíamos esa ambición solíamos comentar los medios de referencia de Nicaragua, y en cuál de ellos queríamos trabajar. Entre La Prensa y El Nuevo Diario, sin embargo, había un medio de nicho que ubicábamos por encima, por las investigaciones que publicaban, que marcaban la pauta informativa nacional. Y porque lo hacían periodistas referentes, empezando por Carlos Fernando Chamorro.

Al año siguiente, en 2010, gracias al profesor Joaquín Torres, se presentó la oportunidad de hacer una pasantía en el entonces Observatorio de Medios, adscrito al Centro de Investigación de la Comunicación (CINCO). No sabía que en las mismas oficinas del Observatorio funcionaba la redacción de CONFIDENCIAL y de los programas de tevé Esta Noche y Esta Semana. A la oficina del Observatorio le decíamos “la pecera” por sus paredes de vidrios. Y se ubicaba exactamente al frente de la oficina de Carlos Fernando a quien, en —aquel momento—, miraba intrigado porque siempre entraba y salía raudo de esa oficina, como quien vive siempre en alguna urgencia, con el deadline o una primicia encima. Esa oficina para mí —en aquel momento— tenía un aura mística y misteriosa.

Llegaba todos los jueves y viernes a las reuniones del Observatorio, pero mi atención siempre estaba al otro lado del pasillo, a los portazos que los periodistas daban cuando entraban y salían de las dos redacciones, la de CONFIDENCIAL y la de los programas de tele. Después de algunos meses abrieron unas pasantías en CONFIDENCIAL. No dudé en postularme. Creo que me aceptaron por ser ya una cara habitual en el edificio. Mi primer cargo fue gestionar las redes sociales. Luego me asignaron la plataforma de Reporte Ciudadano y con el tiempo, dado que mi entusiasmo me hacía un tanto metido, terminaron contratándome como periodista junior.

A partir de ese momento, mi vida profesional y personal cambió. En ese edificio (hoy confiscado por la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo) encontré la verdadera escuela de periodismo que quería, pero también mi casa. En pocas palabras, comencé a pasar más tiempo en esa redacción que en mi casa y en la misma universidad que, para ser honesto, pasó a un segundo plano.

A diferencia del resto de periodistas de CONFIDENCIAL, que habían trabajado previamente en La Prensa, El Nuevo Diario y otros medios, yo empezaba mi carrera periodística en esa pequeña, pero potente redacción. De todos y cada uno de ellos comencé a aprender la carpintería de un oficio eminentemente intelectual; los principios, la ética insobornable que debemos tener los periodistas… el manejo de las fuentes y, sobre todo, a plantear ángulos periodísticos claros y a escribir bien, dejando atrás la florería innecesaria en los textos. Algo que Carlos Fernando, a pesar de sus prisas perennes, siempre insistía cuando revisaba —como profesor obstinado que te retroalimentaba— cada texto antes de publicar: la desadjetivación y matar el “tremendismo” para que los hechos se manifestaran con su fuerza unánime.

En CONFIDENCIAL trabajé casi diez años. La década más formadora de mi vida profesional. La mayoría de los periodistas y editores que fueron mis colegas de los que les aprendí lo mejor de cada uno, hoy siguen siendo mis amigos en el exilio. Es una lista larga que, por cuestiones de extensión dictadas por Carlos Fernando para esta columna, no puedo enumerar. Pero ustedes saben quiénes son y, también saben que “el pelón” es muy estricto en algunas cosas, aunque en el fondo no lo sea, porque nos aguantó de todo con esa benevolencia que disfraza su voz fuerte y acertada… Es más bien un enorme periodista y ser humano que ha sido mentor insoslayable para todos nosotros. Un director que nos enviaba el último correo electrónico después de media noche, y antes de las cinco de la madrugada ya teníamos el primero. Así es la intensidad del periodismo en CONFIDENCIAL.

Siempre he admirado el compromiso de Carlos Fernando Chamorro con el periodismo, impreso claramente en los 30 años de CONFIDENCIAL. Un periodista que tecleaba en aquella oficina misteriosa, que se me volvió habitual, bajo una foto ampliada de su padre caminando sobre las ruinas de la Managua posterremoto, como una especie de recordatorio de corte sisifístico de la República que, como sociedad y desde el periodismo, nos toca reconstruir para que vuelva a ser.

CONFIDENCIAL siempre fue una casa abierta al mundo, sobre todo por Carlos Fernando, quien siempre entrevistaba o llevaba a la redacción a personajes de relevancia nacional e internacional, y nos los presentaba. O convivíamos con personajes de leyendas, como Sofía Montenegro, a quien por primera vez traté una tarde que llegó (siempre con el cigarro colgando de sus labios) a la redacción a preguntar “¿quién diablos está a cargo de este caramanchel?”, después que no le respondieron con prontitud un correo electrónico en el que solicitaba una corrección a su columna semanal de El País de las Maravillas. Y solo estaba yo. Me quedé pasmado. Pero con atrevimiento le dije: “Yo”.

CONFIDENCIAL fue para mi —y es— una redacción que, pese a las limitaciones, siempre estuvo abierta al cambio. Recuerdo aquella vez, con la idea de la integración multimedia instalada, cuando Carlos Fernando ordenó demoler la pared que separaba la redacción escrita de la de televisión. En esa redacción aprendí que la reinvención, sin perder el rigor y la credibilidad, es lo que nos mantiene relevantes en este oficio. Un cambio sostenido en el que aprendí a escribir textos, pero también guiones y la parafernalia que implica hacer televisión.

Llegó 2018, el parteaguas de todo un país. En ese año escribí la investigación que —perdonen la frase cliché— cambió mi vida por completo: “Disparaban con precisión… a matar”. Ahora que veo el recuento de las portadas históricas de todos estos 30 años de CONFIDENCIAL, y encuentro la de esa edición, y otras historias que firmé durante una década, más que sentir orgullo, lo que siento es gratitud… porque sin CONFIDENCIAL —que fue mi escuela y mi casa— no sé si hoy sería periodista para toda la vida, sino un comunicador o un publicista, que era lo que más dominaba en el pensum de la UCA.


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Wilfredo Miranda Aburto

Wilfredo Miranda Aburto

Periodista nicaragüense exiliado en Costa Rica. Cofundador de Divergentes y colaborador de El País. Premio Iberoamericano Rey de España 2018.

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