Logo de Confidencial Digital

PUBLICIDAD 4D

PUBLICIDAD 5D

¿Por qué no comenzó Trump con Cuba?

La “extracción” de Maduro y el desafío de la oposición democrática venezolana

Una mujer muestra camisetas con imágenes de la captura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en Lima, Perú, el 6 de enero de 2026. | Foto: EFE/ Paolo Aguilar

Fernando Mires

AA
Share

¿Por qué Venezuela y no Cuba? se preguntarán algunos observadores. Cuba, desde un punto de vista cronológico es, desde hace muchos años, un bastión de Rusia, sea de la Rusia soviética, sea de la putinista. Cabe además agregar que, desde un punto de vista estratégico, ha provisto a la dictadura venezolana de una ideología (antimperialismo), de una épica (la revolución) y, no, por último, de instrucción militar, aparatos de inteligencia, métodos de tortura, y mecanismos de represión policial.

El chavismo, tanto el de Chávez como el de Maduro, han sido devotos de Cuba y del castrismo. La caída de la dictadura de Cuba habría sido un acontecimiento simbólico —los símbolos en política son muy importantes— y, por lo tanto, un arreglo de cuentas, no solo con el presente sino también con el pasado histórico de los EE. UU.. Lo que no fue capaz de hacer Kennedy lo he hecho yo, habría podido ufanarse Trump frente a sus millones de seguidores. La toma de Cuba, además, habría obligado a Maduro, tarde o temprano, a capitular.

Frente a esta interrogante, Trump ha dado una plausible respuesta. Con el extremo pragmatismo que lo caracteriza dijo que tal vez no necesitará invadir Cuba porque sin petróleo venezolano la isla se hundirá por sí sola. Puede ser cierto. La economía cubana siempre ha sido dependiente, antes de EE. UU., después de la URSS, luego de Venezuela, y, por cierto, de la Rusia de Putin.

¿Por qué comenzó Trump con Venezuela?

La respuesta parece obvia: Venezuela cuenta con las mayores reservas naturales de petróleo en el mundo. Pero con Maduro también Trump habría podido hacerse del petróleo como ahora lo está haciendo con Rodríguez. Con tal de conservar el poder, dictadores como Maduro son capaces de cualquier cosa. El problema parece ser otro: de todos los presidentes del mundo, el más despreciado por la opinión pública mundial, incluyendo la de Venezuela, era Maduro, quien ocupaba el lugar que ayer correspondió a bellacos como Idi Amin, Pinochet o Gadafi.

De esta manera, extrayendo a Maduro del poder, Trump aparecería ante el espejo de la historia no solo como un negociante petrolero sino, además, como lo que nunca ha sido: un defensor de las democracias del mundo. Trump, de quien dicen es muy vanidoso, no iba a despreciar esa oportunidad.

Maduro, digamos con pocas palabras, es un criminal. Pero no solo lo era por mandar a disparar sobre manifestantes desarmados, o por apresar sin previo juicio a manifestantes y políticos con el objetivo de canjearlos a buen precio, o por burlarse con arrogancia y obscenidad de las víctimas que producía. Maduro es, sobre todo, despreciado por haber cometido el fraude electoral más grotesco que conoce la historia moderna.

Cierto es que Lukashenko en Bielorrusia o Putin en Rusia son maestros consumados en fraudes electorales, pero ninguno de ellos ha dejado huellas. No así Maduro. El fraude fue descubierto por grupos organizados de la candidatura de Edmundo González, quienes obtuvieron las planillas que dejan constancia de los verdaderos resultados de las elecciones del 28 de julio.

Cierto es que esta tierra está poblada por Gobiernos ilegítimos, pero ninguno ha logrado probar su ilegitimidad con tanta transparencia como lo hizo Maduro. Fue esa la razón por la cual, el día 03 de enero de 2026, cuando lo vimos aparecer esposado, no solo sus enemigos, la mayoría de los ciudadanos demócratas sintieron (sentimos) una inevitable alegría. Incluso, gobernantes que han condenado la intervención de Trump en Venezuela, no defienden a Maduro. Macron, por ejemplo, después de pronunciarse en contra de la intervención de Trump, agregó: “Por Maduro nadie puede derramar una sola lágrima”.

Trump ha logrado hacer aparecer a Maduro como representante de todas las calamidades por las cuales ha pasado el pueblo de Venezuela. Sin embargo, él solo es la cabeza visible de un régimen de dominación dictatorial; un gobierno, como decía Maduro, “cívico, militar y policial”. Sin embargo, no es excepción que, después de la caída de las dictaduras, la transición hacia la democracia sea llevada a cabo por personeros del mismo régimen dictatorial.

En las transiciones políticas hay que saber tragar sapos y culebras. Efectivamente, así es. En Sudáfrica le Klerk había apoyado la existencia del Apartheid. En Polonia, el general Yaruzelski había seguido las ordenes de la URSS. En Alemania, el desmantelamiento de la DDR fue dirigido por el comunista Modrow. En Rusia, Gorbachov había sido stalinista. En la República Dominicana, el íntimo de Trujillo, Balaguer, administró la transición hacia la democracia. Ese gran demócrata que fue Adolfo Suárez en España había sido un declarado franquista y no dejó de serlo durante la transición. En la misma Venezuela hay algunos ejemplos: Eleazar López Contreras y Medina Angarita fueron “gomecistas” y desmantelaron la dictadura de Gómez. Si Delcy Rodríguez sigue las tareas que le ha asignado Trump, puede que cumpla un similar papel al de los mencionados próceres de la transición. Si no lo hace, ya sabe lo que le puede pasar.

Naturalmente, los que esperaban que Trump iba a designar como presidente a Edmundo González en representación de María Corina Machado, se sintieron desilusionados. Efectivamente, si Trump lo hubiera hecho, habría llevado al país a un abismo sin fondo.

La tarea que se planteó Trump, después de la extracción, era otra: la de estabilizar al país, y eso solo podía hacerlo alguien que tuviese detrás de sí a la mayoría de las Fuerzas Armadas. Esa persona no podía ser sino un chavista. De tal manera que, cuando mencionaron a María Coria Machado, Trump debe haber pensado lo mismo que Stalin cuando Churchill propuso integrar al Papa a la gran alianza antihitleriana: ¿Cuántas divisiones tiene el Papa?, preguntó en esa ocasión Stalin. ¿Cuántas divisiones tiene María Corina Machado?, no lo dijo Trump, pero debió haberlo pensado.

Pero aún, si Trump hubiera sido un demócrata liberal, se habría encontrado frente al mismo dilema: ¿qué hacer frente al enorme vacío político venezolano?

Trump no tenía a quién traspasar el poder político en Venezuela. En Venezuela ya no hay partidos políticos, aparte del PSUV, a los cuales sea posible delegar tareas de gobernabilidad. Todos están destruidos. En esa destrucción una gran parte corresponde a la militarización de la política impulsada por Maduro; pero también una parte no muy pequeña se debe a la altenativa ultraradical representada por María Corina Machado.

Si uno observa la ya no corta trayectoria vida política de Machado, su política ha sido casi siempre antielectoral y radicalmente confrontacional. Machado, en efecto, es una insurrecta de derechas, e ideológicamente pertenece a la misma familia trumpista de Milei, de Kast, de Noboa, de Bukele, de Bolsonaro. Sin embargo, no hay nada peor que ser un insurrecto en momentos donde una insurrección no está a la orden del día.

Machado, en efecto, aceptaba la lucha electoral, pero no como un fin, sino como un medio para derribar a la dictadura. Esa fue la razón por la cual el madurismo vetó su postulación presidencial. Edmundo González fue a las elecciones en representación de Machado, a su lado, y levantándole la mano.

Maduro y los suyos, a la vez que imaginan en sus alucinadas mentes ser representantes de una revolución socialista, vieron en Machado a una contrarrevolucionaria, una enemiga mortal frente a quien se juramentaron para impedir con todos los medios, legales e ilegales, que alguna vez alcanzara el gobierno. Por eso mismo, cuando fue revelado el gigantesco fraude electoral, Maduro quedó tendido sobre las cuerdas.

En ese momento Machado se encontró frente a una encrucijada. O creaba un movimiento civil para seguir golpeando democráticamente a Maduro en cada encuentro electoral, o llamaba a la insurrección inmediata en contra de Maduro. Todos sabemos que eligió el segundo camino, precisamente el que más convenía al militarizado Nicolás Maduro. En consecuencia, ante las próximas elecciones regionales y comunales que se avecinaban, Machado llamó a la abstención, dilapidando el enorme capital electoral alcanzado el 28 de julio de 2025. Pero a la vez, sabiendo que dentro del país no tenía cómo ni con qué impulsar una insurrección, decidió, al igual que el anterior líder de masas, Juan Guaidó, invertir el inmenso poder políticamente acumulado, en la opción de una intervención externa.

Más aún: en su proyecto insurreccional Machado llegó a catalogar como “traidores” a todos los que no acataran su conducción antielectoral, llegando al punto —para no molestar a Trump— de negar su solidaridad a los compatriotas venezolanos enviados a las cárceles de El Salvador, a callar sobre los crímenes que cometía Trump contra barcazas venezolanas en el Caribe, a no inmiscuirse en los problemas nacionales, como la inflación, la salud, los salarios, en breve: a no hacer política, aún desde la clandestinidad.

El hecho objetivo es que desde que asumió Machado la dirección informal de la oposición, los partidos políticos venezolanos han comenzado a desaparecer.

Así se explica que, cuando Trump decidió actuar directamente en Venezuela, por motivos muy diferentes a los que clamaba Machado, lo que más interesó a Trump fue refundar a la nación sobre fundamentos más estables que el que le ofrecía la mesiánica mujer. Pues bien, para eso, lo menos que servía a Trump era una política radical y polarizadora como la que representa Machado. Trump debe saber que lo más parecido a una secta es el chavismo y que lo más parecido a una iglesia es el machadismo. Bajo esas condiciones se decidió por la secta solo por una razón: estaba en el poder y tenía poder.

En vez de a Machado, Trump instaló en el puesto supremo a una madurista, la inteligente Delcy Rodríguez, encargada de resituar al país en el ámbito hemisférico que, según Trump, corresponde a Venezuela. Una tarea que puede durar años, ha dicho recientemente Trump, ante la consternación de los seguidores de Machado quienes esperaban cualquiera salida menos la que decidió el desconcertante presidente: la continuidad del poder chavista, pero bajo otras condiciones y bajo nuevas formas.

La jugada de Trump, desde un punto de vista moral y jurídico, escondenable. Pero desde el punto de vista de la técnica política-militar, fue simplemente magistral, amén de haber ahorrado un enfrentamiento sangriento entre sus tropas y las de Maduro.

La líder opositora venezolana, María Corina Machado, entregó al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, la medalla del Premio Nobel de la Paz, el jueves 15 de enero de 2026. | Foto: EFE/Rastreo de Redes

La gran ironía de la reciente historia política venezolana es que, precisamente, quién más llamara a los EE. UU. a intervenir en Venezuela, María Corina Machado, ha quedado fuera del juego. Puede regalar su Premio Nobel a Trump si es que quiere. Pero lo que ha dado lugar su estrategia insurreccional sin participación venezolana, fue lo que menos ella esperaba: lo más parecido a una alianza táctica entre el chavismo y el trumpismo. Esa es la realidad. “Por ahora”, acostumbraba a decir Chávez.

Con la extracción de Maduro se abre un nuevo ciclo histórico en Venezuela y tal vez, en toda América Latina.

La liberación de una gran parte de los presos políticos muestra que, a pesar de todo, una luz se ve en el fondo de un largo túnel. No importa si esa fue una orden de Trump, o fue una mediación con Rodríguez Zapatero y Lula como cuenta el diario El País, o una buena movida de los Rodríguez para impedir que la liberación de los presos políticos llegara a convertirse en la consigna de una nueva oposición, o tal vez todo junto a la vez.

¿Qué sucederá después de la extracción? Nadie puede saberlo. Los acontecimientos recientes en Venezuela muestran una vez más que la historia no se deja regir por leyes, sino por circunstancias impensables, más todavía si en la cima del poder hemisférico se encuentra situado un ser tan imprevisible como es el presidente Trump.

La desarticulada oposición democrática venezolana puede encontrar en estos momentos un punto de partida para reinsertarse en la política del país. Esta es solo una hipótesis. Pero, de hecho, parecen abrirse algunas condiciones para que eso pueda suceder.

Por cierto, acechan no pocos peligros.

Por el lado del chavismo aparecerán sin duda sectores ultras opuestos a todo atisbo de democratización y de sumisión al imperialismo trumpiano. Los colectivos y los grupos de choque del chavismo no han sido hasta ahora tocados, y una de las máximas exigencias al gobierno de Rodríguez, deberá ser su disolución.

El adoctrinado Ejército chavista, si bien bajo determinadas condiciones podría servir de muro de contención, como esperan Trump y Rubio, alberga a no pocos castristas quienes, si las reformas que emprenderá Rodríguez no son de su gusto, pueden desencadenar acciones golpistas en contra del gobierno impuesto por Trump.

Por otro lado, la posición insurreccional de Machado sigue activa y evidentemente no aceptará durante mucho tiempo la marginación a que la ha sometido Trump.

Todo eso indica lo necesario que será para Venezuela que en su interior sea re-activado un centro político democrático que, sin dejar de ser oposición a la nueva presidencia chavista, se encuentre en condiciones de llevar a cabo una interlocución crítica (así podríamos llamarla), sea con el nuevo gobierno, sea con los emisarios del gobierno norteamericano.

En otras palabras, lo que Venezuela necesita es el regreso de esa oposición democrática que logró asestar muchas derrotas al chavismo, partiendo por la defensa que hizo de la Constitución vigente contra una Constitución chavista, en un plebiscito constitucional que Chávez perdió (2007).

Parodiando a Fidel Castro podríamos decir que un lema de la oposición democrática venezolana podría llegar a ser: “Con los derechos humanos, todo. Sin los derechos humanos, nada”.

*Fragmento del ensayo “La extracción”, que se publicó originalmente en el blog POLIS: Política y cultura.

PUBLICIDAD 3M


Tu aporte es anónimo y seguro.

Apóyanos para que podamos seguir haciendo periodismo independiente en el exilio. Tu contribución económica garantiza que todas las personas tengan acceso gratuito a nuestras publicaciones.



Fernando Mires

Fernando Mires

Historiador y escritor chileno. Profesor emérito de la universidad de Oldenburg, Alemania. Se diplomó como profesor de Historia y tiene estudios de postgrado en Historia Moderna. En 1991 recibió el titulo de Privat Dozent, el más alto grado académico que confieren las universidades alemanas.

PUBLICIDAD 3D