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Familias no soportan alzas en alimentos para “medio comer”

Costo de alimentos sube más de 20% en un año. ¿Qué compran en casa? “–¿Aceite? Sí, del más barato. –¿Huevos, queso? Tal vez. –¿Carne? ¡Ya quisiera!”

Ilustración: Confidencial

Iván Olivares

6 de julio 2022

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Cuando su compañero de vida consigue un ‘rumbito’ en el campo de la construcción, Fanny Hernández (20 años, desempleada, madre de un hijo de un año), se alegra porque podrá comprar algo de alimentos para ese día y, si hubo suerte y él obtuvo un poco más de dinero, podrá adquirir unas libras de arroz, algo de frijoles, y un litro de aceite.

“Del medido, sí, porque ese vale 70 córdobas por litro. Del otro no, porque es más caro”, aclara. Mientras tanto, ella va llenando un saco con desechos de metal, y en los días en que él no consigue nada, se va a la chatarrera cercana, y vende el contenido por cincuenta córdobas.


La última vez le dieron solo 25, porque ese día ya no había nada qué comer, así que no dio tiempo a esperar que se llenara el saco.

Su realidad es muy similar a la de centenares de miles de cabezas de familia, en especial, de quienes están a cargo de comprar los alimentos y se ven en la necesidad de hacer ‘malabarismo comercial’, para asegurar que podrán poner algo de comida en cada plato que se sirva en su hogar… aunque no sea suficiente, ni en cuanto a cantidad, ni nutritivamente hablando.

En su dieta regular Fanny y Léster desayunan café, pan y crema y, si pueden, gastan 100 o 150 córdobas para su almuerzo. Lo que quede se combinará con queso o con crema, para hacer la cena. Suma a eso dos manojos de leña que solo alcanzan para cocer dos libras de frijoles, con el agravante que, en invierno, la leña está mojada, (o verde), y produce más humo que fuego, lo que irrita a Francisco, su hijo pequeño.

El predicamento de Fanny –y como el de ella, de miles de hogares más– se explica con una estadística calculada por el Instituto Nicaragüense de Información para el Desarrollo (Inide), que muestra el crecimiento desmedido de 20.3%, en el precio de los alimentos de la canasta básica, entre mayo de 2021 y mayo de 2022.

El precio promedio del componente ‘alimentos’ en la canasta básica de mayo del año pasado, era de 10 026.61 córdobas, y creció en 2036.11 córdobas, para valorarse en 12 062.72 córdobas al cerrar mayo de 2022.

El economista Enrique Sáenz explica que “si queremos analizar cómo afecta el aumento de precios a la inmensa mayoría de las familias, el primer referente es el costo de la canasta básica que publica el Inide”. En especial, recomienda “analizar cómo se mueve el componente de alimentos, porque la inmensa mayoría de los nicas gasta la totalidad de sus ingresos en comida, y a buena parte, ni siquiera le alcanza para eso, así que ese es el verdadero indicador para ver cómo repercute en la inmensa mayoría de las familias”.

El sueño lejano de comprar en un supermercado

Los ingresos de doña Blanca Torres son tan exiguos, que siente que “solo los ricos pueden ir a los supermercados”. Asegura que: “con lo poco que consigo, solo me alcanza para comprar arroz, azúcar y frijoles para comer una semana”. Sus ingresos están compuestos por una pensión de 2200 córdobas, y quizás 150 a 200 córdobas que obtiene su hija, los días en que consigue empleo por un día en talleres de confección textil.

El poco dinero que obtienen las dos mujeres, se estira de formas que ningún economista puede aprender en la universidad, para alimentar a cuatro adultos (uno de ellos con una incapacidad mental, que legalmente lo convierte en un menor de edad) y un adolescente. Al ser tan poca cantidad, las mujeres se ven obligadas a hacer sacrificios para asegurar que los menores coman un poco más.

“Yo veo que los precios de la canasta básica se encarecen cada día más. ¿Se imagina cómo afecta eso a quienes ganan un salario muy bajo, si todo está subiendo?”, reflexiona Torres, como si ella misma no tuviera que tomar decisiones a diario para tratar de surtir tres tiempos de comida… solo para volver a comenzar al día siguiente.

“Todo esto es muy difícil. A veces consigo arroz, y si puedo, lo revuelvo con huevo para darle de comer a los dos niños, y los mayores nos conformamos con un vaso de pinolillo, o uno de avena”, con el resultado de que “todos hemos perdido como diez libras de peso”.

Recuerda que hace más de tres años les daban una ayuda alimenticia, pero se las quitaron después de 2018. La última vez que comieron carne fue hace una semana, porque uno de los miembros de la familia estaba de cumpleaños, así que hicieron un gran esfuerzo para comer ‘algo especial’.

Ilustración: Confidencial

El resto del tiempo, la proteína proviene del huevo, y compran queso cuando su producción es tan alta, que los precios se desploman. Si no hay para comprar comida, es aún más difícil que el dinero alcance para comprar gas para cocinar, pero eso no es problema, porque en ese caso “pongo tres piedras en el suelo, y compro quince córdobas de leña, que solo me alcanza para preparar un tiempo de comida”, refiere.

Si el problema de esta familia es agobiante, lo es más saber que “estos son problemas estructurales que tienen mucho tiempo de existir, y cuyo mejoramiento requeriría de acciones en el mediano y el largo plazo”, dice el economista Marco Aurelio Peña.

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Al hablar de ‘problemas estructurales’ se refiere al nivel de producción del país, la calidad de los empleos, la cultura empresarial, la manera en que se hacen negocios, el trato hacia los trabajadores, la inversión privada, y la pública, que son las que determinan la generación de empleo, amplió.

Los mismos salarios, con menor poder de compra

Doña “Azucena” (que pide el anonimato para evitar conflictos con miembros de su familia que son afines al partido de Gobierno), ya es una mujer pensionada que, por su edad, sale poco de su casa, y menos a hacer las compras, pero observa las dificultades que pasa su hija para llevar a la casa la misma cantidad de alimentos que antes, y servir cinco platos de comida, tres tiempos al día.

Por los relatos de su hija, sabe que han subido algunos alimentos como el arroz, la carne de res y las verduras que necesitan para aplicar una estrategia de alternancia: un día almuerzan carne, otro día tallarines; al día siguiente carne, y al otro un guiso de pipián. Como bastimento, banano cocido en vez de plátano. Queso, solo para acompañar un gallopinto. Si desean un refresco natural la piensan, porque cuesta 40 córdobas comprar pitahaya y limones.

La realidad de doña “Azucena” y su familia, es similar a la que experimenta la mayoría de quienes se ganan la vida como trabajadores, porque en Nicaragua, los salarios –nominales y reales– mantienen una tendencia estacionaria, sin olvidar que a través de los años, los salarios reales más bien han ido declinando, denota el economista Peña.

El resultado es que “el asalariado se queda recibiendo más o menos la misma cantidad de dinero (ingreso nominal), mientras la inflación le va erosionando el poder adquisitivo y carcomiendo su ingreso real, y cada vez es menos lo que puede adquirir con su salario neto, en el caso de aquellos que tienen un empleo formal”, acotó.

Aunque el golpe que recibe esta familia es menor que el común denominador del país –a la pensión reducida que recibe “Azucena”, hay que sumarle los ingresos de su yerno y su hija para cubrir los gastos de cinco personas– ella siente que “somos afortunados, porque en la mayor parte de los hogares solo hay un salario”.

Esta familia ha adoptado una periodicidad quincenal para hacer sus compras, generalmente en supermercados como La Unión y PriceSmart, y aunque hay otras cadenas que tienen mejores precios, “no siempre tienen lo que uno necesita”. Además de comprar lo que planean consumir en dos semanas, aún deben visitar la pulpería a diario, para adquirir pan, queso, aguacate, semilla de jícaro, frutas, o esperar a que pasen los vendedores ambulantes.

Priorizar la comida

En la familia de Ivania Rodríguez –que se desempeña como tutora de primaria y secundaria a domicilio– hay varios trabajadores, lo que determina que las finanzas de su hogar dependan de más de un salario, así como de la pensión que recibe su padre, sin que eso signifique que no les afecta la forma en que aumentan el costo de la vida.

“No entiendo por qué hay alza de precios, siendo que hay suficiente producción, el costo de la gasolina está parqueado desde hace varias semanas, los caminos están buenos… yo creo que es por acaparamiento”, teoriza aclarando que la crisis que sufren muchas familias, a ellos no les afecta tanto, no solo porque hay varios ingresos, sino porque “cuidamos nuestro consumo, sin gastar en cosas superfluas, y priorizamos la comida”.

Ilustración: Confidencial

Sáenz explica que una parte de la respuesta a las interrogantes de la profesora Rodríguez, vienen desde lejos. Desde Ucrania, donde se pelea una guerra, o desde Moscú, donde se decidió hacer esa guerra, cuyos efectos se sumaron a previas distorsiones internacionales que incidieron en el alza del precio de los alimentos, el petróleo, y los fertilizantes.

El economista invita a ver qué fue lo que ocurrió en 2021, cuando no se podía culpar a esos ‘factores distorsionantes’ de lo que ocurría en Nicaragua, recordando que el precio de los alimentos se elevó 15% en 2021, año en que la pensión promedio de los jubilados, que es de C$6000, recibió un ajuste de 2%. El resultado son “ciento veinte córdobas que se van en la compra de dos libras de queso”, señaló.

A los trabajadores del Estado no les fue mucho mejor, siendo que su ‘reajuste’ fue de un 3%, mientras que los que solo ganan el salario mínimo, apenas recibieron un 7% más, lo que garantizó que 2021 cerrara “con más hambre y pobreza. También, según el Inide, más del 60% de la población laboral está en desempleo y subempleo o se trata de trabajadores sin remuneración”, precisó.

Más allá de las explicaciones de los expertos, la maestra Rodríguez busca respuestas locales, narrando que “cuando subió el precio del queso, dejé de comprar queso para no darle gusto a los intermediarios, y pasé al huevo. Ahora dicen que las zanahorias y los pepinos están caros por las lluvias, pero en Matagalpa, que es donde se producen, siempre ha llovido”, aduce.

Pero si ella busca las respuestas dentro de Nicaragua, hay muchos que las buscan fuera. Peña destaca cómo la pobreza, el desempleo, la inflación que disminuye el consumo de los hogares, “empuja a migrar por razones económicas. El nica vota ‘con los pies’, al buscar los mercados de trabajo de otros países, para generar ingresos y ayudar a sus familias enviando remesas monetarias”.

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Iván Olivares

Iván Olivares

Periodista nicaragüense, exiliado en Costa Rica. Durante más de veinte años se ha desempeñado en CONFIDENCIAL como periodista de Economía. Antes trabajó en el semanario La Crónica, el diario La Prensa y El Nuevo Diario. Además, ha publicado en el Diario de Hoy, de El Salvador. Ha ganado en dos ocasiones el Premio a la Excelencia en Periodismo Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, en Nicaragua.

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