El rezago de Nicaragua, ocho años después, detrás de Centroamérica
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Mientras la ilusión de una supuesta intervención de EE..UU. inunda la mente de la “oposición”, la mayoría exige rendición de cuentas a Rosario Murillo
La “copresidenta” Rosario Murillo habla con los medios orteguistas tras un acto oficial en Managua, el 23 de febrero de 2026. | Foto: CCC
Los nicaragüenses no están satisfechos con el estado de su vida bajo un estado policial. No se perciben libres ni en buen estado económico. La intención de migrar se mantiene igual que en los últimos tres años y las condiciones económicas no cambian. Rosario Murillo sigue llevando al país por el mal camino, y la presión por el cambio es urgente. Esta presión comienza con el rendimiento de cuentas y la demanda de reconfigurar la situación actual por parte de los nicaragüenses y de la comunidad internacional.
La dictadura de Murillo y su familia dan la impresión de que el crecimiento económico del Gobierno se traduce en bienestar para los nicaragüenses. Pero los mismos números muestran otra realidad. Aparte de la forma en que el Gobierno invierte en actividades que benefician a un círculo pequeño (construcción y obras públicas como carreteras con poco enlace productivo, pero ejecutadas por sus socios), el ingreso per cápita del nica promedio no ha crecido sustancialmente (de USD 2000 a USD 2700 entre 2018 y 2025), y esto se debe al boom de las remesas. Hay menos empleo formal y mayor informalidad, y se traduce en menos ingresos.
El perfil económico del nicaragüense de la calle es sombrío: ingresos del hogar menores a USD 300 (USD 500 para receptores de remesa), menos de la mitad puede ahorrar y poco (USD 500 o tres meses de reserva), y 40% está endeudado, en su mayoría en consumo. Es un panorama difícil en un país donde más de la mitad de los jefes de hogar son mujeres que se quedan a cuidar a sus hijos y tienen pocas opciones para mejorar su calidad de vida.
Un análisis comparativo de consultas de opinión a nicaragüenses en Nicaragua muestra que el estado de malestar es generalizado (encuesta a 500 personas en once ciudades del país en centros y plazas comerciales y mercados, con un margen de error de 5.2%). Su percepción de la situación económica no es positiva y ha empeorado en los últimos años. Los ingresos crecieron poco a pesar del aumento del costo de vida. Y la opinión del ciudadano se refleja claramente. Casi la mitad (44%) piensa que el país va en la dirección equivocada, un porcentaje mayor que en 2024, y esto sin considerar que la gente evita expresarse por temor y que uno de cada cuatro se reserva la opinión—pero hay una razón: no se sienten en libertad de hacerlo.
Pero cuando se trata de lo estrictamente económico, no hay vuelta de hoja, la gente refleja su resistencia porque el malestar económico es político, depende de quién está a cargo del país, y esa es la Chayo Murillo. De la misma forma, casi la mitad de la gente cree que la situación económica está peor. La gente no se queda callada y, entre quienes creen que las cosas están mejor, la caída es fuerte.
Ciertamente, lo económico abruma a la gente; es el principal problema del país y lo ha sido de manera consecutiva, con excepciones durante la crisis política entre 2018 y 2020. Pero cuando profundizaron la represión y junto al covid-19, la economía se descompuso y provocó una salida migratoria, producto del mal manejo de la situación por parte de Ortega.
Pero han pasado ocho años y ahora la que está a cargo, que quería el ‘traspaso’ del poder solo en sus manos, no tiene excusa ante la situación del país. La gente lo vive y sabe que la situación económica, ya sea por inflación, desempleo o malestar general, es lo que apremia. También resienten que la inseguridad ha crecido, en el país en el que la policía se congraciaba con tener el país más seguro de la región.
Esto no es una cuestión macro; el nicaragüense promedio la ve y vive difícil.
Esas dificultades se reflejan de manera continua en la intención de migrar. Prácticamente uno de cada 20 hogares quiere irse del país; eso equivale a más de 250 000 miembros de hogares, un número parecido a 2019. La razón que dan es económica: el 80% dice que quiere irse para mejorar su situación laboral u obtener mejores ingresos. Esta intención de migrar es similar a la de otros países de la región; se mantiene aún a niveles anteriores a las restricciones migratorias y al alivio humanitario. Si las circunstancias empeoran, la gente se va a ir; no importa que estén cerradas las puertas: nadie tomó en cuenta que, durante el período pos-covid-19, Estados Unidos mantuvo la política de restringir la entrada a personas como asunto de emergencia sanitaria (T-42), previniendo la entrada, pero la gente siguió llegando.
Frente a todo esto, lo económico también es político y la gente sabe que no vive en plena democracia ni con libertad. Un poco más del 70% de los nicaragüenses piensa que no vive en libertad o que vive parcialmente libre.
El 30% cree que vive plenamente libre, pero estos también son los que viven económicamente mejor y no necesariamente los que reciben remesas: no hay correlación entre la percepción de libertad y la cantidad de remesas recibidas. Pero sí hay relación entre sentirse libre y tener más ingresos que el resto.
Murillo no solo importa mercancía china y se endeuda con ellos, sino que también ha replicado el modelo político chino en Nicaragua: “¡Con tal de que no hablés, pero ganés bien, te vas a sentir libre!”.
De hecho, los datos constatan que quienes no se sienten libres son los únicos que creen que el país está mal, que va en la dirección equivocada o que las cosas están peor. Este sentido de privación de la libertad se manifiesta muchas veces en la falta de respuesta a temas políticos; sin embargo, bajo ciertas circunstancias, la gente habla y se expresa porque es su forma de hacer resistencia y dejar constar que a ellos no les parece esta situación, pero es lo que hay: libertad condicionada.
Mientras el ciego entusiasmo de una intervención inminente de Estados Unidos contra Murillo inunda la mente de la “oposición”, en pleitos en que persiguen su propia cola, formándose fantasías sobre el momento en que ocurra y los llamen para “el día después”, hay estupor ante la situación actual.
Sin embargo, la realidad política y económica es clara, y el punto de partida empieza con la demanda de rendición de cuentas de la codictadora, porque ella es quien manda, controla, reprime y explota. Los grupos en el exilio deben reconciliar sus aspiraciones políticas con la realidad que viven los nicaragüenses, y con sus expectativas propias para abogar mejor por las demandas.
Murillo ha ocultado la situación económica; se esconde en las faldas del FMI (a quien nadie le creyó su cuento) para pretender que la economía está bien. El FMI no presenta datos económicos, no rinde cuentas sobre el gasto y la inversión públicos, sobre la falta de transparencia en la otorgación de contratos a sus empresas “favoritas” o sobre por qué la tasa de rendimiento escolar y universitario no mejora. La gente está molesta de nuevo.
Exigir el rendimiento de cuentas está en manos de todos: los medios, la sociedad civil, la diáspora, los exiliados, los opositores, la empresa privada extorsionada, los Estados Unidos (cuyos intereses económicos representan la mitad del ingreso nacional), la comunidad internacional con la que Murillo tiene responsabilidades, y los mismos pro-Sandinistas que son testigos de la corrupción.
Las exigencias de hacer rendir cuentas a Murillo son claras (y los otros miembros de la troika de las tiranías ya están haciendo su parte):
Todo el que quiera una mejor Nicaragua, volver a su tierra, tener mejores vínculos con ese país, disfrutar de libertad plena, tiene la opción de la rendición de cuentas, y la alianza democrática empieza con estas demandas mínimas. La mitad de Nicaragua nació después del siglo XXI; su gente tiene otras expectativas y la memoria del pasado está en otros tiempos, pero su descontento sigue presente, creciendo y expandiéndose.
Estas demandas pueden ser coordinadas con los países amigos, Estados Unidos, los miembros del SICA que han aislado a Nicaragua, España y la Unión Europea, el Vaticano, así como con las cuatro plataformas que se presentan como oposición.
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Politólogo nicaragüense. Director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo de Diálogo Interamericano. Tiene una maestría en Administración Pública y Estudios Latinoamericanos, y es licenciado en Relaciones Internacionales. También, es miembro principal del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, presidente de Centroamérica y el Caribe en el Instituto del Servicio Exterior de EE. UU. e investigador principal del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional en la Universidad de Georgetown.
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