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Las próximas elecciones en Honduras, Haití y Costa Rica

Elecciones en la época de polarización, populismo, y posverdad, después de la recesión de 2009 y la pandemia de la covid-19

Elecciones primarias en Honduras

Una mujer vota en la capital hondureña, Tegucigalpa, durante las elecciones primarias e internas de Honduras, el 9 marzo de 2025. // EFE/ Gustavo Amador/Archivo

Manuel Orozco

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Honduras y Haití (noviembre 2025) y Costa Rica (febrero 2026) celebrarán elecciones que prácticamente están a la vuelta de la esquina, en momentos que sus dinámicas políticas, económicas y de seguridad, complican un desenlace positivo.

Ya desde antes de la pandemia de la covid-19, América Latina y el Caribe se enfrentaba a lo que Moisés Naim denomina políticas de polarización, populismo y posverdad, que se deben, en parte, a una coincidencia entre la frustración del electorado frente al desempeño deficiente y corrupto de sus Gobiernos, y al oportunismo de líderes políticos de capitalizar dicho malestar con promesas falsas de cambio disfrazadas en mensajitos TikTok e imágenes en tuit.

El resultado ha producido diversas formas de gobernabilidad. En un extremo, hay una nueva versión de autocracia, en la que políticos apuntan a concentrar el poder de su lado, aprovechando tres puntos de inflexión que convergen con la captura del Estado. Uno es el aprovechamiento de su autoridad para legitimar el uso de la violencia en alianza con las fuerzas de seguridad. Segundo, cuando el líder coloca a su familia en puestos oficiales, nombrándolos en cargos ministeriales, agencias estatales o puestos de confianza para administrar la captura del Estado. Y tercero, cuando se distrae a la opinión pública ante las críticas de la sociedad civil, atacando a los medios de comunicación y al periodismo independiente, hasta llegar a criminalizar el orden democrático. Así viven los salvadoreños, bolivianos, nicaragüenses, venezolanos, y posiblemente los hondureños.

En medio está otra vertiente, la democracia controlada, donde los políticos recurren a las tres P de Naim, (polarización, populismo y posverdad) para mantenerse en el poder con una legitimidad marginal. Ecuador, Paraguay y Guatemala se encuadran en estas categorías, en diferentes contextos en los que los políticos no buscan desmantelar el andamiaje democrático, pero deslegitiman sus instituciones para avanzar sus agendas oportunistas y cortoplacistas. Ya la democracia competitiva se está volviendo en un bien escaso, como se observa en Uruguay, Chile, República Dominicana o Costa Rica que puede entrar a esa etapa de democracia controlada.

Estas variaciones de gobernabilidad se diferencian de Gobiernos donde la democracia ya estaba ausente, como es el caso del carácter totalitario en Cuba y quizás de la completa fragmentación de la autoridad en Haití, que experimentó un desmantelamiento o deterioro gradual de sus instituciones, particularmente después del terremoto de 2010, que se agudiza aún más desde el asesinato del presidente Jovenel Moise. Haití ahora es una Somalia tropical.

Desaceleración económica, crimen organizado y corrupción

En este escenario se presentan algunos factores críticos que afectan las perspectivas electorales regionales.

En los tres países la polarización ha ido acompañada de una tensión política muy compleja. El conflicto político hondureño radica en una lucha de Manuel Zelaya, a través de su partido y “el familión”, como le dicen los coterráneos por afianzar el monopolio del poder. Zelaya ha metido a familiares y grupos cercanos a éste en puestos de gobierno, extendido su influencia, y haciendo frente a una oposición de Liberales y Nacionalistas. Aunque no coinciden en formar una alianza electoral, la oposición creó el “Frente de Defensa y Democracia en Honduras”, como respuesta a ataques originados  por simpatizantes del Partido Libre contra el Consejo Nacional Electoral (CNE). El descontento social sobre LIBRE es amplio y las encuestas le dan ventaja a Salvador Nasralla, candidato del PL, y en un tercer lugar a Ritzy Moncada, la candidata de LIBRE. Sin embargo, LIBRE mantiene un férreo control del Ejecutivo, el Legislativo, el Ejército, y continua su retórica populista con aras a lograr continuar en el poder.

El contexto costarricense se ubica en una etapa histórica en medio de escándalos políticos con un presidente popular, con poca experiencia política y una sociedad frustrada ante un liderazgo que no ha dado los frutos esperados. Los ticos han registrado más de diez partidos políticos, en donde es difícil determinar cuál disfruta de mayor intención de voto y reflejan una mezcla de opciones de nuevos movimientos, y partidos tradicionales. Pero nadie les atrae y todos apuestan al Plan B: una coalición en segunda vuelta. Sin embargo, esto parece ser una apuesta a ciegas porque no hay mucho en común de ese montón.

En Haití la autoridad política es prácticamente inexistente, desde el asesinato del presidente Moise en 2021, la violencia generalizada con casi veinte homicidios diarios, el caos y el control de las pandillas sobre casi el territorio entero de Puerto Príncipe, han imposibilitado el trabajo de organizar elecciones y proponer una reforma a la constitución. Es muy probable que el país no tenga elecciones en noviembre de 2025. Si acaso, se prolongará el mandato del desacreditado Consejo Transicional.

La continuidad de economías mediocres

En todos estos países el problema económico es más que una tarea pendiente, sino más bien parece ser una fruta mala a la que no se la ha buscado sustitución. Honduras es un país altamente dependiente de la migración a través de las remesas que representan el 24% del ingreso nacional y una pobreza del 50%. Es decir, o migras o seguís pobre, porque el que no recibe remesa o es muy pobre, o es parte de una élite económica a cargo de zonas francas de exportación y es responsable de la desigualdad persistente en el país. En medio de esto y frente al escenario de una deportación anual de más de 40 000 personas, de una caída migratoria gigantesca y un impuesto a las remesas, la economía Hondureña se enfrentará a un tipo de contracción para lo que el gobierno, parlas parte, no tiene nada preparado.

La situación económica de Costa Rica es complicada ya que a pesar de tener una tasa de crecimiento saludable, el ingreso de la mayoría de los costarricenses es limitado y no se refleja en el PIB per cápita. Es un país con cuatro mundos económicos parcialmente integrados. Tres de estos mundos reflejan una realidad diferente y a veces desconectada. Uno es el informal, el cual, desde casi diez años, se ha mantenido en 40% de la fuerza laboral en la economía informal viviendo de USD 2500 mensuales. Está el mundo de la zona franca, responsable del 15% del ingreso nacional y 5% del empleo, con ingresos de USD 4500 mensuales. Al lado, la economía del turismo cuya contribución económica ha decaído y en 2025 se espera una caída del 5%, pasando a contribuir menos del 5% del PIB. Estos tres sectores emplean más del 60% de los trabajadores y reflejan tres ecosistemas, y con un desaceleramiento propio en realidades diferentes. El tico vive endeudado, pagando un tercio de su salario para cubrir su tarjeta u otros préstamos de consumo y con un costo de vida alto—los bananos ticos son más caros en Washington, DC que en Santa Ana.

Mientras tanto la economía haitiana está colapsada, es decir, no hay mucha actividad económica en un país secuestrado por la violencia. Prácticamente todo mundo trabaja informalmente, la dependencia en la remesa de los haitianos en el exterior es más del 23% del ingreso nacional enviado a un millón de hogares en un país de tres millones de hogares. El hambre es extensa, con seis millones sin alimentación diaria y la mayoría viviendo de USD 80 mensuales. En 2025, Haití volverá a decrecer casi -3%, mientras el fin del alivio humanitario, el TPS, las deportaciones desde República Dominicana, que suman casi medio millón, y el 10% de aranceles van a agudizar la situación de este país.

Corrupción, cleptocracia y delincuencia

En los tres países la corrupción es crónica, aunque en diferentes niveles. En Honduras, aunque LIBRE llegó con una agenda de terminar con la corrupción que generó especialmente el Gobierno anterior a Xiomara Castro, la realidad ha sido otra. Manuel Zelaya ha sido salpicado en líos de narcotráfico vinculados a su hermano. Cada año sale un nuevo tema de corrupción; el más reciente es el caso de malversación de fondos del programa de subvenciones del Gobierno conocido como SEDESOL. Al mismo tiempo, la delincuencia y el crimen organizado continúan en olas de violencia, en menor escala, pero en miles de personas asesinadas.

Costa Rica está pasando también por un destape de casos de corrupción que no tienen origen en un partido político, pero que también involucra al presidente y otros funcionarios implicados fuertemente en redes de narcotráfico. Esa conexión entre corrupción y crimen organizado incluye un fuerte derrame de sangre y asesinatos. La inseguridad en el país ha aumentado significativamente causando en 2025 cerca de mil homicidios.

Lo más devastador es el efecto del crimen organizado en Haití, en donde la violencia generalizada ha pasado de secuestros, extorsión y asesinatos, que sumarán 6000 en 2025, a toma de tierras, territorio y trabajo forzado.

Las consecuencias de la polarización

Estos tres países se enfrentan con problemas comunes, pero en dimensiones diferentes. Estas diferentes formas de polarización y populismo han creado tres grandes problemas. Uno es que no hay un liderazgo visible, emergente y arriesgado a promover y proteger la disciplina del Estado de derecho democrático. Segundo, la principal consecuencia de las agudas divisiones políticas es la difícil tarea de crear consenso entre las élites y la sociedad. El resultado es que, quien prevalezca en esa lucha de poder, impondrá su solución que, al carecer de consenso, es típicamente excluyente. Finalmente, aparte del vacío de liderazgo y de consenso, el desgaste también resulta ser intelectual en el sentido que no logran visualizar una salida a los conflictos, sino más bien dificultades y mayor tensión. La desinformación ha creado una especie de “parásitos” contra el conocimiento deslegitimando el método, la ciencia y los datos.

En el corto plazo los ciudadanos tienen que volver a aprender (y para las nuevas generaciones) a conocer por qué la democracia importa, qué se puede negociar de manera justa, y qué se puede rescatar para mejorar su calidad de vida. Es vital recuperar el pensamiento crítico, en incluir en vez de excluir, en escuchar bien qué ofrecen los políticos y que resultados les dará.

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Manuel Orozco

Manuel Orozco

Politólogo nicaragüense. Director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo de Diálogo Interamericano. Tiene una maestría en Administración Pública y Estudios Latinoamericanos, y es licenciado en Relaciones Internacionales. También, es miembro principal del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, presidente de Centroamérica y el Caribe en el Instituto del Servicio Exterior de EE. UU. e investigador principal del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional en la Universidad de Georgetown.

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