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Los mitos políticos en regímenes autoritarios

Un “gallo ennavajado” aguarda la resurrección del “mesías-terminator”. Mientras tanto, un superhéroe de “bigote mágico” combate el imperialismo

rotonda Hugo Chávez

Rotonda Hugo Chávez instalada en Managua por la dictadura de Daniel Ortega. Foto: CCC

Karla J. Membreño

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¿Alguna vez te has preguntado cómo ideas que habrían parecido impensables como la resurrección mesiánica de un político pueden terminar sonando normales, incluso deseables, para miles de personas? No es magia. Es estrategia. Y si crees que eres inmune a ello, tal vez seas justo el objetivo preferido de esta maquinaria simbólica.

Hoy en día, no basta con ser dictador: hay que montar un espectáculo simbólico tan envolvente que lo imposible se vuelva real. Lo vimos cuando Daniel Ortega declaró que el fallecido presidente venezolano Hugo Chávez resucitará como Jesucristo. ¿Locura? Solo para quien no comprende cómo funciona esta maquinaria. El nombre de este truco: espiral ascendente de complejidad contraintuitiva.

La espiral del absurdo: la política como ritual

Imagina una tormenta simbólica girando sobre el eje del mal absoluto (el enemigo) y el bien absoluto (el líder sagrado). Primero, el adversario deja de ser oposición y se convierte en plaga. Luego, adquiere rasgos demoníacos. Y finalmente, el líder se sacraliza como salvador. Cada vuelta añade irracionalidad, pero refuerza la narrativa dominante.

En el centro está lo que el sociólogo Paulo Henrique Martins llama espiral ascendente de complejidad contraintuitiva: creencias cada vez más elaboradas y ajenas al sentido común, organizadas en torno a un núcleo simbólico. Cada nivel sólo se vuelve aceptable cuando el anterior ya ha sido normalizado. Lo anterior se resignifica y el absurdo se integra como algo razonable.

Este entramado no busca esclarecer lo complejo, sino domesticar lo inverosímil mediante repetición simbólica. No enseña, naturaliza. Las capas narrativas se reconfiguran constantemente. El absurdo, lejos de disiparse, se convierte en hábito cognitivo y percepción política legítima. La espiral no eleva la conciencia: la adormece.

¿Has visto discursos convertir opositores en monstruos y líderes en salvadores? Así se fabrica el consenso: repitiendo y adornando la vieja fábula del héroe y el villano hasta volverla incuestionable. Mientras el espectáculo gira, quien está en el centro de la espiral no percibe el movimiento. Solo lo nota cuando ya es demasiado tarde.

¿Por qué la gente defiende lo indefendible? Porque el miedo y la crisis vuelven vulnerables incluso las mentes críticas. Lo extraordinario se digiere si se sirve en pequeñas dosis, envuelto en lógica y emoción. Cuanto más implicada está una persona en el grupo, más tolera lo absurdo. La disonancia cognitiva (Festinger) lo explica: admitir el error es doloroso. La mente elige preservar el mito y justificar lo irracional.

Chávez, “el mesías-terminator” y Maduro “el superbigote”

El clímax de la mitificación política, en esta espiral de símbolos, surge cuando el absurdo es celebrado. Chávez, tras su muerte, no solo fue proclamado “comandante eterno”; en producciones satíricas como La Isla Presidencial, regresa como un mesías-Terminator: mitad salvador, mitad máquina de combate. El mesianismo se fusiona con la fantasía de invulnerabilidad religiosa y tecnológica. Pregúntate: si la sátira se vuelve realidad, ¿qué más puede transformarse en dogma?

En Venezuela, Nicolás Maduro se reinventa como dibujo animado: el SuperBigote, un superhéroe musculoso e indestructible. Todo su poder está en el bigote, símbolo resaltado, fetichizado. Se reparten muñecos de SuperBigote a los niños, reforzando que “sin bigote, no hay héroe”.

¿Por qué el bigote? No es casualidad. Este adorno facial, asociado históricamente con la masculinidad agresiva y con varios líderes autoritarios del siglo XX (Stalin, Saddam Hussein, Hitler), ahora se transforma en insignia mágica. En la propaganda, deja de ser un rasgo físico para convertirse en tótem de fuerza, dominio y virilidad, como si, en tiempos de crisis, bastara exhibir el bigote para aparentar invulnerabilidad frente al caos.

Esta estética del poder no es ingenua. El “mesías-terminator” y el “superbigote” no solo blindan al líder ante la crítica, sino que comunican una fuerza mítica, una masculinidad invencible, recursos habituales en la trayectoria de tiranos que aspiran a ser temidos y amados al mismo tiempo.

Al final, queda la pregunta: ¿De verdad el bigote es el secreto de la fuerza de Maduro o solo un símbolo vacío, inflado por la espiral del mito y la propaganda? Y más irrisorio aún: ya han pasado más de 4150 días desde la muerte de Chávez… ¿cuántas vueltas más faltan en esta espiral hasta que el “mesías-terminator” realmente resucite? ¿O será que el verdadero milagro es lograr que tantos crean, día tras día, que aún va a volver?

¿Y en el caso de Daniel Ortega? ¿De qué forma fantasiosa aparecerá tras su muerte en el imaginario colectivo de sus seguidores? En el fondo, esta obsesión con el retorno, con la permanencia sobrenatural, parece menos un acto de fe popular que un síntoma del miedo íntimo de los propios dictadores, al notar que el final está más cerca que nunca. La fantasía mesiánica no es solo un proyecto de poder, es un disfraz para el terror a desaparecer, a ser finalmente olvidado por el pueblo y la historia.

El autoritarismo no solo necesita fuerza: necesita fe

Este es el secreto de los regímenes cerrados modernos, como explica Steven Levitsky: no buscan solo silenciar, quieren seducir y adoctrinar. El líder es vendido como última esperanza, el adversario como apocalipsis andante. Los lemas se transforman en mandamientos. El cuestionamiento se convierte en herejía. Quien critica pasa a ser “traidor”, “vendido”, “enfermo”. En cada ciclo, la espiral aprieta el nudo y el absurdo deja de dar vergüenza para transformarse en dogma nacional.

Puedes pensar: “A mí eso no me afecta”. Pero, ¿cuántas veces, incluso en democracias, vemos minorías demonizadas? ¿Cuántas veces se espera de los líderes una salvación casi milagrosa, ignorando contradicciones evidentes?

No caigas en la trampa de pensar que la mitificación política es solo problema del vecino. La espiral del mito puede surgir en partidos, religiones, empresas, en nuestro grupo familiar… No necesita censura explícita: basta repetir y adornar la misma historia hasta que nadie recuerde cómo era pensar diferente.

Si no cuestionamos cada paso, todo es aceptable. El autoritarismo lo sabe: cuanto más devotos al mito, menos capaces somos de ver la realidad. El fanatismo no nace de la nada; crece en el terreno fértil de la repetición simbólica, el miedo y la necesidad de pertenencia. Pregúntate: ¿qué mitos aceptas sin darte cuenta? ¿A qué “líderes sagrados” o “enemigos demoníacos” has ayudado a construir aunque solo sea con tu silencio? La mitificación política, en el fondo, es una invitación al conformismo disfrazado de esperanza. Solo la crítica, el debate y la duda pueden romper ese remolino. El absurdo solo resiste mientras nadie lo llama por su nombre.

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Karla J. Membreño

Karla J. Membreño

Cientista social. Actualmente es investigadora y activista de derechos humanos. Graduada summa cum laude en Derecho por la UNAN-León. Obtuvo el título de Magíster en Ciencia Política por la UFPE (Brasil). Actualmente cursa el Doctorado en Psicología Social en la Universidad de São Paulo.

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