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La futilidad del mal

Mientras la dirigencia israelí vea la entrada de Auschwitz tras cada caso de hostilidad palestina, no habrá solución. Lo mismo vale para los palestinos

Protestas por el conflicto entre Israel y Hamás y en favor de los palestinos

Personas de y con el Partido Comunista Revolucionario protestan por la implicación del gobierno estadounidense en el conflicto de Hamas e Israel en las calles de Harlem en Nueva York, Nueva York, Estados Unidos, 03 de noviembre de 2023. // Foto: EFE | Sarah Yenesel

Ian Buruma

4 de noviembre 2023

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En 2002, durante una visita a Ramala, el Nobel de Literatura portugués José Saramago comparó las condiciones de vida de los palestinos en Cisjordania con el exterminio de judíos en Auschwitz. Este extraordinario comentario provocó un escándalo internacional, pero Saramago afirmó que, como intelectual, era su deber «hacer comparaciones emocionales que sacudan a la gente para que comprenda».

Sin embargo, Saramago no fue el primero (y seguramente tampoco será el último) en condenar las acciones del Estado judío invocando el intento de la Alemania nazi de aniquilar al pueblo judío. En el último volumen de Un estudio de la historia (1961), el historiador británico Arnold J. Toynbee afirma que, a través del sionismo, «los judíos occidentales han asimilado la civilización gentil occidental de la peor forma posible. Han asimilado el nacionalismo y el colonialismo occidentales». En su opinión, «la confiscación de casas, tierras y propiedades de los 900 000 árabes palestinos devenidos refugiados» estaba «en el mismo nivel moral que los peores crímenes e injusticias que cometieron en los últimos cuatro o cinco siglos los conquistadores y colonizadores gentiles del Occidente europeo en ultramar».


Todas estas afirmaciones son absurdas: equiparar los crímenes del Occidente gentil con la «civilización gentil occidental»; dar a entender que la mayoría de los judíos europeos que emigraron a Israel eran nacionalistas, conquistadores y colonizadores, en vez de refugiados que huían de pogromos y genocidios; y tratar de establecer una equivalencia moral entre la confiscación de tierras y propiedades palestinas (por censurable que sea) y la violencia extrema de los colonizadores occidentales contra pueblos no occidentales. Sólo cabe esperar que Toynbee no estuviera pensando también en los crímenes de la Alemania nazi.

Aunque la historia está llena de matanzas masivas, no hay nada que se compare con el intento de los nazis de erradicar a todo un pueblo, sobre la base de una ideología racista grotesca. Equiparar eso con otras formas de violencia, ya sea por malicia o pura ignorancia, como cuando el congresista estadounidense Warren Davidson comparó la vacunación obligatoria contra la COVID‑19 con el Holocausto, no sólo es erróneo sino también destructivo. Esas comparaciones trivializan una y otra vez las atrocidades cometidas contra los judíos en las décadas de 1930 y 1940 y distorsionan nuestra comprensión de los acontecimientos actuales.

Aun así, han vuelto a usarse analogías con el Holocausto para describir los trágicos acontecimientos que tienen lugar en Gaza. En una conferencia de prensa conjunta con el canciller alemán Olaf Scholz, el primer ministro israelí Binyamin Netanyahu catalogó a Hamás como los «nuevos nazis». Señaló que «el salvajismo que hemos visto, perpetrado por asesinos de Hamás salidos de Gaza, equivale a los peores crímenes contra judíos desde el Holocausto».

No hay duda de que los comentarios de Netanyahu reflejan la opinión de muchos israelíes. He oído decir a un crítico israelí de Netanyahu que la situación actual es como la de 1940, y que la guerra contra Hamás es una «guerra contra el mal» que debe ganarse mediante la «eliminación total» del enemigo. Pero la horrible matanza de más de 1400 israelíes por parte de Hamás el 7 de octubre se parece más por su escala a un pogromo brutal que a la aniquilación casi total de la judería europea.

Que el despiadado ataque de Hamás haya conmocionado en lo más hondo a los israelíes es totalmente comprensible. La principal motivación para la fundación de Israel fue crear un refugio seguro para los judíos y dar protección a una minoría que padeció siglos de persecución. La popularidad de Netanyahu gira en torno de la promesa de evitar el asesinato de judíos. Y varias generaciones de líderes israelíes han invocado la idea de Israel como bastión contra un segundo Holocausto.

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Que los palestinos hayan tenido que sufrir por el deseo de los judíos de sentirse seguros en un Estado propio es una tragedia que ya David Ben‑Gurión, fundador del Israel moderno, había visto venir en 1919. Sólo dos años después del anuncio del apoyo del gobierno británico a la creación de «un hogar nacional para el pueblo judío» en Palestina, Ben‑Gurión observó: «No hay solución. Queremos que Palestina sea nuestra, como nación. Los árabes quieren que sea suya, como nación. No me imagino a un árabe mostrándose de acuerdo con que Palestina pertenezca a los judíos».

Desde entonces, ha habido mucha violencia, errores de cálculo y mala fe desde ambas partes. Lo mismo que Ben‑Gurión antes que él, Netanyahu cree que el conflicto no se puede resolver, sólo administrar. Pensó que podría mantener el control sobre los palestinos y garantizar la seguridad de Israel apelando a sembrar la división política entre los palestinos, extender los asentamientos judíos en Cisjordania y lanzar ofensivas militares periódicas en Gaza. Esta estrategia fue un fracaso rotundo, pero trazar paralelismos entre las acciones del gobierno israelí y las de la Alemania nazi es falaz y casi siempre expresión de antisemitismo.

Pero al mismo tiempo, la insistencia de la dirigencia israelí en presentar la guerra contra Hamás como un combate existencial entre el bien y el mal no hará más que empeorar las cosas. El mal es un concepto que pertenece a la metafísica, no a la política. Como dijo el propio Ben‑Gurión, el conflicto palestino-israelí es ante todo una cuestión de tierra y soberanía. Y esta clase de disputas demanda soluciones políticas.

Pero mientras la dirigencia israelí vea la entrada de Auschwitz tras cada caso de hostilidad palestina, no habrá solución que sirva, sólo valdrá la dominación total.

Lo mismo vale para los palestinos. Mientras se vea a los israelíes como malvados «colonos colonialistas» y se los compare con los nazis, ataques terroristas horribles como los del 7 de octubre se ensalzarán cual actos valientes y necesarios de resistencia. Ya con el ciclo traumático de violencia terrorista y venganza brutal es difícil que se alcance una solución política. Pero en el contexto de una guerra contra el mal, será imposible.

*Este artículo se publicó originalmente en www.project-syndicate.org

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Ian Buruma

Ian Buruma

Escritor y editor holandés. Vive y trabaja en los Estados Unidos. Gran parte de su escritura se ha centrado en la cultura de Asia, en particular la de China y el Japón del siglo XX.

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