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Aspiraciones compartidas

En un lapso de tiempo muy corto, los Estados Unidos dejaron de ser un refugio seguro para quienes huyen de un régimen violentamente represivo.

Huelga general en solidaridad con Minneapolis

Manifestantes durante durante una protesta nacional contra las operaciones de control migratorio, en Nueva York, 30 de enero de 2026. //Foto: EFE

Dora María Téllez

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Una noche de septiembre de 1927, una patrulla de marinos estadounidenses perteneciente a las fuerzas militares estacionadas en Nicaragua, irrumpió en un hotel en la ciudad de León y capturó al general José Ramón Téllez, uno de los líderes liberales del Ejército Constitucionalista, conduciéndolo posteriormente a la capital, Managua, y enviándolo al exilio en la vecina Costa Rica.

El general Téllez, mi abuelo, era para entonces jefe político de la ciudad norteña de Ocotal en virtud de los acuerdos suscritos por José María Moncada, jefe del ejército liberal y Henry L. Stimson, representante del presidente Calvin Coolidge, cuya misión era asegurar una solución aceptable de la guerra civil que había estallado en 1926, luego de la salida de las tropas de los Estados Unidos establecidas en Nicaragua desde 1909. Con Stimson llegó un nuevo contingente de marines que no pudo impedir la derrota de los conservadores. El gobierno estadounidense cambiaba de aliado definiendo una transición supervisada del poder político a manos de los liberales. Mi abuelo fue acusado por un líder local conservador de ser agente del rebelde Augusto César Sandino. Regresaría de Costa Rica para incorporarse al gobierno liberal instalado en 1928.

Ni bien terminó la guerra constitucionalista, Sandino organizó la resistencia frente a la ocupación militar y la sujeción política y económica del país a los intereses estadounidenses. Siete años después, en 1934, se retiraron los marines dejando despejado el camino a Anastasio Somoza García, cabeza fundacional de una dictadura familiar que duró poco más de cuarenta y cinco años, derrocada por la revolución sandinista en tiempos del gobierno del presidente Jimmy Carter, que finalizó el respaldo que sucesivas administraciones habían otorgado al régimen de los Somoza.

Después de la etapa de aguda confrontación entre la revolución sandinista y la administración Reagan que espoleó financiera y militarmente la guerra civil, se abrió un período de relaciones estables, sin mayor conflictividad, entre Nicaragua y los Estados Unidos. Después, las relaciones se deterioraron nuevamente por la creciente presencia de seguridad rusa en el país, la posterior respuesta represiva y violenta del gobierno de Daniel Ortega a las protestas populares de 2018 y su sostenido discurso de animadversión hacia los Estados Unidos.

Mi generación ha estado marcada por esa historia de las relaciones entre Estados Unidos y Nicaragua y, también por otras historias comunes. A la juventud nicaragüense, nos llegó el eco de las luchas por los derechos civiles en los Estados Unidos, el derecho de las personas afrodescendientes a portar una ciudadanía plena, poniendo en reversa el racismo socialmente legitimado e institucionalizado. Compartimos la ruptura cultural de los años sesenta con sus ambiciones de paz mundial, fin del colonialismo y las dictaduras, búsqueda de justicia social, espíritu comunitario, solidaridad y ampliación de los derechos ciudadanos a todas las personas, sin excepción.

Fue, precisamente, en los años sesenta que despegó un flujo migratorio de nicaragüenses hacia los Estados Unidos en busca de trabajo. Décadas más tarde, centenares de miles de nicaragüenses llegarían, en dos grandes oleadas de exilio político y emigración económica, en busca de seguridad y oportunidades.

En territorio estadounidense viven nicaragüenses de varias generaciones, trabajando duro para solventar sus necesidades y apoyar a sus familias en Nicaragua. Para la mayoría de ellos, el ambiente se ha enrarecido. El Estatus de Protección Temporal (TPS) que acogió a víctimas del huracán Mitch en 1998 ha sido cancelado. El parole humanitario que la administración Biden concedió a casi cien mil nicaragüenses, desde 2022, como un mecanismo de protección a personas afectadas por la represión, ha sido revocado. Decenas de miles esperan resolución a sus solicitudes de asilo, haciéndoseles difícil demostrar “miedo creíble” —necesario para obtener ese estatus y establecerse plenamente en los Estados Unidos. ¿Cómo lograrlo si en las noticias que se difunden cada día apenas se refleja lo que sucede en Nicaragua?

Los relatos de la carencia total de libertades, de prohibición de los rituales religiosos extramuros, de persecución a sacerdotes, religiosas y pastores, de cárceles llenas de presas y presos políticos, de asesinatos de opositores más allá de las fronteras y de represión continuada, parecen ficción para quienes han sido ajenos al contacto regular con la realidad del país.

Cada semana, uno o dos vuelos llenos de nicaragüenses deportados desde los Estados Unidos arriba a Managua. Son personas capturadas por los agentes migratorios en sus vecindarios o centros de trabajo, haciendo sus compras semanales o desplazándose por la calle. En los centros de detención de la agencia migratoria de EE. UU., hay una defensora de derechos humanos, un ex preso político y muchos otros que participaron en alguna demostración pública en demanda de democracia en Nicaragua. En uno de ellos se encuentra la madre de un joven asesinado en 2018 por fuerzas policiales y parapoliciales con una resolución de deportación a punto de ser ejecutada. Esas personas corren riesgo de ser víctimas de una renovada persecución, secuestro, asedio o cárcel en Nicaragua.

Llegué a los Estados Unidos como exiliada. En 2023 se me impuso el destierro luego de veinte meses en confinamiento en solitario en las cárceles del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Una noche del mes de febrero fui llevada, junto a otros 221 presos y presas políticas, a abordar un avión que nos condujo a Washington. El gobierno nicaragüense ofreció nuestra excarcelación a la administración Biden, siempre que nos sacara del país. Antes de que transcurrieran veinticuatro horas de nuestra salida fuimos desnacionalizados y confiscados, acusados de ser agentes de los Estados Unidos, un país que, a solicitud de la propia dictadura, estaba abriendo sus puertas para hacer posible nuestra excarcelación. En un lapso de tiempo muy corto, los Estados Unidos dejaron de ser un refugio seguro para quienes huyen de un régimen violentamente represivo. El temor y la incertidumbre son las emociones dominantes entre la comunidad de nicaragüenses que tiene cerradas las puertas de su país para regresar en paz, sin arriesgar su libertad o su vida.

Similar situación pasan varios cientos de miles de migrantes de diversas regiones del mundo asoladas por la guerra, los conflictos militares internos, la pobreza extrema y hasta la hambruna. Su esperanza es evadir las capturas y deportaciones, a veces en medio de agresiones y frecuentemente contando con la solidaridad de sus vecindarios, confiados en que esta borrasca anti inmigrantes pasará. 

Al fin y al cabo, los Estados Unidos han sido una potencia no por haber invadido u ocupado militarmente países, establecido protectorados, amamantado y protegido dictaduras, sino por construirse, no sin grandes dificultades, como un crisol de culturas, razas y pasiones en permanente lucha por cada vez más libertades y derechos civiles. Los migrantes latinoamericanos han enriquecido la cultura de los Estados Unidos y contribuyen decisivamente a sus capacidades económicas.

La captura de mi abuelo, como relaté en el comienzo de este ensayo, no resultó en beneficio para nadie. El gesto de acoger a aquel grupo de presas y presos políticos, al cual pertenezco, para su excarcelación y de ofrecer seguridad y oportunidades para decenas de miles de mis compatriotas si lo fue. Encontramos en el pueblo estadounidense extraordinarias muestras de solidaridad con los nicaragüenses acosados por una dictadura y también, con quienes sufren en otras partes del mundo.  

Ahora que están en renovado impulso los modelos autoritarios en todas partes del mundo, coartando libertades y difundiendo mensajes de intolerancia y odio, en especial a quienes son percibidos como diferentes, encuentro viva en gran parte de los estadounidenses la aspiración de más democracia, más libertades y derechos plenos para todas las personas, sin excepción, las grandes banderas compartidas desde décadas atrás.

*Este artículo fue publicado originalmente en ReVista Harvard Review of Latin America.

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Dora María Téllez

Dora María Téllez

Excarcelada política nicaragüense. Fue desterrada y desnacionalizada por el régimen en Nicaragua. Ha sido comandante guerrillera, ministra de Salud, diputada del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), disidente del FSLN y fundadora del Movimiento Renovador Sandinista (MRS), historiadora, feminista y luchadora social.

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