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El periodismo que necesitará la nueva Nicaragua

Cuando la democracia regrese a la nueva Nicaragua, el periodismo de CONFIDENCIAL será parte fundamental de esa nación que recuperará la libertad

Ediciones de la revista impresa de CONFIDENCIAL

Portadas de la edición impresa de CONFIDENCIAL. // Foto: Archivo/CONFIDENCIAL

Carlos Salinas Maldonado

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Estoy seguro de que pronto habrá una nueva Nicaragua. La llamo así porque de las cenizas de un régimen despiadado, pero que tiene los días contados, habrá que reconstruir un nuevo país, uno mejor, y para eso será necesario un periodismo independiente, sagaz, valiente, concienzudo, comprometido, ambicioso, con colmillo afilado y también prudente. Eso es lo que ha representado hasta ahora CONFIDENCIAL en las horas bajas que vive nuestro país bajo la ponzoña orteguista, pero lo más importante es una verdad indiscutible: no se puede entender la Nicaragua de los últimos 30 años sin el aporte del periodismo fiscalizador de esa revista nacida en una vibrante época marcada por las ansias de consolidar los anhelos de democracia y libertad, tantas veces confiscados a los nicaragüenses. Y, por lo tanto, CONFIDENCIAL deberá seguir formando parte de un país que los necesita de vuelta. Esta vez, ojalá, sin otra brutal interrupción.

Hablar para mí de CONFIDENCIAL es hablar de mi casa. Tengo guardada en mi teléfono celular una fotografía dolorosa: muestra el que fue mi escritorio en aquella redacción confiscada por el odio visceral de Daniel Ortega y su esposa, la copresidenta Rosario Murillo, hacia Carlos Fernando Chamorro y lo que su proyecto periodístico representa: la lucha por la verdad y la libertad. El escritorio es un animal violentado. Ya no está sobre él la computadora que resguardaba años de trabajo periodístico —decenas de crónicas, entrevistas y reportajes firmados con pasión—, porque la canallada saqueadora se la robó como parte del botín del asalto. A ese animal leal que cada mañana me recibía para acompañarme en mi rutina de trabajo le arrancaron también las gavetas, como si le rompieran el espinazo, para extraer de él otras joyas para mí preciadas: libretas, muchas, con apuntes de entrevistas, decenas de nombres que confiaron en mí para contar sus historias o ayudarme a comprender el presente para dar a los lectores el que es el servicio de este oficio: informar con precisión y apego a los hechos. Se llevaron también las cajas que guardaban documentos que la confianza de fuentes dejó en mis manos. Y aquella grabadora a la que jamás le borraba las entrevistas porque para mí cada una era una perla que algún día me serviría para el próximo reportaje. No sé qué habrá pasado con aquel escritorio mío ahora que la redacción es otra cosa alejada de su función original. Pero al ver esta fotografía de nuevo salta en la garganta el grito de ira ahogado durante todos estos años.

Digo que siento a CONFIDENCIAL como mi casa porque ahí trabajé durante nueve años, desde aquella mañana que me reuní con Carlos Fernando para ofrecerme un hueco en su redacción. Un momento importantísimo en mi vida periodística fue cuando él me llamó para que hiciéramos esa reunión y conversar sobre el puesto de reportero. Yo entonces trabajaba en la redacción del diario La Prensa —también confiscado— y debo decir que aquella llamada me llenó de una alegría que aún saboreo: para algunos de mis colegas y para mí, el periodismo de Chamorro era el mejor que se hacía entonces en el país y formar parte de su redacción era un gran privilegio. Entré con una enorme angustia, esa inseguridad que me acompaña cada vez que hago una entrevista: ¿estaré a la altura?

Fue una época emocionante y vibrante, porque fue una época de libertad para mí. Carlos Fernando no puso ninguna traba a mi trabajo, solo las cláusulas no escritas de lo que para él es el ejercicio de esta profesión: rigurosidad, apego a la verdad, respeto a las fuentes, búsqueda incansable de lo que el poder (cualquier poder) quiere ocultar, precisión obsesiva por el dato correcto. Hicimos con aquel equipo de periodistas jóvenes y talentosos un trabajo estupendo. Reportajes premiados a nivel nacional e internacional que hacían rendir cuentas, que desvelaban la corrupción en los dos sentidos de la palabra: sacar a la luz la putrefacción y quitar el sueño a quienes la escondían. Contamos las historias de los olvidados, los que se mueren dolorosa y lentamente por dejar la vida en los cañaverales, de las víctimas de la ineficiencia del Estado, de los bosques arrasados por el hacha criminal, de la voracidad de empresarios sin escrúpulos, de los chanchullos de políticos que arruinan la vida de la gente, del avance del narcotráfico con sus olas de violencia y destrucción. No había tema censurado. Con Carlos Fernando aprendí a contar historias para la televisión en emocionantes reportajes que se retransmitían los domingos en horario estelar en el programa Esta Semana y de la mano de él comencé a conducir solo un programa diario de entrevistas, Esta Noche. Estoy agradecido por semejante privilegio, porque debo decir que todo joven periodista que de verdad tenga un compromiso con esta profesión debería tener la oportunidad de formarse de la mano de un maestro como lo es Carlos Fernando Chamorro.

Y es por esa experiencia trabajando a su lado en CONFIDENCIAL que repito lo dicho al inicio de este texto:

Cuando la democracia regrese a la nueva Nicaragua tras el despertar de la pesadilla traicionera, puñetera y sangrienta del que espero sea el último matón que gobierne nuestro país, el periodismo de CONFIDENCIAL, con Carlos Fernando Chamorro a la cabeza, será parte fundamental de esa nueva nación que recuperará su democracia y la libertad. La nueva República que todos anhelamos.


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Carlos Salinas Maldonado

Carlos Salinas Maldonado

Redactor de EL PAÍS México. Durante once años se encargó de la cobertura de Nicaragua, desde Managua. Ahora, en la redacción de Ciudad de México, cubre la actualidad de Centroamérica, temas de educación, cultura y medio ambiente.

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