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Primera marroquinería en Chontales

Bismarck Oporta sigue empeñado en crecer; registrará su marca. Un paso necesario para quien jamás desmayó en sus deseos

Bismarck Oporta posa junto a una máquina en su taller en Chontales. Foto: Cortesía

Guillermo Rothschuh Villanueva

8 de octubre 2023

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I

La noche del 13 de noviembre de 1985 resultó trágica para la familia Oporta-Hernández. Un comando contrarrevolucionario atacó su casa de habitación en la finca “El Acetunal”, comarca San Agustín, jurisdicción de Acoyapa. La impresión que causó a Bismarck Oporta un niño de trece años, marcó su vida para siempre. Es algo que nunca se olvida, me dijo entristecido. Durante la incursión armada secuestraron a once personas, solo tres regresaron con vida. Entre los muertos estaba Cristino, su hermano mayor. El ataque a mansalva durante la noche incluyó pegarle fuego a la vivienda de sus padres; 12 hermanos quedaban en la intemperie. Ante la eventualidad de una nueva incursión el Ejército Sandinista los trasladó a la hacienda San José de los Gómez. El desarraigo produjo sentimientos encontrados. Un mes después estaban viviendo en Juigalpa.


Bismarck no terminaba de asimilar el impacto, no entraba en su cabeza ni cabía en su futuro, olvidar su origen campesino. Albergaron en casa de su hermano Alfonso, ejercía como zapatero. Acostumbrado a las labores de siembra y ordeño resintió el traslado a la ciudad y se rehusó ejercer como aprendiz de zapatería. Prefirió enrolarse como ayudante de albañilería. Pensó que le iría mejor. No había transcurrido un año cuando estaba pidiendo cacao. En esta encrucijada su padre, don Teódulo Isidoro Oporta Quintanilla, pidió a su hijo Alfonso que le hiciera el favor de enseñarle su oficio. Lo instruyó como lijador y pulidor de zapatos; aprendió a utilizar la cuchilla. Luego le indicó cómo hacer tacones. Empezaba a desplegar alas. Alfonso todavía trabajaba en la Talabartería Báez, propiedad de Enrique Báez, uno de los más reconocidos talabarteros de Chontales.

Una mañana don Agustín Saballos, vecino y compañero de oficio de Alfonso, al comprobar que el chavalo se preocupaba por realizar su trabajo con esmero, pidió que le hiciera un “Pilincito”. En el argot de los zapateros era que le hiciera un par de zapatitos número 27, número que calzaba su hijita. Para cumplir con el pedido puso en manos de Bismarck los haberes necesarios: cuero, horma, plantilla y fijador de punta. El muchacho se lució. Don Agustín quedó satisfecho con el encargo. Bismarck experimentaba un crecimiento vertiginoso. Todos elogiaban la rapidez con que había logrado convertirse —con apenas 16 años de edad— en montador principal de tres talleres de zapatería. El de su hermano Alfonso, don Agustín Saballos y don José Rivas. Una conquista de la que él mismo se enorgullece. Un privilegio alcanzar esa posición a tan temprana edad.

Para inicios de los noventa los talleres de zapatería comenzaban a languidecer. Sentían asfixia con el nuevo modelo económico puesto en marcha por el Gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro. Las condiciones resultaban adversas. En abril de 1991 Bismarck se vio obligado a migrar a Costa Rica. Viajó hasta Puerto Viejo, Sarapiquí. No tuvo otra opción que trabajar como peón en las bananeras. Sintió el rigor del trabajo realizado por sus compañeros. Las jornadas iban de seis de la mañana a seis de la tarde. Un suplicio. La inclemencia de las lluvias en la zona terminó atropellando su salud. El viaje a la vecina del sur tenía un único objetivo, ahorrar dinero con la intención de independizarse. Desde entonces era su sueño. Se había planteado la necesidad contar con su propio taller de zapatería. Un viaje frustrado y frustrante. Todo le salió mal.

En diciembre de 1991 estaba de regreso en la Nicaragua natal. En los dos años siguientes, mientras reponía su salud y trabajaba para ganarse el sustento, comprobó que en cuanto a cuero y calzado no había nada que hacer en Nicaragua. En 1994 viajó de nuevo a Costa Rica, dirigió sus pasos hacia San José. Tenía la esperanza que en la capital "ticolandia" podía resultarle mejor. Presionado por las circunstancias buscó trabajo como ayudante de albañilería. Viviendo en Desamparados pudo ver que en la casa vecina descargaban cuero. Indagó el tipo de actividades a las que se dedicaban sus dueños. La Corporación Reyes e Hijos (Corehi), se especializaba en la confección de guantes para la construcción, delantales de cueros para albañilería, guantes para soldaduras y guantes especiales para trabajar la miel, (para los caramelitos Gallo, clientes habituales de la Corehi).

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II

Los dueños de Corehi jamás imaginaron que realizaban una contratación que a corto plazo les resultaría beneficiosa. Se sintieron halagados cuando Bismarck desarrolló una estrategia que permitía ahorrarles material. Con el sobrante confeccionó un nuevo modelo de chaleco. Contrario a los padecimientos que enfrentaban los zapateros en Nicaragua, el sistema de trabajo implementado por los propietarios de la Corporación, permitía que buena parte del cuero se desperdiciara. Su aporte fue bien recibido. Como reconocimiento los dueños lo distinguieron como trabajador del mes. Ahorraba todo lo que ganaba. El dinero que utilizaba para su manutención lo obtenía trabajando horas extras, razón de más para que sus patrones valorarán su empeño y laboriosidad. Paralelamente realizaba estudios técnicos de Diseño e Ingeniería Industrial en la Cefof.

Su rápido desarrollo incidió una vez más para que una nueva empresa abriera sus puertas. Ingresó a trabajar como operario de máquinas y cortador en Del Rio (1997-1999). La empresa costarricense gozaba de mucho prestigio. Los dos años estuvo en sus talleres resultaron determinantes para que afinara sus conocimientos y destrezas en la producción industrial de marroquinería. La plata que ganaba seguía enviándola a su padre en Nicaragua. Este la invertía en la compra de ganado. Aprovechaba la experiencia de don Teódulo para incrementar su patrimonio. Por vez primera sentía que todo marchaba a gusto. Con el dinero obtenido con la venta de una partida de novillos, solicitó a su progenitor comprara un terreno para construir su casa de habitación. Nunca tuvo en mente quedarse en Costa Rica. Su mirada siempre estuvo puesta en Nicaragua.

Primera máquina industrial con la que Bismarck Oporta inició su trabajo en su marroquinería. Foto: Cortesía

En diciembre de 1998 vino expresamente a Chontales para desposarse con Patricia Rivas. Ambos viajaron de regreso a Costa Rica. Patricia tenía garantizada una plaza como contadora en la empresa Del Rio. Ocho años después de haber partido en busca de empleo y dinero planeó su regreso definitivo a Nicaragua. Se instaló en casa de su suegro y volvió a ejercer su viejo oficio de zapatero. Continúo comprando máquinas industriales. En Costa Rica adquirió la primera. Para conseguirlo se vio obligado a empeñar su anillo de bachillerato. Sintió una punzada en el corazón. Ya de vuelta en Nicaragua, sumó una nueva máquina, la compró en Managua a los dueños del Calzado Rolter. En el despegue concentró su trabajo en la fabricación de botas de amarrar y de tubo. Igualmente decidió confeccionar botines. Años duros. Eso poco importaba, persistía.

Logró conseguir como clientela a la familia Marín, originaria de Comalapa. Juan Pablo, Napoleón, Teódulo y Pablito, eran clientes formidables. Su fidelidad como compradores le permitían subsistir sin apuros. Al hablar del tema no deja de mostrarse agradecido con todos ellos. Como había cursado estudios de bachillerato con la joven Tania Monge, un día mientras conversaban, al enterarse de la naturaleza del trabajo que realizaba Bismarck, la joven decidió conectarlo con su madre, Cecilia Monge, de origen colombiano. Cecilia estaba al frente de una ONG en Chontales. Durante el primer encuentro la colombiana quiso saber si sería capaz de entregarle 12 mil piezas (brazaletes de cuero), en el lapso de cuatro meses. Bismarck no podía pasar por alto la oportunidad de oro que se le presentaba. Todo dependía de su respuesta. ¡Claro que puedo! ¡Exclamó!

Los brazaletes eran exportados a Australia, Bismarck cumplía en tiempo y forma con los pedidos. Las siguientes entregas fueron de siete mil, doce mil y cuatro mil piezas. Mientras tanto la construcción de su casa avanzaba en el terreno comprado por su padre. En 2004 pasó a vivir en ella. Un año inolvidable. Josué, su hijo varón, venía en camino. Daba trabajo a doce operarios. El cuero lo compraba en León, en la Tenería Batan. Con el cierre de la ONG por el Ministerio de Gobernación, dispone ahora de cuatro. A estas alturas ya consolidó lo que en verdad constituye la primera marroquinería en Chontales. Tiene clientes dispersos por toda Nicaragua. La mayor demanda ocurre durante septiembre-octubre. Bismarck sigue empeñado en crecer; registrará su marca. Un paso necesario para quien jamás desmayó en sus deseos por contar con su propia empresa.

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Guillermo Rothschuh Villanueva

Guillermo Rothschuh Villanueva

Comunicólogo y escritor nicaragüense. Fue decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA) de abril de 1991 a diciembre de 2006. Autor de crónicas y ensayos. Ha escrito y publicado más de cuarenta libros.

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