Museo de Memoria itinerante sobre Nicaragua
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Oposición cívica necesita organizarse dentro de Nicaragua y orientar resistencia contra codictadora, aumentando los costos para la cúpula del poder

Daniel Ortega y Rosario Murillo durante acto de condecoración a Jaime Morales Carazo y su esposa. Foto: Tomada de Facebook de la JS
A raíz de la extracción de Nicolás Maduro, se ha desatado una ola de especulaciones sobre supuestas negociaciones entre los Ortega-Murillo y Estados Unidos, o viceversa. Las expresiones sobre este tema asumen muchas variables, factores, condicionantes, y el acto de negociar aparece de un momento a otro sin ningún proceso que lo preceda. ¿Qué hay de cierto? Si hay negociación, ¿es para una capitulación, un arreglo al estilo venezolano, o el rumor se origina en una especulación y la ilusión por un cambio ansiado?
A raíz del 3 de enero, los rumores alegan que la excarcelación de 20 presos políticos el 10 de enero de 2026, así como la suspensión del libre visado para los ciudadanos de Cuba el 8 de febrero, responden a presiones de Estados Unidos. Incluso, algunos sostienen que esto ocurre porque “ya están platicando”, porque ya “hay un arreglo con Estados Unidos” para que no los toquen.
En lo que respecta al primer caso, Rosario Murillo ha implementado una política, heredada de Daniel Ortega, de encarcelar, juzgar, y sentenciar a ciudadanos con acusaciones falsas con el propósito de descabezar cualquier tipo de organización cívica y mantener a la población con el suspenso del miedo.
Al igual que con las purgas, Murillo usa esta técnica de forma cíclica cada tres o cuatro meses, y termina excarcelando pequeños grupos de personas, mientras deja en la cárcel a los principales blancos de su venganza política, y las rellena con nuevos detenidos. Las celdas nunca están vacías.
Históricamente, tanto Daniel Ortega como Rosario Murillo han recurrido al encarcelamiento como método de castigo e intimidación, manteniendo a los detenidos y sentenciados por períodos de hasta tres años. Hay excepciones como José Manuel Urbina Lara y Jaime Navarrete, que están castigados con la saña que caracteriza a Murillo. Vale recordar que Urbina Lara tuvo un doble conflicto con los sandinistas cuando se asiló en la embajada de Costa Rica, y posteriormente se tomó la embajada de Nicaragua en Costa Rica en los años 90, exigiendo la renuncia del general Humberto Ortega y otros militares.
La excarcelación de los 20, sin embargo, que no es la primera ni la tercera, aunque las especulaciones la atribuyen al mensaje que dio el Departamento de Estado en X como el factor determinante en la decisión. Sin embargo, la decisión de excarcelarlos precedía el 3 de enero y a ese tuit ya que el plan del régimen era sacarlos alrededor de Navidad.
En el caso de la suspensión del libre visado a los cubanos, ciertamente la dictadura lo hizo pensando en Estados Unidos, asumiendo que la crisis posterior embargo petrolero causaría una fuga masiva y su ‘gesto’ de contener la migración serviría para anticipar cualquier presión o amenaza de Estados Unidos.
La realidad es que la intensificación de la crisis económica y energética cubana viene ocurriendo desde principios de 2025, y sin embargo, la tendencia migratoria ha disminuido, en gran parte porque Estados Unidos ha contenido y restringido la migración con las políticas de Donald Trump.
Aunque asocian la suspensión del visado con el tuit del Departamento de Estado que condena a Murillo como “copresidenta” ilegítima, para Estados Unidos este es un gesto mudo, que no está relacionado con la contención de la migración y ocurre dos años más tarde que Murillo facilitó el territorio para que pasaran por el país más de 100 000 cubanos, haitianos y migrantes de terceros países, hacia Estados Unidos.
La asociación de estas decisiones de Murillo con los mensajes de Estados Unidos es, por lo tanto, circunstancial, y no refleja un intercambio de comunicación, una relación diplomática activa o una negociación. A Murillo le sirve que se interprete de esa manera para salirse del radar de Estados Unidos, pero formal y diplomáticamente no hay evidencia de algún intercambio entre ambos países, ni desde Washington D. C. ni desde la embajada en Managua. El intercambio no existe porque Estados Unidos tiene una táctica sobre cómo abordar al régimen en el futuro, pero en el presente sus prioridades son otras.
A pesar de la falta de evidencia, los rumores se justifican de alguna manera bajo el supuesto de que “la dictadura siempre ha negociado cuando su poder está en riesgo”. Esto es una expresión tautológica; el riesgo político en general da lugar a una interacción bilateral o multilateral para un arreglo que resulte del balance de poder entre las partes—generalmente una parte quiere mejorar su posición de poder mediante la negociación.
En general, los rumores de negociación han asumido que la dictadura percibe y vive bajo un alto riesgo de amenaza por parte de Estados Unidos, lo cual la lleva a una capitulación frente a Estados Unidos. La fuente de ese razonamiento se apoya en el supuesto de que los militares van a abandonar a los Ortega Murillo, o sobre una implosión inminente que dará lugar a su desalojo del poder por parte de sectores dentro del régimen, e incluso de parte de una nueva protesta popular, o de una expresión magnánima del poder de Estados Unidos hacia la dictadura.
Ciertamente, Daniel Ortega ha participado en negociaciones políticas desde los años ochenta, tanto en el proceso de Contadora (1983-1986), de Manzanillo (1984), de Esquipulas I y II (1986-1988), como en Sapoá (1988-1989), que dio lugar a la decisión de adelantar las elecciones. También negoció con la oposición cívica nicaragüense en 2019 y alcanzó un acuerdo muy importante para el país, pero que Ortega incumplió tres meses después.
En cada uno de estos momentos, el proceso de negociación estaba ligado a consideraciones de cómo aprovechar la coyuntura y el poder de negociación conforme al riesgo frente a la administración Reagan, Centroamérica y, más recientemente, la oposición cívica y la opinión ciudadana. Las condiciones eran diferentes en cada momento, y Ortega no siempre estaba en desventaja o arrinconado, como algunos sostienen.
Pero no hay duda de que antes de marzo de 2019, Estados Unidos influyó en que estos bandos se sentaran para llegar a un acuerdo, que carecía de candados, verificación y calendarización—elementos clave para garantizar el cumplimiento de un acuerdo.
Los términos de una negociación siempre incluyen factores de riesgo, la posición de cada actor y el nivel de importancia asignado al asunto por negociar. Pero por encima de esto está la posición de poder que cada actor tiene. La interpretación actual de la dictadura es que se ubica en una posición de poder en donde ellos no están en necesidad de negociar, ya que los cuatro factores de riesgo no son desfavorables para ellos. No hay crisis económica adversa en contra de la dictadura, no hay oposición cívica ni protesta social activa que los debilite internamente, no hay gran movilización internacional, y el régimen tiene un control muy cohesionado sobre el círculo de poder.
Las acciones de la administración Trump sobre Venezuela y Cuba también han creado la expectativa de que Nicaragua es la próxima en fila, y la asociación con la excarcelación de los 20 presos y el cambio de visado sobre Cuba refuerzan esa creencia. Además, esto se agrega el precedente de que Estados Unidos podría negociar de forma directa con la cúpula de poder del régimen, apartando a la oposición que es mucho más débil que la venezolana, como está ocurriendo en Venezuela.
Sin embargo, la especulación desconoce que la situación de la cúpula del poder en cada país es diferente. El círculo de poder bajo Nicolás Maduro era bastante heterogéneo, y no cohesivo, alrededor de él, sino en torno a otros pilares influyentes del poder, entre ellos, los hermanos Rodríguez.
En el caso de Nicaragua, el círculo de poder está concentrado por Rosario Murillo en todos los contextos. Sus operadores, como ha sido documentado por CONFIDENCIAL, siguen siendo leales a ella, sean militares, policías o políticos y operadores económicos.
Toda esta aproximación al tema ofrece importantes lecciones para la oposición. Primero, es importante seguir la filosofía de Ronald Reagan, hay que confiar, pero verificar (“trust but verify”). Esto significa que no hay que dejar espacio a los supuestos, los rumores, las especulaciones e ilusiones del cambio sin contar con evidencias y datos duros. Si hay negociación, la pregunta es ¿Quiénes son los involucrados? ¿Quién maneja la negociación en el círculo de poder? ¿Cómo comprobar que realmente hay intercambios con Estados Unidos? No se trata de decir, “es lo que dicen los analistas en Facebook”, “me lo contaron en WhatsApp”. De que Estados Unidos presionará a Nicaragua es un hecho, pero cuando y cuanto es algo que depende de muchos factores, incluidos el rol que jueguen los factores de riesgo, la oposición cívica incluida.
Segundo, la oposición cívica necesita organizarse dentro de Nicaragua, y orientar la resistencia y la presión contra la codictadora, aumentando los factores de riesgo de forma desfavorable para Murillo a lo interno de la cúpula del poder. No es cuestión de asumir que “el cambio viene”, porque Ortega ya está de salida, así como muchos predecían la muerte de Fidel Castro por casi 20 años consecutivos (desde fines de los noventa), al final Castro murió, el sistema continuó con Raúl Castro, y ahora con Díaz Canel. Se trata de trabajar con acciones para debilitar y desmantelar el murillismo.
Tercero, si la oposición cívica quiere dar la cara ante la comunidad internacional, debe validarse como representante legítima de las aspiraciones de cambio del pueblo, y delinear una estrategia para cambiar el balance de poder y presionar a la dictadura, con una hoja de ruta de la transición democrática. De lo contrario, la oposición se queda remando en seco en un mar de rumores y especulaciones.
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Politólogo nicaragüense. Director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo de Diálogo Interamericano. Tiene una maestría en Administración Pública y Estudios Latinoamericanos, y es licenciado en Relaciones Internacionales. También, es miembro principal del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, presidente de Centroamérica y el Caribe en el Instituto del Servicio Exterior de EE. UU. e investigador principal del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional en la Universidad de Georgetown.
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