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El compromiso con Samcam es no abandonar sus banderas

Que ni el dolor nos inmovilice ni el temor se apropie de nuestra moral de lucha

Roberto Samcam

Roberto Samcam, mayor del Ejército en retiro, en abril de 2019. EFE/Jeffrey Arguedas

Silvio Prado

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En la lucha contra la dictadura somocista nos repetían el mantra de que los días más tristes de la lucha no eran cuando caía un compañero, sino cuando no había nadie que lo relevara. El asesinato de Roberto Samcam nos interpela directamente a seguir su ejemplo, a llenar el vacío que ha dejado, a recoger sus banderas, a no quedarnos acalambrados por el dolor, por el estupor ni por el miedo. Si como advirtió Benedetti, nos quedásemos inmóviles al borde del camino y con el júbilo congelado para intentar salvarnos de la vocación criminal de la dictadura orteguista, nos convertiríamos en colaboradores por omisión de los asesinos. Sería como volver a matar a Roberto.

Conocí a Samcam hace muchas lunas por intermedio de Claudia, su esposa. Si al inicio fue como un cuñado, con el paso del tiempo se convirtió en bróder y después de 2018 en cómplice en la lucha contra la vulgaridad del orteguismo. Los encuentros en Costa Rica dejaron un poso denso de intercambios no ajenos a las bromas de las que nunca pudieron escapar ni siquiera las conversaciones más serias. En mi teléfono aún conservo su último mensaje de voz en el que antes de pasar a los temas de fondo subrayaba entre risas que lo hacía por jodedera, porque sabía que no me gustan ese tipo de mensajes. En esa ocasión me remitió su último escrito titulado “Antecedentes de abril”, una reconstrucción minuciosa de las crisis que anticiparon el estallido social de 2018, en línea de demostrar que si bien fue espontáneo no por ello fue casual.

Es imposible desligar la responsabilidad de la dictadura de asesinato de Roberto. Como repiten en las series policiacas, la dictadura tenía móviles, medios y oportunidades para cometerlo.

Entre los móviles del asesinato hay uno que denota su naturaleza política: mandar el mensaje al exilio (sobre todo el de Costa Rica) de que nadie está salvo, que la dictadura tiene brazos muy largos que pueden alcanzar a cualquiera en cualquier lugar del mundo. El propósito es el mismo de la represión persigue dentro de Nicaragua: que nadie se mueva, que nadie opine, que nadie piense, que cada uno se autorreprima como en los mundos distópicos. El desparpajo con que actuaron, a cara descubierta y a plena luz del día no fue casual. Pretendieron decirnos que todos estamos en la mira.

Hasta el 19 de junio de 2025 la represión transnacional del régimen operaba por medios encubiertos, incluso cuando se trató de otros atentados en Costa Rica y Honduras. Los medios (y los móviles) aparecían difuminados a pesar de que a las víctimas se les situara con claridad en el plano de la oposición política, y que ello remitiera a la dictadura como perpetradora. Pero en el caso de Roberto Samcam no fue así porque quisieron hacerlo así. Quisieron escalar el peldaño definitivo hacia regímenes terroristas que actúan más allá de sus fronteras en contra de sus adversarios, como hacen Putin, Netanyahu, Erdogan, Bin Salman y toda la pandilla de desalmados que utilizan los aparatos del Estado como instrumentos del asesinato selectivo.

Que todos estábamos en la mira ya lo sabíamos: quienes nos organizamos, tramamos cómo acabar con la dictadura, denunciamos y escribimos… quienes militamos en la antidictadura. Todos sabíamos que estábamos en alguna lista, en la lista de quienes contravienen el sagrado relato de los codictadores de que Nicaragua es el paraíso terrenal gracias a la supuesta segunda etapa de la revolución.

¿Cuál es la diferencia con el aquí y ahora? La diferencia está en la oportunidad. Si la dictadura se ha echado al monte es porque cuenta a su favor con varios elementos del contexto que abonan su sensación de impunidad: la maduración de una red de agentura que vino poniendo a punto en los últimos siete años. Esta red, con raíces en los años 70-80 había envejecido y perdido capacidad operativa. Otro factor es la comprobación de la fragilidad de los mecanismos de contrainteligencia de los servicios de inteligencia costarricenses. Los atentados en contra de otros exiliados mostraron la indetectabilidad de los agentes orteguistas y animó a los mandos en Managua a escalar sus acciones. El tercer factor conjuga tres elementos claves de la escena internacional: un mundo revuelto por la guerra en Ucrania y el genocidio en Palestina, el claro respaldo de sus aliados (Rusia y China) que la dan cobertura, y una crisis inédita de la democracia y de los derechos humanos cada vez más desafiados con especial gravedad en Estados Unidos por la deriva autoritaria de la Administración Trump.

Este escenario, que ha envalentonado a la dictadura, les hizo pensar que podía salirles gratis mandar a asesinar a una persona que no representaba otro peligro que no fuera el daño político. Con ello traspasó una línea roja que podría salirles caro si las investigaciones prueban que se trató de un crimen planeado y dirigido desde Managua, porque obligaría a las autoridades costarricenses a reclamar la extradición de los autores materiales e intelectuales que obviamente la dictadura no concedería, lo que facultaría a Costa Rica a presentarse como Estado agredido y llevar el caso (si tuviese voluntad política) ante los tribunales internacionales. Si esta vía no prosperase, sería el turno de la justicia universal para abrir un juicio en los tribunales españoles por haber sido Samcam y su esposa nacionales de España.

No importa dónde se abriese esta causa judicial, si San José, Madrid o La Haya; el sólo hecho de que un juzgado se declare competente para conocer el asesinato de Roberto Samcam sería un mensaje en sentido contario del marco de impunidad en el que ahora mismo se amparan los codictadores, y el primer paso para hacer justicia a Roberto para honrar su memoria. Los otros pasos nos corresponden a nosotros, a sus compañeros de lucha, nos toca recoger sus banderas y seguir haciendo más de lo que hacíamos en todos los campos antes del 19 de junio. Esto significaría hacer fracasar los móviles de la dictadura de acallar las voces críticas y desmovilizar a las organizaciones del exilio.

El mejor homenaje que podemos rendir a Roberto Samcam será no cejar en nuestro empeño de devolver la libertad y la democracia en Nicaragua. Que ni el dolor nos inmovilice ni el temor se apropie de nuestra moral de lucha.

Seguro que, en el éter, donde se encuentra su energía, al leer estas líneas estará diciendo con esa irreverencia suya, con voz grave y socarrona: “Sólo mates sos, broder”.

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Silvio Prado

Silvio Prado

Politólogo y sociólogo nicaragüense, viviendo en España. Es municipalista e investigador en temas relacionados con participación ciudadana y sociedad civil.

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