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Cómo democratizar la IA

Tanto si la consideramos milagrosa o meramente útil, subsiste la pregunta: ¿cómo podemos asegurar que sus beneficios estén al alcance de todos?

Imagen de archivo de un robot en una edición del Festival Digital de Bruselas. Foto: EFE/Javier Albisu/Archivo

/ Charles Gorintin

10 de febrero 2024

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El veloz avance de la inteligencia artificial inspira asombro y temor a un mismo tiempo. Muchos la ven como objeto de maravilla y pavor (un stupor mundi, tomando prestada una frase latina), y otros creen que puede ser una fuerza benévola de salvación (un salvator mundi). Pero tanto si la consideramos milagrosa o meramente útil, subsiste la pregunta: ¿cómo podemos asegurar que sus beneficios estén al alcance de todos?

Para responderla, necesitamos comprender la IA con todos sus matices, lo cual implica evitar una serie de visiones simplistas: el funcionalismo, según el cual los seres humanos deben adaptarse y mejorarse para estar a la altura del avance tecnológico; el sensacionalismo, que describe a la IA como una amenaza existencial; el cinismo, en el que se busca explotar la IA en provecho propio; y el fatalismo, que implica la resignación ante el ascenso inevitable de la IA.


Lo que todas estas miradas pasan por alto es que el futuro no está predeterminado. Adoptar el principio de verum factum (el saber mediante el hacer) es crucial para desarrollar una comprensión más profunda de las capacidades y consecuencias de la IA.

Para evitar que una minoría se apropie del potencial transformador de la IA, hay que democratizarlo. Un acceso equitativo es fundamental para asegurar un reparto amplio de los beneficios del avance tecnológico y para que la IA actúe como una fuerza unificadora en vez de empeorar las divisiones de nuestras frágiles sociedades.

Los beneficios potenciales son enormes. En los noventa, Joseph Stiglitz observó que “cualquier niño con conexión a Internet hoy tiene acceso a más conocimiento que los niños de las mejores escuelas de los países industriales hace un cuarto de siglo”. Democratizando el acceso a la IA, podemos dar a los niños de hoy la capacidad de relacionarse con las mentes más brillantes de la humanidad en formas adaptadas a sus necesidades individuales.

Pero lograrlo depende de cómo formulemos la narrativa en torno de la adopción de la IA y de su impacto futuro. En vez de hacer grandes promesas, por ejemplo que “la IA resolverá el hambre mundial”, tenemos que concentrarnos en su capacidad para generar mejoras incrementales pero significativas en el día a día de las personas.

En este sentido, el veloz aumento de las capacidades de la tecnología y la veloz reducción de sus costos ofrecen nuevas oportunidades para la aplicación de modelos en menor escala y para que usuarios individuales puedan crear soluciones de IA personalizadas (como en la libertad y creatividad de los primeros días de Internet). Por ejemplo, hace apenas dos años, el principal modelo de IA de código abierto era el OPT‑175B de Meta. Hoy uno de los principales modelos de código abierto, el Mistral 7B, es cuarenta veces más pequeño, al menos cuarenta veces más barato en términos de operación, y supera a su predecesor. Cabe señalar que fue desarrollado por una empresa con sólo dieciocho personas.

Y esto es sólo el inicio. La IA está experimentando su propia versión de la Ley de Moore; esto sienta las bases para una adopción veloz, similar a la difusión del teléfono y de la televisión. Este proceso acelerado exige prestar más atención al desarrollo de aplicaciones prácticas y la mitigación de riesgos, en vez de pensar solamente en la reducción de costos.

El ascenso de la IA es un arma de doble filo. Puede ser un gran igualador, o causa de división, según cómo se la aplique y quién la controle. Igual que las revoluciones tecnológicas previas, promete crear nuevas oportunidades de empleo, al tiempo que amenaza con eliminar puestos de trabajo actuales. Un informe reciente del Fondo Monetario Internacional resalta este punto, al advertir de que la IA puede generar una divisoria creciente entre las personas versadas en tecnología, que estarán en buena posición para cosechar los beneficios económicos de la innovación, y las que corren riesgo de quedar rezagadas.

Pero nuestra comprensión de estas tecnologías debe tener en cuenta sus complejidades y el poder del ingenio humano. Desarrollando y promoviendo sistemas de IA que generen mejoras significativas en servicios esenciales (sobre todo en regiones desfavorecidas) podemos asegurar una distribución amplia de sus beneficios. Para lograrlo, la aplicación de la IA debe tener como objetivo explícito reducir las desigualdades actuales.

Al mismo tiempo, hay que señalar que lo más probable es que la IA aumente el excedente general de los consumidores, al reducir los costos de ciertos servicios. Para garantizar el acceso de la mayoría a estos beneficios, se necesita una estrategia bipartita: habilitar el aprovechamiento individual de este valor en el nivel local y al mismo tiempo redistribuir las mejoras generales entre quienes no tengan acceso a ellas.

Por eso, aumentar la accesibilidad de la IA es a la vez factible y fundamental. Para poner estas tecnologías al servicio de la solución de problemas sociales apremiantes, es crucial identificar áreas concretas en las que la IA pueda hacer un aporte sustancial, por ejemplo atención de la salud, educación, sostenibilidad ambiental y gobernanza. Pero para una correcta fijación de prioridades y la puesta en práctica de soluciones tecnológicas se necesita un esfuerzo concertado. El concepto de usar la IA para el bien debe integrarse en las estrategias de las instituciones de desarrollo y de los organismos multilaterales.

Pero antes, el debate global en torno de la IA debe pasar del “¡guau!” al “qué” y al “cómo”. Es hora de trascender la mera fascinación con esta nueva tecnología y empezar a identificar los desafíos que puede encarar y a formular estrategias para su integración a los sistemas educativos y sociales de todos los países, desarrollados y en desarrollo por igual. Preparar a la sociedad para un futuro potenciado por la IA demanda más que innovación tecnológica; hay que establecer marcos éticos, actualizar la formulación de políticas y promover la alfabetización en IA en todas las comunidades.

Mientras atravesamos la fase “stupor mundi” de la IA, cautivados por sus capacidades aparentemente mágicas, no debemos perder de vista jamás el hecho de que sus efectos dependerán de cómo la usemos. Según las decisiones que tomemos hoy, la IA puede beneficiar y enriquecer a unos pocos o convertirse en una fuerza poderosa para el cambio social positivo. Para hacer realidad la promesa de un salvator mundi, tenemos que poner estas nuevas tecnologías al servicio de crear un futuro mejor y más inclusivo para todos.

*Artículo publicado originalmente en Project Syndicate.

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Bertrand Badré

Exdirector gerente del Banco Mundial. Es director ejecutivo y fundador de Blue like an Orange Sustainable Capital y autor del libro ¿Can Finance Save the World? (¿Pueden las finanzas salvar el mundo?).

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