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Putin, Ortega y la danza de los dictadores

Mientras los dictadores tejen una red de tiranía, los demócratas debemos abrazar la colaboración transnacional en la estrategia de resistencia cívica

7 de octubre 2023

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En la compleja danza geopolítica del siglo XXI, los dictadores han demostrado ser maestros en el arte de aprender unos de otros, encontrando inspiración en las tácticas perversas de sus homólogos. En esa red donde el poder y la opresión convergen, la frase de Jean-Paul Sartre cobra un significado particularmente ominoso: “El infierno son los otros”. Y es que, en este contexto, Vladímir Putin ha emergido como un modelo a seguir para una serie de regímenes totalitarios, dejando una huella profunda en la forma en que los dictadores imitan sus prácticas. Antes de Putin, sátrapas como Mao Zedong y Fidel Castro han dejado su sangrienta marca en la política global, sirviendo como un recordatorio de la peligrosa sinfonía que los dictadores componen juntos.

Vladímir Putin es parte de lo que en un artículo previo he llamado “dictaduras 2.0”. Ese tipo de dictaduras se refiere a regímenes que, a diferencia de las dictaduras clásicas de antaño, se caracterizan por su habilidad para mantener el poder a través de la manipulación de las reglas democráticas y la represión selectiva, todo mientras mantienen una apariencia de legalidad. Estos regímenes utilizan herramientas tecnológicas y estrategias políticas avanzadas para consolidar su control sobre la sociedad. Ese modelo lo hace especialmente atractivo para Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua, especialmente después de los fallidos experimentos de hacer de Venezuela o de Irán, sus nuevos patrocinadores.


Putin ha expresado abiertamente su preocupación por las “revoluciones de color”, como la Revolución Naranja en Ucrania entre 2004 y 2005 y la Primavera Árabe de 2010 a 2012. En consecuencia, su aparato de inteligencia —heredero de la extinta KGB— ha desarrollado tácticas para sofocar todo tipo de protestas cívicas e incluso ha establecido el “Grupo de Trabajo para contrarrestar las Revoluciones de Colores”, organizado por el Consejo de Seguridad de Rusia y al cual, Laureano Ortega, hijo del dictador, ha sido invitado. El régimen de Putin además ha promulgado leyes que otorgan a su régimen un fuerte control sobre las organizaciones no gubernamentales (ONG). Cualquier grupo cívico o político que recibe financiamiento del extranjero debe registrarse como “agente extranjero” en el Ministerio de Justicia o enfrentar sanciones severas. La Nicaragua de los Ortega fue uno de los países que imitó muchas de esas leyes de control ciudadano.

Además del uso del Estado para silenciar a la oposición, existen más razones que explican la fascinación de los Ortega-Murillo con Putin. En primer lugar, el modelo totalitario ruso combina un Estado policial con alianzas en la que grupos oligárquicos corruptos han enriquecido enormemente a Putin. Los hijos de la pareja dictatorial se sienten atraídos por esta forma de acumular riqueza a la par del poder político dinástico al que aspiran. En segundo lugar, el antiamericanismo de Putin es como música para los oídos de Ortega, cuyo odio irracional hacia Estados Unidos lo convierte en un aliado incondicional de Rusia en su guerra ilegal contra Ucrania.

En la última década, los lazos transnacionales entre las tiranías antioccidentales se han consolidado, en lo que puede definirse como un ecosistema de dictadores. No sólo se financian entre ellos y comparten inteligencia, sino que además se comparten conocimiento sobre nuevas formas de reprimir a la ciudadanía, al periodismo independiente, y sofocar la crítica. Estos métodos inéditos se apoyan no solo en la represión bruta, espionaje y la intimidación que históricamente han utilizado, sino también en nuevas herramientas como la inteligencia artificial y las redes sociales. Ortega y sus hijos están haciendo todo lo que está a su alcance para integrarse en ese ecosistema como una manera de contar con aliados para poder consolidar una dictadura familiar. En este ecosistema se encuentran países como Corea del Norte, Cuba, Venezuela, Bielorrusia, Rusia y, por supuesto, China como el principal patrocinador y la mano que toca la música que bailan.

El grave error de esta decisión de los Ortega-Murillo es similar a lo que hizo el Frente Sandinista (FSLN) durante la década de los ochenta. La ciudadanía nicaragüense, inocente del ajedrez geopolítico de la Guerra Fría, se vio involucrada en un conflicto bipolar en el cual nunca debimos participar. Una vez más, los Ortega nos están arrastrando a un conflicto global del lado de la facción antioccidental, donde China y Rusia buscan debilitar a Occidente. Esto es, además, una medida contradictoria de un régimen que se autodenomina supuestamente “anti-imperialista”. Los Ortega-Murillo han hecho del FSLN y de todo su aparato, incluyendo el Ejército de Nicaragua, instrumentos serviles a favor del imperialismo ruso, país invasor de una nación libre e independiente como Ucrania.

Mientras los dictadores tejen una red ominosa de tiranía, los demócratas debemos abrazar la colaboración transnacional como parte de nuestra estrategia de resistencia cívica. Urge un “ecosistema de democracias” donde los activistas, defensores de derechos humanos, periodistas, intelectuales, políticos y ciudadanía comprometida con los valores fundamentales de la dignidad humana, trabajemos juntos para desafiar la sombra de la opresión y preserva la luz de la verdadera democracia.

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Félix Maradiaga

Politólogo, académico y activista político nicaragüense. Fue secretario general del Ministerio de Defensa y director de Protección Civil durante la Presidencia de Enrique Bolaños. Es codirector fundador del Instituto de Liderazgo de la Sociedad Civil.​ Miembro de la opositora Unidad Nacional Azul y Blanco, exprecandidato presidencial, excarcelado político y desterrado por la dictadura orteguista.

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