Museo de Memoria itinerante sobre Nicaragua
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No hay disidencia política sin protagonismo interno; ni resistencia popular sin creatividad; ni apoyo y movilización internacional sin socio local
Imagen de la “copresidenta” nicaragüense, Rosario Murillo, junto al jefe del Ejército, general Julio César Avilés, durante un acto oficial en Managua, el 26 de septiembre de 2025. | Foto: CCC
Al encontrarnos en las puertas de un nuevo año, es importante dimensionar y profundizar sobre la realidad de Nicaragua; comparar y contrastar lo que es real, lo que es deseable, o simplemente lo que refleja un estado de negación, tal vez justificado o no, de no saber qué hacer.
Con el pasar del tiempo, los cambios en la radicalización y concentración extrema del poder, y la complejidad de su administración demandan un mejor entendimiento y uso de herramientas de presión diferentes. Confrontar la realidad es una parte importante del proceso político de medir fuerzas; mientras que estar en un estado de negación previene retardar decisiones sobre cómo cambiar el rumbo político del país.
Esta reflexión no es accidental porque los comentarios sobre las prohibiciones de biblias, o sobre las negativas a reentrar al país, o las noticias de la esperanza ciega puesta en una invasión a Venezuela que indirectamente pueda golpear a la dictadura de Nicaragua, entre otras cosas, reflejan una especie de desorientación, o pérdida de dirección del público cívico (los “opositores”, los medios independientes, los analistas, los más educados e informados), que resta claridad al camino que hay que tomar frente a romper con la continuidad de Rosario Murillo en el poder.
Hay muchas suposiciones que no calzan con la realidad y ameritan desmitificarse porque, más bien, contribuyen a la negación y distraen la lucha política.
Daniel Ortega, un muerto vivo. Mucha gente sigue hablando de Daniel Ortega como el déspota responsable de las decisiones o acciones de los últimos años en Nicaragua. La realidad muestra que la estructura de poder fue reconfigurada por Rosario Murillo desde la excarcelación de los presos políticos en 2023 y a partir de ahí, las purgas y los relevos, dieron lugar a una camada de piezas claves seleccionadas por ella que han venido llenando asientos en la administración del poder. Parte del trabajo político requiere desmontar esa fachada de un Daniel Ortega activo, y reconfigurar tanto el lenguaje, como el conocimiento popular que caracteriza y describe el poder despótico de Rosario Murillo, de cómo hace y cómo gobierna; señalando el fin de Daniel y el comienzo de Rosario.
Rosario Murillo se aprovecha de la creencia de un Daniel en vida y se escuda detrás de la imagen de alguien que, para casi todo efecto, dejó de ser física y mentalmente útil. A lo mínimo se está cayendo en la noción de que la mano dura es solamente masculina.
La cómplice normalidad. Otro caso fuera de lo real es la crítica o la moralización a la “normalidad” en Nicaragua. Muchos interpretan la vida cotidiana en una dictadura como si fuera parte de una dicotomía, como si el mundo se ubicara en dos extremos, el represivo y el normal. En este último se moraliza a la gente que se adapta a vivir en dictadura y la acepta como su normalidad y considera que la verdadera Nicaragua es una en la que todos son víctimas y hay que vivir en una denuncia permanente a sus violaciones.
Sin embargo, detrás de esto hay factores subyacentes que definen la normalidad de una vida bajo la mano de fuego de Rosario Murillo. Distinguir las formas en que se manifiesta y se encubre el acto de reprimir, censurar, intimidar, detrás de decisiones o acciones en el entorno social es un trabajo dinámico y al mismo tiempo de resistencia política.
La incertidumbre de la represión. El shock de la acción transgresora de la represión ha creado una idea de incertidumbre en su durabilidad, dejando a la gente en la expectativa de si esta vez es la última vez. Las purgas se interpretaban como eventos aislados, no recurrentes o inesperados en que la gente exclamaba “¡hasta cuándo van a parar!”. Esta expresión ha sido un indicador de éxito para Rosario Murillo de su control hegemónico.
Sin embargo, las purgas, la vigilancia, las detenciones son acciones parte de un plan de administración del poder político de parte de ella y no son repentinas calibraciones. Ahora que las purgas han disminuido temporalmente (volverán a mediados de enero de 2026), se asume que ya cambió todo y que Ortega ejerce otras manifestaciones de represión social, como las negativas a retornar al país, o las prohibiciones de las biblias, o la vigilancia policial.
De nuevo, hay un marco subyacente que describe la razón de actuar de Rosario Murillo, en el que los episodios reflejan situaciones más complejas y no la foto enter a—por ejemplo, las negaciones al retorno no tienen un patrón, hay mucha arbitrariedad que refleja más bien una discreción local a cambio de un reconocimiento de la jerarquía, especialmente cuando se da en el blanco. El temor a la negativa de regreso ha generado un acto político contraproducente, porque muchos, si no la mayoría, de los que pueden viajar y viajan, interpretan personalmente el salir del país como un acto de resistencia.
La responsabilidad internacional. Otra situación es la interpretación que hacen los medios y opositores sobre la acción de la comunidad internacional y Estados Unidos. Estos muestran una visión dicotómica entre el “olvido” y la “intervención”, y se da, en vez de desempacar políticamente, cómo desde la resistencia se puede trabajar con el entorno externo. Parece que existe una especie de miopía voluntaria, que obvia lo más evidente: la política internacional siempre es reactiva, no proactiva. Sin embargo, la expectativa de muchos es que sean los gringos los que resuelvan el problema de Nicaragua porque “ellos son los únicos que tienen el poder para hacerlo”. Esto en sí clasifica como falacia y negación al mismo tiempo ya que la movilización internacional es efectiva cuando ésta tiene una contraparte nacional democrática, legítima y activa.
La implosión. También está el tema de la disidencia interna que piensa o asume que la disidencia dentro del círculo de poder llegará a explotar y derrocar a la dictadura; a sacar a Rosario Murillo del poder. Esta noción refleja una dicotomía absurda y tautológica.
Al disidente, se le mira al mismo tiempo sin voz, nombre o rol para definirse como un puente de transición porque son cómplices absolutos. ¡Se idealiza a la disidencia, pero al mismo tiempo se la demoniza! Lo interesante es que nadie sabe quién es quién en esa disidencia, pero todos los que quieren un cambio esperan que aparezca de la noche a la mañana. La disidencia, sin embargo, espera que ese pueblo cívico les de señales de interacción.
La noticia salvadora. Muchos se encargan de pasar noticias que llevan opiniones sobre la inminencia de un acto con consecuencias para Nicaragua, interpretando una frase como el mensaje subliminal detrás del cual está la palabra final al derrocamiento dictatorial; siempre creando falsas expectativas del futuro. Las noticias cuentan el presente, no lo que va a ir a pasar.
La negociación. Aunque en la realidad la negociación no tiene un barómetro moral, sino que es un vehículo en que las fuerzas políticas miden su poder de influencia y quien quiera figurar en un proceso de este tipo debe tener claro que no puede ir con las manos arriba, sino preparado para ganar.
Sin embargo, negociar es un supuesto autodestructivo, o expectativa surreal. Una minoría dentro del círculo patriótico o público cívico demoniza y, a la vez, espera la negociación entre el poder hostil y alguien más. Para unos la dictadura se está “arreglando” con Estados Unidos, comentando con cierta libertad para opinar que esto es inminente. Algunos llevan años hablando de eso cuando en realidad no hay más que intercambios protocolares entre ambos países. Para otros, los grupos cívicos son también actores traidores porque están propiciando una negociación con la dictadura, acomodando la transición con complicidad. Sin embargo, no hay transición, sin una negociación.
Los exiliados como salvación. Los que hablan desde afuera y se autoconvocan como líderes salvadores que luchan por construir el mito de ser los elegidos. Pero tierra adentro, casi se les recuerda, y hasta la diáspora que envía remesa, evita meterse en política.
Al final, en todas estas suposiciones, la acción política termina saboteándose sola, porque no hay disidencia política sin protagonismo interno; ni resistencia popular sin creatividad; ni maniqueísmo político fantasma sin nombre y apellido; ni movilización internacional sin contraparte local.
En la mayoría de los casos, la realidad está en manos de quien asume la autoridad de interpretar lo que es la realidad y manipularla o describirla a su manera. Para hacer política hay que lograr la autoridad para contar la historia.
Desde una perspectiva táctica, la responsabilidad prioritaria de un grupo cívico está en determinar ¿qué ayuda más a la lucha política del nicaragüense promedio, la motivación acompañada en forma de soluciones o la desesperación precedida por alarmas, o inventarios de daños y perjuicios?
Si hay algo que requiere echarle mente al pensamiento y a un movimiento político, es concentrarse en entender la dirección en la que van las cosas, más que ir tema por tema solo para lamentarse de lo que “¡ahora están haciendo…!” y aportar un poco para mostrar en dónde se entrelazan las líneas de vulnerabilidad del sistema, y montar la lucha política para apalancarse en el conjunto de acciones.
Hay interrogantes que no se están haciendo, por ejemplo, dentro del marco del castigo punitivo de Donald Trump, ¿cómo visualiza esta Administración una acción o política contra el régimen de Nicaragua?, ¿hay una línea de tiempo al respecto?, ¿en qué consiste la disidencia hoy día?, ¿cuál es su margen de maniobra?, ¿cómo se puede identificar y caracterizar el modus operandi del liderazgo militar?, ¿cómo romper el congelamiento de inacción del liderazgo opositor y crear un hilo conductor con la gente de la calle?, ¿será que aun el mismo movimiento cívico, opositor y mediático cae en la trampa machista de asumir que el control del poder solo tiene cara masculina y su lugarteniente es solo una villana femenina?
Más que compartir noticias, el momento clave en 2026 está en rayar una hoja de ruta de resistencia política que empieza por entender qué quiere el nicaragüense, y desmitificar los falsos supuestos que distraen de la acción política.
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Politólogo nicaragüense. Director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo de Diálogo Interamericano. Tiene una maestría en Administración Pública y Estudios Latinoamericanos, y es licenciado en Relaciones Internacionales. También, es miembro principal del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, presidente de Centroamérica y el Caribe en el Instituto del Servicio Exterior de EE. UU. e investigador principal del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional en la Universidad de Georgetown.
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