Museo de Memoria itinerante sobre Nicaragua
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Palabras del obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio José Báez, al recibir el Premio “Pacem in Terris”, en Iowa, Estados Unidos
El obispo de la Diócesis de Davenport, Monseñor Dennis Gerard Walsh (izq.), entrega el “Premio Pacem in Terris” al obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio José Báez, el 9 de julio de 2025. // Foto: Mosaico CSI
Buenas noches. Es un honor recibir esta noche el prestigioso premio Pacem in Terris, y quiero expresar mi más sincero agradecimiento por este importante reconocimiento. Este premio no es ante todo un honor personal, sino un reconocimiento a la lucha incansable de muchos nicaragüenses valientes y dignos que han trabajado —y siguen trabajando— por la paz, la libertad y la defensa de los derechos humanos en nuestro país.
Agradezco de corazón a quienes hicieron posible este reconocimiento: a la Diócesis de Davenport, en particular a su obispo, mi hermano Dennis Gerard Walsh, y a todos los miembros del comité del premio Pacem in Terris. Gracias a todos por su solidaridad con quienes creemos que el mundo puede transformarse a través de la compasión, la esperanza y el compromiso con la paz y la justicia, más allá de fronteras y diferencias culturales.
Este premio lleva el nombre de la histórica encíclica Pacem in Terris del papa Juan XXIII, que es un llamado universal a la comprensión entre los pueblos y las naciones, basado en la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Es un mensaje que hoy resuena con más urgencia que nunca en Nicaragua y en muchos países donde persisten la violencia, la represión, el encarcelamiento y el exilio forzado.
El premio Pacem in Terris nos recuerda que la paz social no puede definirse simplemente como “la mera ausencia de violencia lograda mediante la imposición de un sector sobre otros” (Evangelii Gaudium, 219). La paz se construye cada día con la escucha, el diálogo auténtico y la capacidad de crear puentes, incluso cuando parecen imposibles. Del mismo modo, la paz se alimenta de la equidad social, la inclusión de los pobres, el respeto a los derechos humanos y el valor de denunciar la injusticia.
Esta noche, acepto este reconocimiento en nombre de la Iglesia católica de Nicaragua, por su fidelidad al evangelio de Jesús y su compromiso constante de servir al pueblo de Dios. La Iglesia nicaragüense, incluso en medio de las dificultades, ha estado al lado de quienes más sufren: los pobres, los exiliados y quienes han sido víctimas de la injusticia, haciendo visible con su presencia y testimonio que el amor de Dios no abandona a nadie. Como Jesús, la Iglesia en mi país ha sido como el Buen Samaritano de la parábola: una comunidad que se ha inclinado para escuchar y acompañar a quienes sufren, para sanar las heridas de quienes sangran y para comunicar la esperanza de Cristo Resucitado a quienes se sienten desanimados y abatidos.
Trabajar por la paz en Nicaragua en los últimos años ha sido un desafío difícil. En Nicaragua, las voces que claman por justicia y libertad han sido silenciadas, calumniadas, perseguidas y violentadas por un régimen dictatorial que intenta imponer la aceptación de una falsa normalidad, acostumbrando a la comunidad internacional a convivir con otra dictadura en América Latina. El régimen incluso ha intentado silenciar y desacreditar a la Iglesia, pero el compromiso de la Iglesia con la libertad, la paz y la justicia permanece, porque está enraizado y cimentado en Jesucristo, el Príncipe de la Paz. No proviene de una ideología ni de un programa político; brota de una profunda experiencia espiritual inspirada en la misteriosa dinámica del amor de Cristo, “quien, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Corintios 8, 9).
En mi caso, desde el día en que Jesús tocó mi corazón, transformó mi existencia y me llamó a seguirlo, he dedicado mi vida a proclamar el evangelio de la paz. Estoy convencido de que solo a través de la palabra de Jesús podemos construir sociedades justas y pacíficas. Como obispo de la Iglesia católica, procuro vivir cada día como discípulo de Jesús y me dedico como pastor del pueblo de Dios. El poder salvador de Jesús me sostiene cada día y me impulsa, aun en medio de las sombras, a caminar a la luz del Evangelio de Cristo, meditado y contemplado en el silencio de la oración. Es en la oración y en la unión con Cristo donde encuentro la fuerza y la sabiduría para ser su testigo en medio de la oscuridad que envuelve a mi amada Nicaragua.
Hoy, al recibir este premio, también me honra representar a los muchos hombres y mujeres valientes de Nicaragua que, a pesar de la persecución, la represión y el exilio, continúan luchando por un futuro de libertad y justicia para nuestro pueblo. Sus rostros, sus historias de sufrimiento y esperanza enriquecen e inspiran mi ministerio episcopal. Recibo este premio en nombre de quienes han perdido la vida luchando por la libertad del país, de quienes han perdido su libertad por denunciar injusticias, de quienes han sufrido y siguen resistiendo; de aquellos que, incluso en la cárcel o en el exilio, en medio de grandes adversidades, no han dejado de soñar con una Nicaragua donde la dignidad de cada persona sea sagrada, donde se celebre la diferencia y donde la justicia prevalezca sobre el miedo.
Los desafíos que enfrentamos en Nicaragua en este momento están lejos de haber terminado. El régimen dictatorial que se ha aferrado al poder en mi país sigue reprimiendo brutalmente toda disidencia, negando a nuestro pueblo la dignidad más básica y convirtiendo a todo el país en una inmensa prisión. Pero con la gracia de Dios, el apoyo espiritual de la Iglesia universal y la presión adecuada de la comunidad internacional, no nos cansaremos de seguir soñando y luchando pacíficamente por la justicia y la libertad en Nicaragua. Cada gesto de solidaridad internacional, cada abrazo recibido desde lejos, fortalece nuestra esperanza de que la paz es posible y de que los derechos humanos deben ser defendidos sin excepción como base de una auténtica convivencia humana.
En mi trabajo pastoral, he aprendido que ningún esfuerzo es pequeño ni ninguna lucha es inútil cuando se trata de defender la vida y la dignidad de las personas. El anhelo inquebrantable de libertad, la elección radical por soluciones pacíficas y el respeto por la vida humana siguen siendo la luz que ilumina los corazones, los pasos y los proyectos de los nicaragüenses que sueñan con una Nicaragua libre.
Para concluir, quisiera reiterar mi sincero agradecimiento por este reconocimiento. También agradezco su solidaridad y sus oraciones por Nicaragua. Hoy, al aceptar este premio, reafirmo mi compromiso de seguir trabajando, con la gracia de Dios, por un mundo donde a ningún ser humano se le nieguen sus derechos fundamentales y por el ideal, tan necesario y urgente, de la paz en la tierra.
Muchísimas gracias a todos. Que Dios les bendiga.
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Masaya, Nicaragua, 1958. Obispo católico nicaragüense, pertenece a la Orden de los Carmelitas Descalzos. Es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, exiliado desde abril de 2019, por petición del papa Francisco, debido a amenazas de muerte. Fue desnacionalizado por la dictadura orteguista en 2023.
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