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La peor forma de gobierno

Si la democracia es perfecta no necesita cambios y si no necesita cambios se acaba la democracia pues la democracia vive de los cambios

Vladímir Putin

Vladímir Putin, presidente de Rusia. Foto: EFE

17 de enero 2024

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No existe la democracia perfecta. No solo porque según Churchill es la peor de todas las formas de gobierno con excepción de todas las demás, frase que por lo general no ha sido tomada en serio. La verdad, no solo es una frase ingeniosa. La democracia, quería decir Churchill, siempre se está haciendo y, por lo tanto, nunca será suficientemente buena para todos. Si la democracia es perfecta no necesita cambios y si no necesita cambios se acaba la democracia pues la democracia vive de los cambios. La democracia, probablemente pensaba Churchill, es una forma de gobierno, pero es mucho más que eso. Es una forma de vida que permite la contradicción, o sea, hablar en contra, aunque ese hablar en contra sea en contra de la propia democracia.

La “otra” democracia

También podríamos entender a la democracia como un conjunto de libertades y derechos constitucionalizados estatuidos sobre la base de las instituciones —valga la tautología— democráticas. Y no por último, en un sentido etimológico, democracia es definida como el gobierno de un pueblo que elige a sus representantes. En tono republicano, democracia es un sistema político que garantiza la división de los poderes en el Estado: un Ejecutivo elegido en elecciones libres y soberanas, un Legislativo, formado por representantes directos del pueblo, y uno Judicial formado por notables acreditados. Para repetir a Churchill, es la mejor forma de gobierno que se ha dado hasta ahora la humanidad pues permite —digamos en clave kantiana— la transición que se da entre una nación en estado prepolítico a una nación políticamente constituida.


Ahora bien, si intentáramos medir el avance de la democracia con un compás historiográfico, podríamos decir que esa transición de la no democracia a la democracia está muy lejos de haber cristalizado a nivel mundial —basta contar los países representado en las Naciones Unidas— y, por lo mismo, la revolución democrática, tal como la entendía desde una perspectiva macro histórica Claude Lefort, está lejos de ser un hecho histórico irreversible.

Siempre las democracias, pese a sus avances, han sido minorías. Sin embargo, han logrado imponer su hegemonía, sobre todo en las instituciones internacionales. La Carta de los Derechos Humanos, las declaraciones de principio de las Naciones Unidas, y las organizaciones regionales como la UE e incluso la OEA se rigen por estatutos que tienen indiscutible origen democrático. Incluso, no pocas dictaduras se denominan a sí mismas democráticas, dejando sí muy claro de que se trata de “otra democracia”, “una democracia superior”.

Desde Xi Jinping hasta Díaz-Canel los dictadores nos hablan de esa “otra democracia” basada en la comunicación directa de un partido que nadie ha elegido pero que se asume como representante del pueblo, con el gran líder elegido por ese mismo partido. Hasta Putin, quien no cesa de repetir que la guerra de invasión a Ucrania fue hecha para democratizar (“desfascistizar”) al vecino país, escenifica remedos de elecciones en las que los candidatos de “oposición” son cuidadosamente elegidos desde el Gobierno, algo que intentan copiar, aunque con más dificultades, autócratas como Ortega y Maduro en América Latina.

El retorno de la bipolaridad

Se comprende entonces por qué las democracias sufren ataques permanentes de los regímenes antidemocráticos. Las antidemocracias, al mismo tiempo, se han visto obligadas a aceptar la hegemonía política democrática, ven en las democracias un peligro externo e interno, hasta el punto de que cualquiera proclamación de la ONU a favor de los derechos humanos es considerada por los jerarcas de la dictadura china, entre otras, “como una inadmisible intromisión en los asuntos internos de las naciones”. Si tomamos en cuenta esta realidad, podemos entender por qué hemos afirmado que, a partir de la invasión rusa a Ucrania y la posterior consolidación de un eje militar formado por Rusia, China, Corea del Norte, e Irán, está teniendo lugar un levantamiento global en contra de la democracias, cuyos blancos son preferencialmente Estados Unidos, las democracias europeas y las democracias del sur y del este asiático.

Según Putin, quien ha convertido a Rusia en vanguardia militar de la contrarrevolución antioccidental, se trata de terminar con el antiguo orden mundial para sustituirlo por un orden multipolar, tripolar en esencia, donde Irán pretende erigirse en la fuerza rectora del mundo islámico, Rusia como el poder militar más desarrollado que haya conocido la historia, y China como la primera economía mundial del globo, en condiciones de dictar líneas políticas al resto del mundo. Alrededor de ese eje, los tres grandes intentan vincular a subpotencias regionales (potencias emergentes las llaman) como Brasil, Sudáfrica e India, y más abajo a republiquetas “socialistas” como Cuba, Nicaragua, Venezuela, y más abajo todavía, a cofradías africanas corruptas que esquilman a su pueblos para luego presentarse como víctimas del “orden económico mundial”.

No es casualidad que la inmensa mayoría de las naciones que Xi y Lula pretenden vincular a BRICS son regidas por horripilantes dictaduras. El Sur Global es una versión ideológica pálida del antiguo Tercer Mundo, desposeída del ímpetu anticolonial y del romanticismo antiimperial que caracterizaron a los tiempos de Mao o Nehru. Todo lo contrario. Lo que intentan Putin y Xi es subordinar a diversas naciones a nuevas formaciones imperiales representadas hoy día por el trío Rusia, China, Irán.

La democracia se encuentra siempre en tensión con las antidemocracias, tanto al interior como al exterior de los diversos países que han llegado a merecer el nombre de democráticos. Debe ser, sin embargo, hecha la diferencia entre las tensiones que se dan entre regímenes de distinta naturaleza política, con las que se presentan frente a coaliciones globales de carácter antidemocrático. En ese sentido, no cabe duda de que a partir de la invasión rusa a Ucrania del 24 de febrero de 2022, el occidente político se enfrenta por segunda vez a un bloque global cuyo objetivo es demoler las hegemonías que ejercen los países democráticos.

Visto así, el nuevo orden mundial que no se cansan de anunciar representantes y simpatizantes de las dictaduras globales, no apuntaría, según palabras de Putin, a terminar con la unipolaridad norteamericana y a sustituirla por un mundo multipolar, sino al retorno a la bipolaridad que caracterizó al periodo de la Guerra Fría, aunque bajo condiciones históricas completamente diferentes. A un lado, la alianza entre las naciones democráticas, principalmente las norteamericanas (EE. UU. y Canadá), las europeas organizadas en la UE, y las sudasiáticas, más uno que otro Gobierno latinoamericano. Al otro lado, el bloque chino-ruso-iraní, actuando como coordinador de las naciones antidemocráticas del globo. Un choque de trenes, dirán algunos. Ojalá fuera solo de trenes, pensamos aquí.

A primera vista, las dos contrarrevoluciones mundiales antidemocráticas se parecen mucho entre sí. Por de pronto, el país detonante es el mismo: Rusia. Del mismo modo ambos levantamientos cuentan con fuertes apoyos al interior de cada país occidental. Pero hasta aquí llegan las semejanzas.

La revolución rusa de 1917, y esta es la principal diferencia, fue vista por millones de apasionados comunistas como la primera revolución antimperialista y anticapitalista mundial. Esa fue la teoría que permitió a Stalin, en nombre de la URSS, convertir a Rusia en un nuevo imperio formado por tres zonas: Primero, la zona colonial propiamente tal, surgida de ocupaciones militares en la mayoría de los países del Caúcaso y del Asia Central. Segundo, la zona de dominación, vale decir, la enorme cantidad de países europeos del Este que logró apropiarse (entre ellos Ucrania cuya independencia fue lograda durante Lenin en 1921). Esas fueron las llamadas “democracias populares”. Tercero, la zona de influencia geopolítica que logró cubrir un gran espacio del Oriente Medio (Egipto, Turquía, Irak, Libia, Yemen, Siria, entre otros) y no por último en Italia, Francia, Grecia, donde los partidos comunistas prosoviéticos —antes de que se “aburguesaran” gracias al “eurocomunismo”— llegaron en algunos países a convertirse en primeras mayorías electorales. Ahora bien, este es, países más, países menos, el imperio que intenta restaurar Rusia bajo Putin. Por lo demás, lo ha dicho el mismo: la guerra a Ucrania es “solo el comienzo”.

Por cierto, el hecho de que el imperio ruso de Stalin llevaba a cabo su política de anexiones a mano armada en nombre de un futuro luminoso llamado socialismo (un proyecto occidental, por lo demás) y de que la iniciada a partir de la devastación de Ucrania sea hecha en nombre de un pasado premoderno, prepolítico, preoccidental como es el de Putin, no parece preocupar a las autocracias de izquierda latinoamericana y a las agrupaciones surgidas de la izquierda europeas como a los socialistas de Melenchon, al casi exPodemos de Iglesias, y al partido social nacionalista y putinista de Sahra Wagenknecht —injerto muy alemán sobre el que pronto escribiré—. Pues bien; lo fundamental para esos residuos ideológicos de la modernidad ya no es conquistar el futuro, sino, como ya ha anunciado Putin, reconquistar el pasado.

Si alguna vez nos detenemos, por ejemplo, a analizar seriamente el ensayo escrito o suscrito por Putin en 2021, en donde ya anunciaba la invasión a Ucrania (Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos) veremos que allí se encuentran contenidas todas las premisas del antioccidentalismo (leáse antidemocratismo) del pasado reciente. Todos los argumentos de Putin son “pasadistas”. Las naciones, en este caso Ucrania como miembro de la gran Rusia, no se definen por su condición política sino por condiciones geográficas, idiomáticas, culturales, religiosas e incluso, sanguíneas. La utopía de Putin —a diferencia de la de Lenin, Trotski e incluso de Stalin— yace escondida en el más remoto pasado imperial de su país.

En gran medida, el que representa Putin es un historicismo puesto de cabeza. Mientras el historicismo marxista que analizó Karl Popper en su siempre discutida La Sociedad Abierta y sus enemigos, el comunismo aparecía asegurado por un desarrollo casi biológico de una historia predeterminada, el nuevo orden de Putin hay que buscarlo en el remoto pasado imperial de Rusia. En un tiempo donde no habían constituciones ni leyes internacionales —por eso Putin se las pasó a todas por el aro— y en donde la razón de las armas prima por sobre toda razón política.

La democracia es la peor forma de gobierno, con excepción de todas las demás, significa, visto desde una perspectiva no historicista (ni progresista ni pasadista) que la democracia no es un objetivo determinado por la evolución o involución de los tiempos, sino una invención colectiva surgida de múltiples experiencias colectivas. Una invención que nos permite ser libres del y en el tiempo, libertad que a su vez solo puede estar asegurada por constituciones, por leyes, y, sobre todo, por las instituciones que las fundamentan. Por eso mismo, el orden que defendemos frente al avance de la barbarie antidemocrática del siglo XXl,  antes de ser liberal e incluso libertario, debe ser considerado como institucional.

Sin instituciones funcionando quedamos sometidos al arbitrio de masas libradas a sus propios deseos de posesión y destrucción (pensemos en las imágenes que nos llegan desde el Ecuador de hoy) o lo que suele ser su resultado: del aparecimiento de dictadores sangrientos amados por pueblos desinstitucionalizados. Esa es también la fina diferencia —la que puede llegar a ser muy importante en un futuro no tan lejano— entre los Gobiernos de China y Rusia. Mientras Xi es representante de un Estado despóticamente institucionalizado, Putin no es representante de nada; él es el estado despótico. Contra el primero, Xi, es (todavía) posible la política. Contra el segundo, Putin, —sobre todo después de Ucrania— solo es posible la guerra.

*Artículo publicado originalmente en el blog Polis: Política y Cultura.

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Fernando Mires

Historiador y escritor chileno. Profesor emérito de la universidad de Oldenburg, Alemania. Se diplomó como profesor de Historia y tiene estudios de postgrado en Historia Moderna. En 1991 recibió el titulo de Privat Dozent, el más alto grado académico que confieren las universidades alemanas.

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