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“Quiero aprender y pertenecer”: El deseo de la niñez migrante en las escuelas de Costa Rica

Unos 37 000 menores nicaragüenses estudian en Costa Rica. Estas son las historias de adaptación de un niño caraceño y una adolescente miskita

niñez migrante

Unos 37 000 menores nicaragüenses estudian en Costa Rica. Estas son las historias de adaptación de un niño caraceño y una adolescente miskita

Katherine Estrada Téllez

5 de marzo 2023

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Jugar y comer con sus compañeritos de clase es una de las actividades favoritas de Juan Diego, un niño de ocho años. Sonríe mientras cuenta que a veces come dos veces en la merienda y se siente orgulloso de que ya sabe leer y escribir su nombre.

A Jhira, una adolescente miskita de doce años, lo que más le gusta de asistir a su centro de estudios es que tiene dos amiguitas nuevas que también hablan miskito. Aún no habla bien español, aunque sí lo entiende y le entusiasma la idea de aprenderlo mejor. 


Ambos son nicaragüenses y emigraron junto con sus familias a Costa Rica, y ahora forman parte de los más de 36 720 estudiantes de nacionalidad nicaragüense matriculados en el sistema educativo costarricense (público, privado y subvencionado), la cifra más alta de los últimos cinco años, según registros del Ministerio de Educación Pública (MEP), según artículo del diario La Prensa

En Costa Rica, un total de 52 000 menores de edad en el sistema educativo son extranjeros. Una cifra que equivale a alrededor del 5% del total de estudiantes, según datos oficiales.

Juan Diego y su familia se exiliaron en Costa Rica en julio de 2018. Huyeron de Carazo tras la llamada “Operación Limpieza" que el régimen Ortega-Murillo ordenó en todo el país para eliminar las barricadas que la ciudadanía montó durante la Rebelión de Abril. Se trató de una de las fases más letales de la represión estatal, cuando policías y paramilitares dispararon con armamento de guerra contra los manifestantes. 

Doris Taleno, mamá de Juan Diego, relata: “Venimos forzados. Muchas situaciones para nosotros han sido difíciles de asimilar. Me acuerdo que, al inicio, cuando los globos explotaban en las piñatas o los escapes de las motocicletas sonaban como balazos, mis hijos se escondían debajo de una mesa. O sea, la gente no entendía, nos miraban como locos, pero son situaciones que uno viene acarreando”.

Salieron sin documento alguno, lo único que Taleno quería era estar en un lugar seguro para ella y sus hijos. “Fue hasta vernos sin opción de regresar que mandé a pedir toda la documentación de mis hijos para poder matricularlos en el sistema educativo acá”, indica. 

En 2019, cuando Juan Diego tenía cuatro años, ingresó a preescolar en el Centro Educativo Fidel Chaves Murillo, en la Ribera de Belén, provincia de Heredia y, desde entonces, es parte de esta comunidad estudiantil. 

Juan Diego en su aula de clase realizando ejercicios para la clase de Español. Foto: Katherine Estrada Téllez

Jhira apenas cumplió un mes de vivir en Costa Rica. Emigró junto con su hermana, Deli Hammer, desde Sisin, una comunidad miskita del centro de Puerto Cabezas en la Costa Caribe Norte. En febrero pasado la matricularon en el Centro Educativo Rincón Grande, del distrito de Pavas en la capital San José. “Yo me traje a Jhira porque quiero que, al menos ella, tenga la posibilidad de seguir estudiando y pueda tener una carrera profesional en este país ”, cuenta Hammer.

En la escuela a la que asiste Juan Diego hay al menos cinco estudiantes extranjeros por cada 25 alumnos en cada aula, dice Beltrán Seco Villalobos, orientador de ese centro educativo. “Para la niñez migrante estar aquí en la escuela es un factor de protección, es un espacio seguro que, además, le brinda herramientas para que tenga un mejor futuro en la vida adulta”, comenta.

Educación gratuita para la niñez migrante en Costa Rica

El reglamento de matrícula y traslados de los estudiantes del MEP en Costa Rica establece que toda persona menor de edad tiene derecho a recibir educación pública gratuita sin importar su condición migratoria.

“Es obligación de los centros educativos públicos matricular a toda persona menor de edad independientemente de su origen, de si trae los documentos al día, tenga o no pasaporte, o esté irregular. Hay que garantizarles un cupo”, recalca el orientador Seco Villalobos. 

Para 2021, el MEP registró que al menos el 40% de los estudiantes extranjeros se encuentran sin documentos migratorios. Jhira aún no cuenta con una condición migratoria regular, tiene cita en Migración hasta finales de marzo, pero ello no impidió su matrícula. “Yo solo presenté la partida de nacimiento en la escuela para matricularla y me dijeron que cuando me dieran el documento migratorio de Jhira entregue una copia al colegio”, narra Hammer. 

Jhira junto con su hermana Deli Hammer regresando de su escuela. Foto: Katherine Estrada Téllez

En el caso de los menores que llegan a Costa Rica sin un documento probatorio de su nivel escolar, la matrícula se define tomando en cuenta su edad y deben realizar pruebas especiales de ubicación. “Si un niño o una niña tiene 11 años, tiene que estar en un nivel de quinto por la edad, pero, (si) con la prueba te das cuenta que tiene un nivel curricular académico de tercer grado, lo que hacemos no es moverlo a tercero, sino brindarle servicios de apoyo de educación especial que ayude al menor a nivelarse”, explica Seco.

Todos los centros educativos costarricenses cuentan con especialistas y profesores itinerantes para diferentes áreas que ayudan a los menores en su adecuada integración y diseñados para evitar la deserción escolar. “Tenemos terapia de lenguaje, conductual, servicios (para niños con) discapacidades cognitivas, fisioterapeutas y demás que ayudan a que el menor no desista de venir al colegio”, manifiesta.

Aunque los menores migrantes que se encuentran sin documentos en el país pueden matricularse en Costa Rica, si llegan a culminar sus estudios de secundaria sin regularizarse, el esfuerzo podría ser en vano. Sin una identificación, no obtienen un título de graduación y no podrán entonces ir a la universidad ni tener un trabajo, explica el ex subdirector general de Migración, Daguer Hernández, en el reportaje ¿Cómo es crecer ‘sin papeles’ en un país en el que no naciste?

La barrera del idioma para la niñez miskita nicaragüense 

En Costa Rica, al menos 300 familias de origen miskito se han asentado en diferentes zonas del país, según líderes comunitarios de esta población. Pavas ha sido el distrito donde más miskitos viven y donde se han identificado menores de edad dentro de las escuelas. 

CONFIDENCIAL intentó conocer a través de los centros educativos cuántos estudiantes miskitos nicaragüenses asisten a sus aulas de clases, pero no obtuvo respuesta de ninguna de las escuelas. 

Para 2016, las escuelas de educación primaria Finca San Juan, Lomas del Río y Rincón Grande, en Pavas, solicitaron al MEP un programa para la educación indígena, llamado Lengua Miskito, que sirviera de refuerzo para la niñez migrante miskito que asiste a estos centros educativos. 

“La idea fue crear una clase fuera de horarios que ayudara a los estudiantes miskitos de estas escuelas a tener una mejor integración al sistema escolar costarricense, no por temas cognitivos, sino por la barrera del idioma. Les enseño español a los niños que no lo hablan y también miskito a los hijos de otros miskitos que quieren aprender para que la lengua no se pierda”, explica Lizeth Pictán Chacón, profesora del Programa Lengua Miskito.

Desde ese año hasta la fecha han sido parte del programa alrededor de 50 estudiantes, de los cuales hay 35 activos. “Pasa que muchos padres no logran encontrar trabajo y se regresan (a Nicaragua) o se mueven de zona, esto hace que (los niños) se salgan del ciclo escolar y pierdan sus estudios”, menciona Pictán.

Otro de los objetivos del programa es que la niñez migrante miskita que no está matriculada vaya a la escuela con la certeza de que hay una clase que le permitirá aprender español. La profesora ha visto el deseo de aprender el idioma en los demás estudiantes, por lo que este año el curso está abierto para cualquier alumno. 

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Jhira junto con su orientadora y profesora de Lengua Miskito, Lizeth Pictán conversando luego de clases. Foto: Katherine Estrada Téllez.

La maestra indica también que esa necesidad la comparten los profesores guías de estos alumnos, pero aún no existe un programa de reforzamiento para ellos. “Hay mucho interés de los maestros de poder comunicarse con los estudiantes miskitos en su lengua, me preguntan frases y palabras para poder orientarlos ya que soy la única profesora miskita que tiene el MEP en estas tres escuelas”, cuenta.

Pictán espera que el programa crezca y que existan más profesoras como ella que entienda y atienda a la niñez migrante miskito. Ella también es de origen miskito, migró de la Costa Caribe Norte hace más de once años, esto le ha permitido una mayor conexión con esta población.

Una integración truncada por los prejuicios

Seco describe la inclusión de la niñez migrante en el sistema educativo como un proceso “complejo, de mucha resistencia, estereotipos y prejuicios” debido a los diferentes escenarios que enfrentan los niños y adolescentes, y dice que los centros escolares aún deben trabajar más en ese aspecto. “Nosotros tratamos de hacer esta integración con enfoque de derechos humanos”, recalca.

Juan Diego y su mamá posando en uno de los jardines del Centro Educativo Fidel Chaves Murillo. Foto: Alejandra Padilla.

A pesar de ello, la discriminación y la xenofobia se viven en las aulas de clases, y está más presente entre los menores en la pubertad y adolescencia. Aunque Juan Diego ha cultivado un sentido de pertenencia y su integración ha sido positiva, su hermano mayor de 12 años, por ejemplo, ha vivido situaciones de discriminación por parte de compañeros y maestras de clases.

“Él nunca tuvo problemas con sus notas, pero no te voy a negar que sufrió señalamientos por su cabello. Mi hijo es “afro” y ha sido difícil para él lidiar con comentarios racistas por su aspecto”, describe Taleno. 

Un estudio que analiza la política migratoria y de integración de Costa Rica publicado en noviembre de 2020 documentó que los estudiantes, particularmente de Nicaragua, enfrentan barreras como la discriminación y el racismo en las aulas de clase de ese país.

El hermano mayor de Juan Diego le expresó a su mamá el temor de que sus compañeros de clases supieran que era nicaragüense. No porque se afrenta de su país, sino porque sería otro motivo más para que lo señalaran en la escuela. 

La psicóloga Ruth Quiroz, quien se especializa en atender a personas migrantes en Costa Rica, señala que los mensajes xenófobos y racistas, en su mayoría, se originan en casa y luego estos son internalizados por los menores y reproducidos en espacios comunes como la escuela. 

“Para el adolescente lo más importante es encajar, encontrar un grupo par y cuando el bullying viene de sus compañeros de clases, se vuelve difícil sobrellevarlo. El ataque se siente personal y comienza a creer esos señalamientos, le baja el autoestima, lo desconcentra y no logra socializar”, describe Quiroz. 

Para deconstruir y prevenir estas actitudes, Seco comenta que el MEP ordena a las direcciones regionales que, a través de los centros educativos, realicen acciones para la promoción de un enfoque intercultural, donde se abran espacios para conocer otras raíces e identidades y se combata la xenofobia y la discriminación.

“Desde el centro educativo se ha venido trabajando la visibilización de la diversidad cultural a través de ferias que recalcan lo positivo de cada país, hemos hablamos con la niñez migrante (para) que sienta orgullo por su nacionalidad y también que el compañero (de clases costarricense) vea el aporte cultural que puede recibir de los menores extranjeros”, menciona Seco, al igual que reconoce que hay mucho trabajo por hacer y que es una lucha del día a día.

El costo de la educación 

Para los padres y madres migrantes nicaragüenses que no cuentan con un trabajo formal y tienen dificultades económicas, la compra de útiles escolares y uniformes para el nuevo ciclo escolar que empezó en febrero pasado ha sido uno de los principales retos.

Aunque la educación es gratuita, hay gastos que superan, en ciertos casos, el salario de los padres. “Yo siento que ha sido el año que más duro me ha ido. Uno, porque todo está exageradamente más caro en este país. Dos, porque solo trabajo de dos a tres días a la semana y (mis ingresos) no superan los 50 000 colones (unos 90 dólares), cuando me va bien. Con eso debo subsidiar gastos de casa, materiales escolares de mis hijos y sus pasajes para ir al colegio,”, relata la mamá de Juan Diego.

La hermana de Jhira consiguió algunos útiles escolares a través de donaciones, tiene una pequeña mochila negra donde apenas logra acomodar sus cuadernos, pero aún no tiene uniformes ni zapatos. “No se los he podido comprar porque yo no he encontrado trabajo, solo mi esposo trabaja y estamos pendientes”, indica Hammer 

Parte de los útiles escolares que Jhira ha logrado obtener para este año escolar. Foto: Katherine Estrada Téllez.

Aunque los centros escolares brindan ciertas ayudas económicas, acceder a ellas no siempre es fácil cuando se es migrante y, en muchos casos, las familias evitan pedirlas para no ser estigmatizados. 

Creo que a muchos nos pasa que no nos gusta que nos vean como menos, que nos vean como que necesitamos, aunque lo necesitemos. Uno la piensa antes de pedir algo, porque uno se siente como que está robándole algo, la oportunidad a los demás, porque así te hacen sentir, como un ladrón de oportunidades y pues sí, es duro”, cuenta Taleno.

La calidad del sistema educativo costarricense

A pesar de las barreras, las familias nicaragüenses valoran el nivel y la calidad que han encontrado en el sistema educativo costarricense, así como el acompañamiento que le dan a la niñez migrante para su integración.

“Uno aquí viene buscando seguridad y que la vida continúe, y parte de ese proceso de que la vida continúe es que los hijos tengan las herramientas como las tenía en su país para educarse y buscar cómo crecer y ser mejores”, menciona Doris y visibiliza ciertos aspectos positivos como la atención psicológica y de nutrición que reciben los menores, servicios que no reciben los niños nicaragüenses en el sistema público escolar de Nicaragua.

Otro aspecto que recalca Taleno es el seguimiento que los orientadores brindan a los estudiantes y lo pendientes que están del bienestar de cada menor e incluso de las familias. Así lo confirma Pictán, quien también ejerce como orientadora para los estudiantes miskitos en Pavas. “Contar con una persona de confianza a la que puedan consultar y sientan la comodidad de hablar, no solo de clases, sino de cómo se siente, ayuda mucho a que los estudiantes no se desmotiven”, relata. 

Estar en clases para la niñez migrante no solo le permitirá un buen desempeño académico también influye en sus vidas en un nuevo país. “He observado a Jhira se ve feliz cuando va a la escuela, me cuenta que ya tiene amiguitos y que está emocionada por aprender español y entender mejor las demás clases”.

Para las familias ver a sus hijos continuar sus vidas es lo más importante. “Siento que ahora mis hijos ya se sienten parte, les gustan sus escuelas y eso me encanta. Es como el primer paso para estar bien, para sanar, para crecer”, concluye Taleno.

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Katherine Estrada Téllez

Katherine Estrada Téllez

Periodista nicaragüense exiliada en Costa Rica. Se ha especializado en la cobertura de temas de migración, género y salud sexual y reproductiva. También ha trabajado en Marketing y Ventas y ha sido Ejecutiva de Cuentas.

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