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A un año del destierro en EE. UU., la lucha por una nueva patria sigue

La convivencia política democrática significa suprimir la violencia política y el terror como fundamento del poder de la dictadura

Que la luz de Nicaragua no se extinga

9 de febrero 2024

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El 9 de febrero de 2023, el Boeing 767 de Omni Air International despegó con los primeros rayos del alba del aeropuerto Augusto Sandino de Managua hacia aeropuerto de Dulles, en Washington D.C. con 222 presos políticos expatriados. Yo era uno de esos excarcelados. Después de la emoción del despegue cantando el Himno Nacional, y una vez que el avión se estabilizó en vuelo, empecé a interrogarme sobre todo lo que implicaba el destierro: ¿Cuáles serían las primeras acciones que tomaría al aterrizar? ¿Cómo me comunicaría con mis hijos? ¿Cómo iba a conseguir el teléfono de mi hermano gringo, Randy? ¿Cómo restablecería el contacto con posibles fuentes de empleo que había contactado desde la cárcel? Esto último, porque yo estaba seguro, que pronto íbamos a conquistar nuestra libertad.

Mi principal preocupación era cómo contactarme con mis hijos. Esta interrogante fue resuelta por la colaboración de Ana Quirós que había llegado de Costa Rica a Washington y que, por propia iniciativa, había conseguido los teléfonos de mis hijos en Canadá y Nicaragua. La otra llamada importante, con información sobre mis hijos, la recibí de parte de Edipcia Dubón. Fueron instantes mágicos de euforia, encanto y alegría. Ya en mi cuarto de hotel, después de darme un baño (por primera vez podía ver mi cuerpo bajo la luz porque nos bañábamos en completa oscuridad) empecé a recibir numerosas llamadas de familiares, amigas y amigos desde Nicaragua, Alemania, Costa Rica y de exiliados o refugiados que se encontraban en Estados Unidos.


En los días siguientes ya pude concentrar mis esfuerzos en pensar qué iba a hacer con mi vida en un país extraño y cómo iba a continuar la lucha. La respuesta racional-emocional no fue difícil. En un primer momento, mis esfuerzos se concentraron en buscar el sustento material para sobrevivir en un país caro y desconocido laboralmente; en segundo lugar, cómo hacer posible mi compromiso de buscar la unidad de todos los grupos opositores para continuar la lucha. Esto definitivamente implicó actualizarme sobre qué había pasado durante los 19 meses que permanecí en la cárcel para conocer de primera mano cómo marchaba el proceso de unidad.

La escalada represiva del régimen contra el pueblo de Nicaragua, los excarcelados, expatriados y desnacionalizados políticos, me obligó, necesariamente, a reflexionar sobre cómo actúa Ortega. Analicé su estrategia para destruir y neutralizar opositores. Esto me hizo recordar la máxima política del general prusiano Karl Von Clausewitz, quien fue el primero en plasmar la tesis que la guerra es un instrumento para alcanzar objetivos de poder. Para Clausewitz “la guerra no es más que la continuación de la política del Estado por otros medios”. Por tanto, este sería el objetivo básico de cualquier Estado, cuando la política falla, se recurre a la guerra.

Exactamente, eso fue lo que hizo Ortega, utilizó la guerra (represión abierta) para contener la protesta popular y los deseos de cambio político ante el cercenamiento de todas las libertades. Hoy Ortega no aplica la represión abierta, como lo hizo en 2018, pero si utiliza la política de manipulación, cárcel, amenazas, extorsión, chantaje, expatriación, confiscación, control de los poderes y de las instituciones del Estado para sostenerse en el poder.

En otras palabras, Ortega invirtió la máxima de Clausewitz, utilizando la política como continuación de la guerra por “otros medios”. Imponiendo su “paz” al pueblo nicaragüense, relativizando la aplicación del “Vamos con todo”, que significó la guerra total (represión total) contra la disidencia que lideró la protesta social.

Hoy impone su guerra a través de una política represiva de irrespeto a los derechos humanos, suspendiendo todas las libertades (expresión, movilización, reunión y organización); cancela partidos políticos; silencia medios de comunicación independientes; destierra disidentes; viola el principio de legalidad en los juicios contra opositores; arrebata la nacionalidad a todo aquel que considere su enemigo político; viola la Constitución; cercena la propiedad privada; se burla del debido proceso en los juicios políticos; elimina el derecho de participación de los disidentes políticos en los asuntos públicos y en el derecho de acceso a la función pública, etc.

Toda esta transmutación desde la guerra a la política represiva es, cómo muy bien dice Fernando Savater, imprimirle a la política “la violencia y el terror inscrito en su proyecto mismo”. Entendiendo, desgraciadamente, por “otros medios” los elementos señalados anteriormente para reprimir la protesta, los deseos de libertad política para construir una dinastía familiar corrupta a través de los medios del terror.

Desgraciadamente, la dictadura no entiende, en su ceguera absoluta, que el proyecto “revolucionario”, en este momento histórico, no consiste en construir, como un eterno Sísifo, otra dictadura familiar corrupta, que, en su desesperación por conservar el poder, vuelve a insertar al país en la lucha de los grandes poderes mundiales. Obviando que el verdadero proyecto “revolucionario” (transformador) implica construir una república donde se respeten la Constitución, las leyes y los procedimientos que permitan incluir en la vida económica, social y política de la nación al 80% de la población que vive con dos dólares o menos al día.

Por tanto, lograr estabilidad significa alcanzar la convivencia política que nos permita acumular trabajo y recursos, en esta y en las próximas generaciones, para poder dejar atrás el espantoso pasado de enfrentamiento, exclusión y atraso. Consecuentemente, transitar de la guerra a la política institucional, es decir, “suprimir la necesidad de la violencia y el terror como fundamento de la sociedad”. Así, lo que vivimos no es el desenlace de ninguna revolución conducida políticamente como opción a la guerra. Más bien, lo que Ortega quiere construir, es la refutación de todas las modalidades para hacer de Nicaragua un lugar decente donde vivir, dejando de ser nuestra historia un recuento de hechos violentos.

Es en ese contexto que se desarrolla la revolución ciudadana de abril de 2018, pretendiendo conquistar unas libertades políticas para iniciar una transición democrática como un perfil humanista (de respeto a la dignidad humana) en el área política para incorporar a la mayoría de los sectores del país al desarrollo y construir unas instituciones públicas razonablemente justas. Para finalmente, amar con seguridad los paisajes de nuestra infancia, nuestras costumbres que no entrañen “crueldad ni superstición” y para ver a nuestros vecinos como nuestra familia no como nuestros enemigos. Únicamente, con esa evolución humanista-política podremos apartarnos para siempre de las batallas, de las banderas ensangrentadas, de las consignas que nos demanden sacrificios últimos por nuestros jefes hasta que el partidismo enfermizo se convierta en algo tan aburridamente irracional que ya no nos despierte mayor interés. Espero que el sacrifico de los asesinados por la represión criminal y el sufrimiento de los presos políticos nos den los vigores suficientes para construir una patria nueva.

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José Antonio Peraza

Es politólogo y profesor universitario, con especialidad en proyecto de desarrollo y en sistemas políticos y electorales. Exmiembro del Consejo Político de la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB). Fue detenido por el régimen en julio de 2021 y desterrado a EE. UU. en febrero de 2023.

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