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La diversidad en la resistencia de la Rebelión de Abril

Nueve relatos de la resistencia: El acoso, la injusticia y la brutalidad del orteguismo que se ensañó con la comunidad LGBTI en 2018

La diversidad LGTBI en la Rebelión de Abril

/ Vanessa Cortés

7 de enero 2024

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Doce de junio de 2018. Masaya, Nicaragua. Una de esas largas noches, en plena Rebelión de Abril en contra de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua, se escucha una voz decir: “¡Buenas noches, comisionado Avellán! Todo mundo dice que los cochones somos cobardes, pero una vez más hemos demostrado la valentía de esta bella ciudad”.

De fondo se escucha la canción Pluma pluma gay, versión del dúo español Los Morancos.


El texto, leído a través de un megáfono portátil por un gay atrincherado en la ciudad de Masaya, era el séptimo mensaje nocturno que los ciudadanos que se habían levantado en protesta demandando democracia y justicia, le enviaban al jefe de la Policía Nacional del departamento de Masaya, comisionado Ramón Avellán. Le mantenían sitiado en sus oficinas junto a la dotación policial local, y a quien solo fue posible rescatar después de una sangrienta contraofensiva ordenada desde el búnker de Ortega y Murillo, en Managua, la capital.

Eran las noches en que Nicaragua sublevada, esperaba los mensajes que los masayas opositores al régimen, dirigían al jefe policial orteguista instándolo a rendirse. Si los cuatro mensajes iniciales estaban protagonizados por rebeldes a quienes solo podría identificarse como ciudadanos, y el quinto y el sexto mensaje estaban protagonizados por mujeres, la noche del 12 de junio de 2018 llegó el turno de la comunidad LGBTI.

Nicaragua se deleitó con los mensajes que una noche le enviaron los artistas, otra los músicos, y después los estudiantes, los niños, los artesanos, los médicos… hasta que llegó el turno a un integrante anónimo de la comunidad LGBTI, que le gritó: “Si Nicaragua es mi cuerpo, pues Masaya hoy más que nunca es mi corazón. En él siempre habrá palpitaciones de un cochón”.

“¡Viva Monimbó! ¡Viva la comunidad LGBTI de Nicaragua! ¡Viva Masaya! ¡Patria Libre para vivir! ¡Que se rinda su madre, comisionado Avellán, porque aquí los cochones estamos dispuestas (SIC) a volar verga! ¡Viva Nicaragua libre!”.

Ciudadanía, resistencia y activismo LGBTI

La ironía de aquel séptimo mensaje que usó el regionalismo nicaragüense cochones para llamar de forma peyorativa a los homosexuales, desafía el prejuicio muy extendido que supone que los hombres gais son, por definición, cobardes, y que las lesbianas son “valientes, marimachas”. Bajo esa lógica estereotipada y machista, ellos son incapaces de destacar por su arrojo en un conflicto por considerarse débiles y afeminados, mientras que ellas sí pueden ser fuertes, fornidas, agresivas, lo que en el imaginario colectivo sería un macho.

“La Rebelión de abril de 2018 generó graves violaciones a los derechos humanos de la población en general. No obstante, al ser una persona (del colectivo) LGBTI, existe doble o incluso triple discriminación porque primero te discriminan por ser de la comunidad LGBTI, pero también por ser una persona opositora política, y realmente sí se cometieron graves violaciones de derechos humanos en contra de estas personas”, aseguró el activista LGBTI Braulio Abarca, defensor de Derechos Humanos.

La diversidad LGTBI en la Rebelión de Abril

Ana Quirós, directora del Centro de Información y Servicios de Asesoría en Salud (CISAS), señala que Abril de 2018 “había un ensañamiento particular contra líderes LGTB, porque querían que sirviera como ejemplo para los demás. Muchos fueron acosados y violentados, incluso sexualmente. La violencia sexual se utilizó con las personas de la comunidad LGTB como una forma de castigo ejemplarizante”.

Quirós cita “el caso muy conocido del tranque de Tipitapa, donde Ezequiel Mendoza jugó un papel muy destacado y por eso lo asesinaron. Eso fue dirigido: no hubo otros asesinatos más que el de Ezequiel en esa acción de junio de 2018. Igual sucedió con Denis Madriz, que fue asesinado en una de las últimas movilizaciones permitidas por el régimen, donde también fue el único al que mataron ese día”.

El crimen de ser trans

Y si el régimen se ensañó con los presos políticos, el trato fue más cruel con los numerosos integrantes de la comunidad LGBTI a quienes encerró en sus cárceles con un brutal castigo simbólico: violentando su derecho de identidad de género y sexual. 

El régimen ingresó en celdas de hombres a mujeres trans para humillarlas, doblegarlas y exponerlas a la discriminación y violencia de otros reos, pero sobre todo de los agentes orteguistas.

Destaca especialmente el maltrato que dedicó a las personas trans, como ocurrió con Carolina Gutiérrez Mercado, conocida como “Sexy Carolina”, y con Kisha López.

El de “Sexy Carolina” es uno de los primeros ejemplos de trato discriminatorio por razones de identidad sexual. Ella fue la primera mujer transgénero en convertirse en presa política de la dictadura Ortega Murillo. El día de su arresto, ocurrido el 8 de julio de 2018, fue golpeada por oficiales de policía que le zafaron dos piezas dentales.

Su traslado a El Chipote y luego a la cárcel de varones ‘La Modelo’, no frenó los golpes ni las torturas psicológicas por causa de su identidad sexual, lo que se repitió día con día de cada uno de los diez meses que sufrió encierro, burlas y humillaciones por parte de las autoridades del penal.

Liberada en mayo de 2019, Carolina –quien vivía en extrema pobreza– se dedicó a lavar y planchar ropa ajena y a vender enchiladas. Falleció el 23 de abril de 2020 a causa de leucemia.

Kisha López es otra mujer transgénero que sufrió un doble ataque de odio en la cárcel ‘La Modelo’ adonde fue llevada por protestar en contra de la dictadura que detenta el poder en Nicaragua: la razón del primer ataque fue por haberse alzado en contra de Ortega y Murillo. La razón del segundo, es porque sus carceleros no soportaban su identidad de género y sexual.

Fue arrestada por expresar en un perfil en redes sociales su rechazo a la dictadura de Daniel Ortega. Edwin, su pareja, también fue encerrado por protestar en los tranques del departamento de Carazo. 

En prisión, sus carceleros la desnudaron para humillarla y hacerle sentir mal por ser una mujer trans: le golpeaban en el pecho y en las nalgas, a la vez que le decían: “Date cuenta que sos un hombre, no una mujer”. Kisha solo lloraba y oraba pidiendo fuerzas. Aunque fue condenada a 41 años de cárcel, al final fue excarcelada el 20 de mayo de 2019, luego de diez meses de humillaciones, no solo en la cárcel, sino incluso al comparecer ante una jueza del régimen.

Con los pantalones y las naguas bien puestas

Los meses en que la ciudadanía nicaragüense se rebeló con morteros caseros, demostraron que al momento de defender una universidad que estaba siendo atacada por paramilitares, o de tratar de impedir que las caravanas de la muerte entraran a los barrios, la orientación sexual o de género de la ciudadanía no hacía ninguna diferencia.

Dulce Porras, una mujer de 72 años que participó en la Rebelión de Abril brindando apoyo “con comida, con lo que fuera necesario”, señala que en los tranques [trincheras], “a nadie le importaba si eras gay, si eras lesbiana, trans... ¡lo que sea! Eso era problema de cada quien. El asunto es que allí estaban en la jugada todos por parejo: ahí nadie se rajó y nadie se corrió. Ninguno se puso a llorar. Ninguno”.

Al final, defiende que el comportamiento de los muchachos (y no tan muchachos, porque en los tranques hubo amplia representación de edades y géneros), fue “magnífico. No vi a nadie acobardado. Todos tenían los pantalones bien puestos y las naguas bien puestas. Todos eran simplemente mujeres y hombres luchando por sus ideales”.

Centenares de violaciones contra personas LGBTI y nueve testimonios

En Nicaragua, las agresiones en contra de la comunidad LGBTI son una realidad permanente que no se circunscribe a la Rebelión de Abril: según el Observatorio de Violaciones a Derechos Humanos de Personas LGBTIQ, elaborado por el Programa Feminista ‘La Corriente’ en colaboración con diversos colectivos que defienden derechos -incluyendo los de los cuerpos disidentes- del primero de enero de 2021 al 30 de junio de 2023, en Nicaragua se documentaron 136 casos en contra de la comunidad: 125 agresiones, cinco delitos de odio, cuatro suicidios y dos asesinatos.

Pero en los meses que siguieron a abril de 2018, cuando el régimen utilizó toda la violencia para enfrentar la demanda ciudadana, también se valió de las diferentes orientaciones sexuales o de género, para agredir física y sicológicamente a los miembros de la comunidad diversa.

Karla Laguna, mujer transgénero, fue golpeada brutalmente y apuñalada; Alexandra Salgado, persona no binaria,  fue amenazada con abusos y violación sexual, además de insultarla llamándole “puta” y “zorra”; Ninoska Ortega “por ser lesbiana” la acosaron, atacaron su relación y a su compañera de vida con el propósito de desestabilizarla. 

Tania Irías, la lesbiana que logró llevarse a su familia al extranjero, enfrentando el riesgo de que les detuvieran en el Aeropuerto de Managua. Alexander Reyes, gay con expresión queer, que usó sus conocimientos en sicología y sociología para unir a distintas facciones, o Enrique Martínez, el universitario gay que se reunía con sus compañeros de clase para analizar la realidad nicaragüense.

También está “Gabriela”, la joven lesbiana a quien le asesinaron a un familiar; “Antón”, el profesional gay que comenzó organizándose con temor, y llegó a desempeñar funciones importantes dentro de la emergente alianza opositora Azul y Blanco; y Athiani Larios, la feminista trans que sufrió acoso en su propio hogar por su participación en la rebelión ciudadana.

Son nueve personas que ahora desde el exilio en El Salvador, Costa Rica, Estados Unidos y España relatan sus vivencias antes, durante y después de Abril.

La diversidad LGTBI en la Rebelión de Abril

Karla Laguna: “O me callaba o me mataban (...) No me voy a callar”

Mi nombre es Karla Elizabeth Laguna Roque. Soy una mujer trans. Desde antes de la explosión social que inició el 18 de abril de 2018, yo hacía activismo con el Colectivo “8 de Marzo”, el Grupo Venancia y el Colectivo de Mujeres de Matagalpa, también con el Grupo Plaper, (Plataforma Latinoamericana de Mujeres Trabajadores Sexuales), exigiendo el fin de la violencia contra la mujer.

Cuando Nicaragua se levantó en contra del matrimonio Ortega – Murillo me vi obligada a participar, a alzar mi voz por muchas personas que no podían hacerlo por miedo. Publiqué en Facebook comentarios de condena por los ataques armados del Gobierno en contra de la población, así como por la decisión de gravar con un impuesto del 5% las pensiones de los jubilados.

Cuando yo alcé mi voz a principios de junio, ya habían pasado las barricadas de la protesta. Anduve en marchas en Matagalpa con los azul y blanco. Después de la protesta alcé más mi voz porque había muertos, entre ellos un adolescente de quince años que fue acribillado frente a su casa en la ciudad de Jinotega. Pero todo eso tuvo consecuencias…

El 8 de junio de 2018, ocho paramilitares llegaron al bar donde trabajaba y me agredieron a mí y al resto del personal. Tiraron sillas y mesas, rompieron las roconolas, quebraron las pantallas de televisión y se robaron el efectivo que había en caja. Obviamente que me opuse, pero me golpearon, me apuñalaron e hirieron la cara. Tengo la cicatriz de las doce puntadas que recibí para cerrar ese corte con saña. Hicieron lo que quisieron conmigo y con mis amigas.

Cuando busqué ayuda médica hospitalaria me rechazaron, me dijeron que era “incitadora a la violencia”, así que acudí a mi familia para que limpiaran y suturaran mis heridas.

Yo sé que los paramilitares que me agredieron son policías y miembros de la Juventud Sandinista de Matagalpa. William Cardoza Tinoco, secretario político de esa organización partidaria en Guanuca (Matagalpa), me amenazó por Facebook diciendo que si no callaba y cesaba mis comentarios en contra del Gobierno, me iban a matar y me iban a encontrar muerta.

El mensaje era que o me callaba o me mataban, y no lograron matarme. Tampoco me callé. Seguí insistiendo. No me callé, no me voy a callar y no callaré. Aunque esté en otro país, seguiré en la lucha presentando - incluso en la ONU o donde sea necesario - los videos y las fotos donde se muestra mi agresión, donde se me ve apuñalada, ensangrentada, tirada en el suelo.

La diversidad LGTBI en la Rebelión de Abril

Alexandra Salgado: “Amenazada y exiliada, pero con nueva identidad”

Mi nombre es Alexandra Salgado. Soy una persona no binarie y bisexual, que se identifica como ella por posicionamiento político en la lucha feminista. En 2018 yo era una estudiante de nuevo ingreso en la carrera de Antropología Social en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN Managua), que apenas un año antes se había iniciado en el activismo acompañando al Colectivo “8 de Marzo”.

En las semanas previas al 18 de abril de 2018, cuando la juventud nicaragüense comenzó a organizarse para exigir al Gobierno que hiciera algo para frenar el incendio en la Reserva Biológica Indio Maíz, yo me movilizaba para decirle a la gente que participara de las marchas de protesta.

Cuando el descontento social creció tanto que los jóvenes decidieron atrincherarse en las universidades, también estuve en esas trincheras. Pero cuando el régimen logró sofocar a balazos esas expresiones de hartazgo, intenté seguir con mi vida. Me reintegré a mi carrera, recibiendo amenazas contra mi integridad personal por el hecho de tener útero. Por el hecho de verme mujer.

Me detuvieron varias veces mientras trataba de seguir adelante con mis estudios. En algunas de esas ocasiones me trataron de zorra, de puta, me lanzaron las peores ofensas. Pero en 2019 nos detuvieron en la ciudad de Nagarote, cuando andaba con compañeros en una gira universitaria de campo, y me dijeron que me iban a violar.

Poco después me expulsaron de la universidad. Tal como les pasó a cientos de estudiantes que tomaron una participación activa en la lucha, borraron todo registro de que alguna vez cursé estudios ahí. Me sumí en una profunda depresión, en especial cuando traté de revertir esa decisión excluyente, y no pude.

Cuando el acoso de las autoridades universitarias, de la Policía, de los informantes del régimen fue tan intenso que la sensación de peligro me desbordó, decidí irme de la casa para protegerme a mí misma y a mi familia. Me refugié con amigos que también hacían planes para salir del país, y el 30 de octubre de 2021 comencé el viaje hacia la frontera con Costa Rica sin decirle a nadie de mi familia. Pocas amistades sabían de mi partida.

Busqué caminos que evitaran los puestos fronterizos. Pensé que si me detectaba el Ejército de Nicaragua iba a tirarme en el lodo, que en ese tramo me llegaba a la rodilla. No intentaría correr, estaba demasiado cansada física y mentalmente. No podía procesar bien las cosas. Sentía que iba a morir.

Avisé a mi familia hasta que me sentí a salvo de los incondicionales de Ortega y Murillo. Al cumplirse dos años de haber iniciado una migración forzada hacia Costa Rica, no renuncio al activismo ni al proceso de conocerme más a mí misma. Acá, en este exilio, fue donde me descubrí como una persona no binaria.

Ninoska Ortega: “Me acosaron por lesbiana, nunca lograron callarnos”

Soy Ninoska Ortega, antropóloga social y comunicadora comunitaria, oficio que me enseñó un tío en mi Condega natal. Soy fiel creyente en que una de las grandes fuerzas que debe existir en el mundo es la paz bajo cualquier condición.

Antes de 2018, yo colaboraba con la Red de Mujeres de Condega y desde casa hacía investigaciones ayudando a los chavalos egresados de las universidades o de secundaria, aunque no tenía nada fijo.

En abril de 2018 inicia una lucha de jóvenes, adultos, y todo un país que se involucró en la defensa de los derechos que estaban siendo violados. Se comenzaba a demostrar lo que por años se venía denunciando: la violación directa de los derechos humanos, y había que hacer algo. Había que levantarse, había que reunir gente, creyendo que teníamos democracia.

Un grupo de amigos con quienes había colaborado en diferentes espacios - tengo la dicha de haber comenzado muy joven a trabajar en la defensa de los derechos humanos- se reunió conmigo en Condega, hicimos afiches con cartulina y nos fuimos en taxi a la escuela pública ‘Lolita Salazar’, donde los maestros estaban reunidos porque iban a marchar en contra del alza de las cotizaciones al seguro social.

Salimos en marcha hacia el parque, y a medida que íbamos avanzando la gente se asustaba porque en Condega nunca había pasado algo así. Se oía que se había levantado la gente en Estelí, en Managua y en otros departamentos, pero ningún pueblo como Condega. La gente reaccionó, se nos unió y cuando llegamos al parque, éramos más de lo que nos imaginábamos. Hicimos un recorrido por muchas calles y al finalizar la marcha éramos casi 500 personas.

Cada fin de semana reunimos más y más gente, marchando de forma limpia. No usamos armas, ni nunca invadimos ningún espacio que perteneciera al Estado. Nomás las calles, que le pertenecen al pueblo.

Ese fue el inicio de una lucha en la que la gente se involucró, y a la cual la Policía respondió con intimidación, tomando fotos. Los trabajadores de la Alcaldía llegaban a acosarnos, pero no nos callábamos. No lograron callarnos.

Me acosaron por ser lesbiana. Hacían páginas falsas de Facebook, donde subían fotos mías y decían cosas como “esta anda en la marcha buscando mujeres. Tengan cuidado, mamás”, o “esta camina enamorando mujeres”. Me inventaban parejas o me señalaban de acosara las jóvenes. 

Cuando tuve pareja formal decidieron meterse con ella, con su familia, con mi familia. Siempre buscaron mi lado vulnerable, tratando que me sintiera ofendida, que me sintiera mal, porque soy una lesbiana pública.

Salí de Nicaragua un 25 de abril y llegué a Estados Unidos un seis de junio después de estar detenida en México 19 días. Fue agonizante, horrible; sufrí hambre, sed, sol.

Ahora que estoy en Estados Unidos siento que el exilio es difícil para mi familia, para mí. Trato de guardarme mucho para proteger a mi familia que aún está en Nicaragua, pero sigo exigiendo muchas cosas buenas para mi país.

Tania Irías: “El activismo te vuelve blanco de violaciones y exilio”

Soy Tania Irías. Antes del inicio de la Rebelión de Abril, era lideresa de una organización que se preparaba para la jornada de visibilización de las lesbianas, el 26 de abril de ese año. Además, queríamos replicar el éxito logrado un año antes en la Marcha del Orgullo en junio, cuando logramos que un bloque de madres y padres de personas lesbianas, gay y trans, encabezaran la manifestación, además de articular acciones con otras mujeres del movimiento feminista.

Todo eso cambió cuando el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo comenzó a asesinar jóvenes, al punto que la ciudadanía salió a las calles a protestar de forma masiva. Yo estuve en manifestaciones de denuncia y de apoyo a los sacerdotes; ayudé a acopiar agua, alimentos y medicinas para quienes iban a las manifestaciones y para los estudiantes en particular.

En noviembre de 2018, hicimos un estudio sobre la participación de las personas LGBTI en las marchas durante la rebelión social, entrevistando a las activistas y personas LGBTI que habían participado en las protestas, en los tranques, o colaborado de cualquier otra forma. 

También intentamos construir una lista de las personas LGBTI que eran presas políticas para brindarles apoyo, porque en ese entonces eran invisibles. Nadie se centraba en eso, y reconociera que las personas LGBTI hemos sido parte de la protesta ciudadana.

Salir de nuestra casa para escapar del acoso al que nos vimos sometidas por desconocidos que llegaban al barrio a preguntar por nosotras, fue una decisión difícil que se vio impulsada por la visita de agentes de Policía que llegaron hasta nuestra casa preguntando por nosotras con nombre y apellido. La decisión de salir de Nicaragua rumbo a España nos generó mucha tristeza por tener que separarnos de nuestras familias. El trance de pasar Migración del aeropuerto, sabiendo que podían arrestarnos ahí mismo, fue un suplicio que requirió de mucha preparación para asegurarnos que no nos detendrían ni a mi pareja, ni a mis hijos, ni a mí, decidiendo de antemano que si la detenían a ella, yo me iría del país con mis hijos.

Salir -después de vender el carro, la cama, las sillas, los televisores... todo cuanto hubiera en nuestra casa para conseguir recursos- fue un desafío muy fuerte, muy duro, porque no teníamos conciencia de todo lo que dejábamos atrás, pues en ese momento lo único que sentíamos que teníamos que hacer era irnos para escapar de la persecución de la dictadura.

Ahora en el exilio, nos atraviesan otras formas de discriminación como el racismo y la xenofobia. Nunca antes fui ‘la negra’ que aquí soy. Igual, mis hijos nunca antes fueron los inmigrantes que aquí son. Pero sigo haciendo activismo, porque no significa lo mismo ser lesbiana aquí, que ser lesbiana en Nicaragua, y ser una lesbiana migrante tampoco es lo mismo que ser una lesbiana autóctona.

La diversidad LGTBI en la Rebelión de Abril

Alexander Reyes: “No todos nacemos para estar en primera línea”

Soy Alexander Reyes Guevara, y defino mi identidad o constructo sexual como un hombre cisgénero gay con expresión queer. Soy licenciado en Psicología por la Universidad Centroamericana en 2017, y cursaba el tercer año de Sociología en esa misma universidad en 2018.

En 2016 emprendí una iniciativa con otros amigos y amigas de la universidad, todos psicólogos y psicólogas, llamada ‘Proyecto Lechuza’, orientado al trabajo comunitario con niñez y adolescencia desde cero hasta los 16 o 17 años, desarrollando talleres sobre autoestima e inteligencia emocional desde el enfoque de promoción y defensa de los derechos de las niñas, niños y adolescentes, y de la prevención de violencia.

Mi decisión de involucrarme en la Rebelión de Abril responde a un compromiso social, generacional, profesional y moral. Hablo de compromiso generacional porque yo soy joven, y ver que las principales víctimas eran jóvenes, me hizo sentir en la responsabilidad de estar allí también, de acompañarlos y acuerparlos. Nos dedicamos a recolectar ropa, insumos médicos y granos básicos para los chavalos que estaban atrincherados en la UPOLI o la UNAN.

No estoy a favor de ninguna expresión de violencia ni autoritarismo. Como defensor de derechos humanos tengo el llamado moral de que sin importar quién, sin importar de qué corriente sea, sin importar su nombre o su apellido, mi deber es alzar la voz cuando se transgrede un derecho o la dignidad humana.

En algún momento comencé a sentir que yo debía estar ahí. Me sentí culpable  al ver morir a un montón de chavalos. Ya no podía concentrarme en mi trabajo, comencé a sentirme mal y culpable por estar a salvo. Fue duro encontrar mi lugar; saber cómo aportar a la lucha.

Entendí que no todos nacemos para estar en primera línea y reconocí que no todos podemos hacer frente a la represión directa, pero también que todos hacemos algo desde nuestro rol, desde nuestras capacidades o habilidades, y desde nuestro propio entorno.

Cuando acabó lo del acopio, comencé a servir de puente entre organizaciones y colectivos juveniles facilitando y presionando para que se abriera espacio para discutir la violación del derecho humano a la educación, y participé en la elaboración de informes para el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, que justo en ese momento estaba aplicando el Examen Periódico Universal al Estado de Nicaragua.

Mientras elaborábamos ese informe apresaron a ocho chavalos que trabajaban con nosotros, lo que fue un golpe grande. Luego comenzó la persecución y hostigamiento, al punto que trabajábamos rodeados por patrullas policiales, así que mi pareja y yo decidimos salir de Nicaragua.

Ya en el exilio, uno de mis mayores temores era alejarme de la lucha cívica. Pero aquí en Costa Rica estoy dentro de organizaciones de sociedad civil nicaragüense que impulsan distintas iniciativas; como participar en espacios de interlocución e incidencia nacional e internacional; denunciar la violación de derechos humanos en Nicaragua a través de informes y entrevistas; impulsar el Observatorio para la Participación e Incidencia Nacional (Opina), para dar seguimiento al tema de la libertad académica en Nicaragua. Además, soy parte de la Unidad Juvenil Estudiantil en Costa Rica.

La diversidad LGTBI en la Rebelión de Abril

Enrique Martínez: “Mi abuelita me enseñó a desconfiar del FSLN”

Mi nombre es Enrique Martínez y me defino como un chico gay.

Antes de abril de 2018 yo estudiaba Derecho en la Universidad Centroamericana, (UCA), y Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la UNAN. Organizaba círculos de análisis de la situación del país con mis compañeros, principalmente de la UCA, porque en la UNAN era un poquito más complicado.

Aunque mi familia ya estaba enterada de mi orientación sexual, yo no podía involucrarme en ninguna organización de la diversidad sexual por temor al rechazo. Yo miraba cómo trataban a la gente que se asumía gay, el nivel de violencia ejercida contra ellos por hombres y mujeres, porque la sociedad es machista por igual.

Mi motivación principal para sumarme a las protestas tiene que ver con un tema familiar. Mi abuela, (que en paz descanse. Falleció este año y fue un duro golpe para mí), había sufrido muchas represalias por parte del FSLN, ya que su papá estuvo vinculado con la dictadura de Somoza, lo que generó mucho sufrimiento a la familia de ella, porque los sandinistas prácticamente la dejaron en la calle al quitarle el capital a su familia. Mi abuela me contaba cómo el Frente Sandinista había lacerado sus derechos.

Recuerdo que mi abuela lloró cuando Ortega ganó las elecciones de 2006. Ella le decía a mi mamá, a mí, a mis hermanos y a mi tío: no se involucren con el FSLN. “Guarden distancia”, y esa fue mi principal motivación. Luego me daría cuenta del poder que tiene el FSLN, incluso para mantener a un agresor sexual en la impunidad. Cuando denuncié en secundaria a un director que había cometido un abuso sexual contra otra persona, el director fue retenido, pero luego lo soltaron y no pasó nada más.

En 2018, la protesta por los incendios en la Reserva Indio Maíz, la reforma al INSS y la agresión contra los ancianos, me hicieron salir a la calle a alzar la voz, no solo contra esas tres situaciones, sino también contra muchas otras que vivíamos en nuestras comunidades, en nuestras universidades, en los trabajos, y en el día a día en Nicaragua, donde ya se estaba evidenciando un modelo de control represivo por parte del FSLN.

Lo que sucedió fue que terminé atrincherado en la Universidad Nacional Agraria. Eso me amplificó la conciencia y me invitó a asumir un rol de liderazgo pensando en una necesidad de cambio, de justicia, de construir una democracia, y resolver los problemas que impedían que el pueblo de Nicaragua desarrollara todo su potencial.

En la frontera, cuando estaba saliendo de Nicaragua, me rompieron mis documentos. Aunque Costa Rica es un país más abierto, la discriminación y la minimización a la comunidad LGBTI todavía existe, y más cuando estás involucrado en espacios políticos nicaragüenses donde el hecho de ser gay todavía es un estigma, aunque muchos no lo acepten.

Yo sigo estando activo y organizado acá, y reconozco que hay cierto nivel de riesgo porque la persecución del régimen se trasladó a Costa Rica. Hay que aceptar que aquí hay agentes de la dictadura que tienen mapeados a muchos opositores, periodistas y toda persona que esté acá en contra de ellos, y eso también genera un factor de incertidumbre e inseguridad.

Gabriela: “Me da miedo que Nicaragua no vaya a cambiar nunca”

Aunque no es mi verdadero nombre, les pediré que me llamen Gabriela. Soy lesbiana. Antes de abril de 2018 trabajaba en una empresa de textiles, en una zona franca de lunes a viernes en turno nocturno, y estudiaba ingeniería los sábados. No estaba organizada en ningún grupo, pero sabía de algunos grupos de defensores de derechos humanos.

Involucrarme en la gesta de Abril no fue algo que decidí: simplemente me nació apoyar la lucha, ese instinto que le nace a una como joven. Pero la muerte de un familiar en los primeros días de la lucha, a manos de la guardia, fue lo que me llevó a involucrarme más, buscando que se hiciera justicia, más al ver que no solo nuestra familia estaba viviendo ese dolor, si no que ya eran tantas familias que vivían la misma situación porque la situación estaba fuera de control.

De esta manera empecé a participar en las actividades en mi comunidad y a nivel nacional, porque los jóvenes queríamos defender el rumbo de nuestro país: era nuestro futuro el que estaba en juego, el futuro de todo un país.

Decidí salir de Nicaragua cuando empecé a ver a tantos jóvenes detenidos, la represión, la inseguridad y la injusticia. Era evidente que muchos de los que salimos a las calles a defender nuestros derechos, a pedir justicia por nuestros hermanos que cayeron, queríamos ser su voz, pero también nos querían callar, así que salí de Nicaragua y llegué a El Salvador, donde conocí a Ximena, mi pareja, que ha sido determinante para reconstruir mi vida en el exilio.

La manera en que hice activismo en este país fue contando la historia y las vivencias experimentadas en cada marcha, manifestación y tranque. Era necesario que el mundo conociera lo que estaba viviendo mi pueblo. Estando aquí no sentía temor por algún peligro, pero el miedo a que las cosas no cambien en mi país siempre ha existido, sigue en mí todos los días.

Antón: “No tenían por qué reprimirnos”

Soy homosexual y prefiero que me identifiquen como ‘Antón’. Aunque ya había hablado sobre mi orientación sexual con mi familia y en el trabajo algunos lo sabían, en una sociedad tan machista como la de Nicaragua, viví burlas y discriminación en muchos momentos de mi vida, pero nunca participé en movimientos de defensa de los derechos de la diversidad sexual.

Me involucré en las protestas al ver tanta violencia que me chocaba. Yo ya era opositor a la dictadura e igual que para muchos, ese fue el detonante para salir a la calle. El 20 de abril, mientras trabajaba con miembros de mi familia, también monitoreaba las noticias y decidimos ir a ver qué pasaba.

Caminamos hacia la gasolinera Uno de Metrocentro para ver qué estaba pasando, porque ya estaban las protestas de los estudiantes en la UNI. La Policía nos tiró bombas aturdidoras para que nos fuéramos de ahí. Sentí un miedo horrible, pero eso también me dio fuerza para seguir porque no era correcto. No tenían por qué reprimirnos. No tenían por qué decirnos que nos fuéramos, así que desde ese día me sumé.

Esa tarde, en el sector donde yo vivía se realizó un plantón espontáneo con gente sonando las cazuelas y me sumé sin saber que todo iba a terminar mal, porque mataron a una persona ahí mismo. Yo lo grabé en video. Después fue la noticia de que había fallecido esta persona, pero seguí asistiendo a las manifestaciones y me organicé con gente que fui conociendo en las redes sociales, aunque al principio temía revelar mi identidad, porque no se podía saber con quién estaba tratando en realidad.

Finalmente llegó un momento en que nos organizamos y nos sumamos a la Unidad Nacional, formando parte de algunas de sus comisiones internas, organizando protestas, piquetes y plantones, aunque siempre con miedo por la represión policial y paramilitar. Fue ese miedo el que me llevó a salir del país rumbo a Estados Unidos, para no ser uno más de los detenidos dentro del país.

Acá no estoy involucrado en ningún tipo de activismo. En algún momento me contacté con uno o dos personajes que ya estaban aquí, pero en vez de alentarme fue todo lo contrario. Me hicieron ver que hay una lucha entre los grupos opositores que vinieron en la década de los 80, con los que vinieron después de abril de 2018, tratando de decidir quién tiene más derecho para representar a la diáspora, y pierden el tiempo en esas discusiones tan absurdas, habiendo tanto que hacer por Nicaragua.

La diversidad LGTBI en la Rebelión de Abril

Athiani: “Poder para las mujeres trans”

Mi nombre es Roxana Athiani Larios Zúniga, más conocida como Athiani Larios, activista de derechos humanos, mujer trans y feminista hasta la médula espinal. Rebelde, golpista, puchito y opositora contra la dictadura de Ortega y Murillo.

Comencé mi trayectoria como activista desde 2008, y lo primero que hice fue leer todo lo que pudiera de la ley a favor o en contra de la diversidad sexual, así como la Constitución Política, y me encuentro que soy ciudadana nicaragüense, tengo derecho a protestar, y otro montón de enumerados derechos tanto como deberes.

También comencé a estudiar la ley penal, que decía que si eras homosexual ibas a la cárcel según el artículo 204 que condenaba al que practicara la sodomía, así como al que sabiendo no dijera nada, lo que propició que muchas familias corrieran a sus hijos homosexuales, y ya no digamos a las chicas trans, así que con el tiempo, otras dos compañeras y yo formamos la Asociación Nicaragüense de Trans, (ANIT).

Todo esto preocupaba a mi mamá, que insistía en que no estuviera perdiendo el tiempo y que mejor buscara trabajo en Contabilidad, que es lo que había estudiado. De hecho, trabajé como auxiliar contable en dos empresas, pero sin renunciar al activismo, con mayor apego al feminismo.

Más o menos en 2014 ingresé al MRS, después que le quitaron la personería jurídica, y formamos redes dentro de este partido: la Red de Mujeres, la Red de Jóvenes... faltaba la Red de Diversidad, en la que llegamos a integrar más de 200 personas, juntando el activismo social con el político, pensando que un día podríamos tener una voz, un voto para proponer un candidato a una curul, a una posición política, una concejalía, una diputación, una presidenta, o una ministra, una jueza, un magistrado, un ministro de Salud.

Para 2018 ya estaba más que involucrada, desde mucho antes con todos los movimientos sociales veníamos haciendo marchas: a las feministas nos pusieron tranques; a los campesinos anticanal también les pusieron tranques. Cuando empieza la cacería de brujas contra las organizaciones sociales, políticas, de derechos humanos e incluso los periodistas, sentí miedo porque sabía que andaban persiguiendo a muchos y se los estaban llevando al Chipote, con todo lo negativo y horroroso que se comenta, y yo no quiero ser ni mártir ni héroe. Quiero ser una luchona, pero no mártir.

Empecé a buscar cómo salir hacia El Salvador, Honduras o Guatemala, donde conozco a muchas activistas, pero por razones de seguridad decidí venirme a Costa Rica, donde estaría cerca de mi tierra y hay más afluencia nicaragüense. Desde aquí continúo mi activismo en redes usando el chiste, la burla o la crítica, para denunciar que Nicaragua está ocupada. Nicaragua está invadida por la dictadura orteguista, que no permite libertad de expresión. Sigo además con el activismo feminista, sobre todo cuando veo día a día tanta desigualdad de género.

Arturo: “Todos somos iguales ante la injusticia”

Desde su experiencia como exsoldado del servicio militar en la Nicaragua de los años 80, un analista en temas de seguridad y conflictos armados quien pidió ser llamado Arturo para preservar su identidad, rechaza el prejuicio de que hay que ser heterosexual para actuar con arrojo en una situación de defensa o acción armada como las que ha vivido Nicaragua. Cita ejemplos de lo que él vivió en la guerra de la década de los 80, pero también casos que se volvieron paradigmáticos a lo largo de la Rebelión de Abril de 2018.

“Desde joven he conocido personas que si bien 30 o 40 años atrás no podían salir del clóset (vivir plena y abiertamente su identidad de género y sexual), y trataban de disimular lo que uno ve como como cierto grado de feminidad, pero que manifestaban una conducta distinta cuando eran víctimas de acoso”, dice Arturo. Recuerda el caso de un muchacho de apellido Porras, en secundaria, quien tuvo que moler a golpes a un compañero que lo acosaba, para sorpresa de todos… incluyendo del acosador.

Arturo narra que lo que vio de manera general durante las protestas de abril de 2018; “todos estos muchachos con orientaciones aportaron bastante a la causa, resistiendo la lucha y los embates armados de los paramilitares y la Policía, igual que cualquier otro hombre y mujer que estuviera a la par suya en esas trincheras”, dice Arturo en referencia a los jóvenes de la diversidad de género y sexual que estuvieron al frente del levantamiento cívico en momentos críticos. Reconoce que mostraron ser igualmente activos, fuertes y valiosos, como cualquier otro ciudadano involucrado en la lucha social. “El coraje no depende de tu género u orientación sexual. Depende de cómo reaccionés ante la injusticia”, apunta señalando que si no hubo ninguna diferencia entonces.
La justicia social no es prerrogativa exclusiva de ninguna orientación sexual o identidad de género, reconoce. Así como tampoco les exime de la injusticia, la violencia y la brutalidad de la dictadura Ortega Murillo, que por el contrario, como en las historias las y los protagonistas de estos relatos, se ensañó muchas veces con miembros de la comunidad LGBTI que resistieron, aportaron y siguen exigiendo una Nicaragua libre, justa e inclusiva para toda la ciudadanía.

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Iván Olivares

Periodista nicaragüense, exiliado en Costa Rica. Durante más de veinte años se ha desempeñado en CONFIDENCIAL como periodista de Economía. Antes trabajó en el semanario La Crónica, el diario La Prensa y El Nuevo Diario. Además, ha publicado en el Diario de Hoy, de El Salvador. Ha ganado en dos ocasiones el Premio a la Excelencia en Periodismo Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, en Nicaragua.

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