Nicaragua entre los países que emplean en el café pesticidas prohibidos en la Unión Europea
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Cafetaleros nicaragüenses evalúan reducir las plantaciones por la escasez de personal. Productores y técnicos ofrecen mejoras a los jornaleros
Un cortador de café muestra el proceso de corte del grano maduro. | Foto: Tomada del Facebook de Mercon Coffee Group
Los productores de café —y los técnicos e ingenieros agrícolas que trabajan con ellos— tienen un serio problema: les falta personal. Si bien esa carencia es de vieja data, se ha agudizado en los últimos años por causa del envío masivo de remesas. Algunos buscan al personal hasta sus casas, pero la mayoría contempla una solución en la que pierden ellos y pierde Nicaragua: disminuir sus plantaciones.
Elvin Barrera es técnico en una finca cafetalera del sur del país, que tuvo que salir a buscar a los jornaleros casa por casa. La medida no rindió tantos frutos como deseaba, a pesar de lo inusual que es. Otros como Rafael —un ingeniero agrónomo que trabaja en occidente— y Braulio —un productor que trabaja la tierra en el norte— recurren a métodos más tradicionales: buscarlos en los sitios en donde la gente se congrega para esperar a que lleguen los finqueros.
Al evaluar su estrategia de contratación, reflexiona que en el pasado “no necesitábamos andar buscando a la gente. Hoy en día tenemos que ir a buscarlos hasta sus hogares para que vengan a laborar con nosotros, pero antes ellos venían a buscar trabajo en la finca”.
Barrera relata que él se involucra más en la búsqueda de personal cuando necesita más gente. De 30 a 50 personas en ocasiones. Dice que tiene que salir a buscarlos porque “esa gente ya no sale a conseguir trabajo, sino que uno tiene que ir a buscarlos a ellos”. Eso pasa en especial en temporada de corte.
Braulio, el productor, todavía no ha salido a buscar, pero lo está considerando. Mientras tanto, recurre a la misma vieja estrategia que también implementa Rafael, el ingeniero: enviar un camión a los lugares en donde se congrega la gente, esperando encontrar algunos interesados en trabajar, aunque no es tan fácil.
En tiempos de alta oferta de mano de obra, los finqueros iban a lugares determinados de sus ciudades en los que se congregaban hasta familias enteras esperando que los eligieran a ellos para ir a cortar café. Como resultado, el poder estaba del lado del que ofrecía el trabajo.
Eso cambió. La realidad de estos tiempos hace que sean los jornaleros quienes dicten las condiciones. La primera y más importante es el salario, aunque, como explica Barrera, hay matices que considerar. Por ejemplo, él está autorizado a ofrecer 268 córdobas diarios. Algunos lo rechazan porque otros finqueros les ofrecen de 300 a 320 córdobas. Barrera les explica que si aceptan esa oferta pierden, porque en ese caso, no les dan los tres tiempos de alimentación, “y lo más caro es la comida”.
También les pide considerar la cantidad de horas que tendrán que trabajar para ese productor que les paga más, y si tendrán que laborar “al avance”, o al día. “Al avance” significa que se le asignará una tarea, y un precio por ejecutarla, de tal forma que al concluir podrá irse a su casa, o pedir otra tarea. Por el contrario, cuando van “al día”, muchos se limitan a trabajar con calma, esperando que llegue la hora pactada para irse a su casa.
El otro gran elemento a negociar son “las mejoras”. El término hace referencia al tipo de alimentación que se les dará. Rafael detalla que lo normal es que los alimenten con arroz, frijoles, plátano o guineo cocido, y quizás cuajada, queso, o huevo. “Carne, no tanto. O sea, sí se les da, pero muy poco, mínimo”. Consciente de esa realidad, Barrera dice que a veces también ofrecen servirles pollo para convencerlos de irse a trabajar con él.
Otros elementos de negociación son la oferta de transporte. O el horario de entrada y de salida. O el tiempo de descanso. Lo que sea, para aminorar el peso de la dura jornada.
Hay una opción más que tienen los finqueros: negociar con un contratista. Estos intermediarios suelen tener personal disponible para cubrir algunas de las vacantes que surgen en las fincas, aunque ellos también están sufriendo por la falta de brazos para laborar.
Al narrar su experiencia con estos contratistas, Barrera relata que “si le pedimos 25, 35 o 50 personas, su primera respuesta es: “Voy a hacer el propósito de buscarlos, pero no puedo asegurar el número que ustedes quieren”. Tal vez en la primera quincena vienen 15, y en la siguiente vienen los demás, pero el número exacto no se puede conseguir en la fecha que los necesitamos”.
Braulio refiere que algunos productores están recurriendo a esos contratistas, con la esperanza de conseguir 15 hombres para efectuar una labor determinada en un momento específico del año, cuando su presencia sea más urgente. “El contratista los consigue porque ya los conoce, y porque tiene el tiempo para ir a buscarlos hasta sus casas, si es necesario, pero si uno de nosotros va a cualquier caserío a reclutar personal, es seguro que regresa con el vehículo vacío”, asevera.
De todos modos, conseguir personal, cualquier personal, tampoco es la panacea.
Braulio explica que “traer personal externo tiene sus bemoles”. La gente que trabaja con él ya tiene una cierta ética laboral. Son “bastante eficientes”, pero cuando consigue gente de otras zonas, no suelen serlo tanto. El problema ocurre cuando tiene que pagarles mejor que a los que están fijos con él, porque entonces estos protestan. El reclamo más común es que “este nos paga tanto, y nos exige esto, y a estos les paga más, pero les exige menos”.
“Por lo general, la gente que viene no es el trabajador esforzado que conocemos; es gente con menor experiencia, o menos laboriosos. Traerlos ‘contamina’ mi mano de obra con gente que no rinde tanto en el campo, y disminuye la productividad media del trabajo”, detalla.
Tener menos personal del necesario “es un problema que persiste, y persistirá siempre”, opina Rafael. El pecado original es la migración, una sangría que ha afectado a la nación nicaragüense por décadas ya. La diferencia en este caso, son las remesas.
En 2018, las familias nicaragüenses recibieron 1501 millones de dólares en concepto de remesas. El monto se había más que cuadruplicado al cierre de 2025, cuando se calcula que se recibieron unos 6167 millones. El acumulado entre ambos años es de 27 060 millones, según esta estadística del Banco Central.
Un resultado indeseable, pero no inesperado, es que algunas personas que reciben remesas optarían por dejar de trabajar, como en efecto está sucediendo.
“El agricultor ya no quiere sembrar porque le sale más fácil vivir de las remesas que trabajar en el campo. Mejor alquila su tierra a otro, pero él ya no la siembra. Es una mano de obra que ya no quiere trabajar”, señala Rafael.
El economista Néstor Avendaño, presidente de Consultores Para el Desarrollo Empresarial (Copades), detalla en su blog personal que “el tamaño del mercado laboral se ha reducido porque 446 651 nicaragüenses emigraron hacia Estados Unidos, según el US Border Patrol entre enero 2021 y junio de 2025”.
Añade que “las estadísticas del mercado laboral elaboradas por el [Instituto Nacional de Información de Desarrollo] INIDE indican que el 35.0% de la población en edad de trabajar (PET) se encuentra en desempleo abierto y no busca trabajo, por lo cual son personas económicamente inactivas”.
Braulio observa que “las remesas influyen, porque hay familias cuyos hijos se fueron a España, Costa Rica o Estados Unidos, y mandan dinero a sus padres. Ellos antes eran trabajadores del campo, pero como ahora viven de esa remesa, dejaron de trabajar”.
Barrera refiere que ha conocido muchas familias que antes trabajaban en las fincas cafetaleras de Nicaragua, “pero se trasladaron a Costa Rica porque sienten que allá están mejor. Antes se iban por uno o dos meses, pero ahora se van por mucho más tiempo”.
Finalmente, hay un grupo más pequeño que posee su propia parcela y prefieren alquilarla, o sembrar algo propio y ser sus propios patrones. El resultado de perder a toda esta gente es que “nos impide darle a la tierra y a los cultivos los cuidados que necesitan”, señala.
Sembrar la tierra y no darle los cuidados que requiere, es una receta infalible para perder dinero. Es por eso que tanto los productores, como quienes les asesoran, encuentran que la solución ante la sensible baja de personal es disminuir zonas de cultivo. Sembrar menos tierra, aunque en ese caso, Nicaragua pierde también, si disminuye la producción.
En 2025, el país obtuvo ingresos por 918.4 millones de dólares por sus exportaciones de café, que se vieron beneficiadas por precios irrepetibles que llegaron a superar los 300 dólares por quintal en determinados momentos del año.
“La opción es reducir áreas”, sentencia Rafael. Relata que los cafetaleros con los que trabaja se están concentrando en las plantas más jóvenes y las zonas más productivas, “para no meterle mucha mano de obra a esos cafés malos, ni renovar esos cafés que ya están viejos, o no están en la zona que más produce”.
El problema está básicamente en el café, porque otros cultivos no requieren tanta mano de obra.
El frijol y el maíz, por ejemplo, los siembran los pequeños productores, y ellos los atienden junto con su familia. Sí necesitan contratar mano de obra adicional, pero no tanta como el café. La caña de azúcar no necesita tanto porque está mecanizada, al igual que el maní, y que el sorgo, que ocupa áreas menores.
“Son los grandes productores los que requieren de mucha mano de obra. El pequeño productor maneja áreas más pequeñas, así que el manejo es más factible. En el caso de las hortalizas son áreas mínimas. Como no son grandes extensiones, se ayudan entre vecinos, o se auxilian entre productores”, describió.
Barrera permanece a la expectativa de que llueva tres días seguidos para comenzar a fertilizar, pero “para eso se necesita un gran número de personal, porque la finca es bastante grande. Si no tenemos esa cantidad de personal, no podemos aprovechar al máximo. Muchas fincas quisieran fertilizar, pero como no tienen la mano de obra que se necesita, las labores se quedan estancadas”, explicó.
En su caso, cuando decide hacer una aplicación nutricional, establece un período de cuatro días con unos 25 días hombre, pero si no los tiene no puede hacerlo en cuatro días. En ese caso, prioriza áreas, y cubre hasta donde le es posible avanzar. “Si queda una parte sin cubrir, ni modo”, lamenta.
Braulio comenzó desde el año pasado a disminuir sus extensiones cultivadas: 15 manzanas de café, de un total de 180. Eligió las zonas marginales de la finca, en las que planea sembrar pasto “para meter unas vaquitas y tener un ordeño”. También vislumbra la posibilidad de sembrar plátanos, o tal vez cítricos, “porque no requieren tanta mano de obra”.
No planea detenerse ahí. El próximo año se deshará de entre 40 y 50 manzanas, hasta quedar con 80 manzanas de café, “que es la cantidad que puedo cuidar y cultivar con la cantidad de gente de la que puedo echar mano en este momento”.
En los momentos de máxima demanda de trabajo necesitaba 80 personas para atender las 180 manzanas. Dependiendo de la época del año, bastan 30 a 35 personas. Este año ha sido el peor. En la tercera semana del mes tuvo a 18 trabajadores. Al comenzar la cuarta, había solo 11 personas trabajando en la finca.
Para colmo, si no llueve es malo, pero si llueve también porque “varios deciden quedarse en sus casas y no vienen a trabajar”.
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Periodista nicaragüense, exiliado en Costa Rica. Durante más de veinte años se ha desempeñado en CONFIDENCIAL como periodista de Economía. Antes trabajó en el semanario La Crónica, el diario La Prensa y El Nuevo Diario. Además, ha publicado en el Diario de Hoy, de El Salvador. Ha ganado en dos ocasiones el Premio a la Excelencia en Periodismo Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, en Nicaragua.
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