15 de febrero 2026
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Cuando una sociedad vive pendiente del último litro de gasolina, el problema deja de ser energético para volverse político, moral y humano
Personas iluminan un pasillo con un teléfono en La Habana (Cuba). EFE/ Ernesto Mastrascusa
Las gasolineras están en el centro de las preocupaciones de los cubanos. A la par que los apagones se hacen más largos y frecuentes, las colas frente a los servicentros crecen como una mancha de aceite.
Autos apagados bajo el sol, motoristas sentados en la acera, choferes que calculan cuántas horas, o días, quedan por delante para comprar combustible. En ese paisaje de tanques vacíos y paciencia forzada se siente con fuerza el colapso energético que hoy se instala en la vida cotidiana de Cuba.
La parálisis se extiende por todos lados. Ómnibus que dejan de circular, ambulancias que deben priorizar emergencias extremas, camiones que no llegan a tiempo con los alimentos. La escasez de petróleo ha ido cerrando el cerco alrededor de la economía doméstica y de los servicios básicos.
Ante la caída en la llegada de buques petroleros, tras la captura de Nicolás Maduro y el aumento de las presiones de Washington, las autoridades han establecido un “programa de reorganización” que recorta desde el horario docente hasta las actividades culturales.
En los hospitales se reprograman cirugías y se cancelan consultas especializadas, en las casas se echan a perder los alimentos, en los edificios altos el ascensor se vuelve un recuerdo lejano y el bombeo de agua se dificulta aún más.
Las principales avenidas de La Habana se han ido quedando con apenas tráfico de vehículos, las colas frente a los cajeros automáticos se multiplican y en los ministerios los empleados han sido advertidos de que las actividades laborales se reducirán al mínimo. El país ha entrado en modo “crisis profunda”.
Desde el poder, la respuesta ha sido una apelación reiterada a la resistencia. “Vamos a vivir tiempos difíciles”, advirtió la pasada semana Miguel Díaz-Canel, como si esa frase pudiera preparar a la gente para un mayor agravamiento de la situación.
Los cubanos llevamos años viviendo tiempos muy duros, pero ahora la penuria toca infraestructuras esenciales y deja al descubierto la fragilidad extrema del país. No se trata de una avería puntual ni de un bache pasajero, sino de un sistema energético envejecido, mal gestionado y que, desde enero pasado, se ha quedado sin el crudo venezolano.
Caminar hoy por barrios como Centro Habana, el Cerro o San Miguel del Padrón es un periplo por una ciudad paralizada. La ausencia casi total de ómnibus públicos empuja a la población hacia el transporte privado, casi el único medio disponible.
Los costos de moverse entre un municipio y otro se han disparado debido a la escasez de gasolina y el transporte de mercancías hacia los comercios también enfrenta muchos tropiezos. Los pocos servicentros que siguen brindando servicio solo venden en dólares, una moneda extranjera que llega a la Isla, mayoritariamente, a través de las remesas.
La falta de combustible ha dejado de ser una coyuntura para convertirse en un modo de vida impuesto. No solo se apaga el motor de los autos: se apagan los proyectos, el trabajo, la movilidad y hasta la conversación pública, reducida al cálculo de si mañana habrá combustible.
Cuando una sociedad entera vive pendiente del último litro de gasolina, el problema deja de ser energético para volverse político, moral y profundamente humano.
*Este artículo se publicó originalmente en Deutsche Welle (DW).
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Filóloga y periodista cubana, apasionada por la tecnología. Es conocida por su blog Generación Y, en el cual hace una descripción crítica de su país. Su blog es un símbolo de libertad de expresión y del uso de la red como vitrina para narrar las realidades de la isla.
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