De la mística al chantaje: La increíble y triste historia del 19 de julio
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Ese día me di cuenta de que los sueños podían cumplirse. Ahora que sueño de nuevo con un día como ese, sé que otra vez se cumplirán
Alfonso Robelo, Moisés Hassan, Daniel Ortega, Sergio Ramírez y Violeta Barrios de Chamorro, el 20 de julio de 1979, antes de su entrada a la Plaza de la República. // Foto: Archivo La Prensa | Cortesía IHM
Siempre necesito la calculadora para saber cuántos años han pasado desde el 19 de julio de 1979, el día que triunfó la Revolución Sandinista en Nicaragua. No puedo restar en el aire, o más bien sospecho que no me creo que sean tantos los años desde entonces: 47 dice la pantallita del teléfono.
Para no sufrir, ahora que una pareja usurpa hasta los buenos recuerdos de esos días, y la fealdad de sus almas es evidente en sus rostros, prefiero evocar el 19 de julio de 1979, como quien recuerda una historia de amor. La memoria de ese día sólo es comparable al momento en las películas en que dos amantes se encuentran tras años de buscarse y la música sube y el césped y el sol brillan como ecos de su felicidad.
Mientras nos encaminábamos hacia la zona alta de Managua donde estaban ya tomadas las oficinas de Somoza, su bunker, no sé cuántas veces me encontré con compañeros que pensaba muertos. Entre lágrimas y risas nos abrazábamos —ellos alzándome en el aire y girando conmigo—, incrédulos y exultantes.
Desde una terraza frente a ese famoso búnker, que invadimos deslumbrados, me quedé un rato viendo el paisaje de Managua: el lago y la cadena de volcanes a lo lejos. Sentí físicamente, en mis pulmones, en mi estómago, que mi país era mío de nuevo. Volvía de tres años de exilio y mis ojos apenas podían contener esa visión de triunfo y festejo que era volver a ver mi tierra y saber que éramos libres. Ese día terminaba una dictadura dinástica de 45 años.
Somoza tenía una habitación en el búnker: gran cama, un baño con bañera, y un inodoro con teléfono al lado. Chavalos guerrilleros, peludos y polvosos, recién llegados de las zonas de guerra, se turnaban para meterse a la bañera con todo y ropa. Otros, como yo, llamamos a amigos desde el baño de Somoza.
Entramos también a los grandes almacenes de armas y uniformes militares. De allí salí armada con una subametralladora Madsen y me cambié ropa en medio de una gran pila de los que, en el jolgorio, dejaban su ropa usada por las camisas y pantalones verde olivo nuevos.
Ahora que vuelvo a estar en el exilio, otra vez por amor a las ideas e ideales que encendieron ese día, recuerdo una escena en el aeropuerto de Managua: recuerdo a la chica en migración diciéndoles a quienes no llevaban pasaporte y llegaban del exilio, “no necesitan pasaportes, están en su país” —es irónico el contraste con lo que pasa ahora, que nos los quitan—.
Ese día me di cuenta de que los sueños podían cumplirse. Ahora que sueño de nuevo con un día como ese, sé que otra vez se cumplirán.
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Poeta y novelista nicaragüense. Ha publicado quince libros de poemas, ocho novelas, dos libros de ensayos, una memoria, y cuatro cuentos para niños. Su primera novela “La mujer habitada” (1988) ha sido traducida a más de catorce idiomas. Ganadora del Premio La Otra Orilla, 2010; Biblioteca Breve, de Seix Barral (España, 2008); Premio Casa de las Américas, en Cuba; Premio Internacional de Poesía Generación del ‘27, en España y Premio Anna Seghers de la Academia de Artes, de Alemania; Premio de Bellas Artes de Francia, 2014. En 2023 obtuvo el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el más prestigioso para la poesía en español. Por sus posiciones críticas al Gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo, fue despatriada y confiscada. Está exiliada en Madrid.
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