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¿Y si vuelve Trump?

Como presidente, muy a menudo sus necesidades personales distorsionaron sus motivos e interfirieron en sus objetivos políticos

Donald Trump

El expresidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, participa en un torneo de golf en Sterling, Virginia. Foto: EFE / Michael Reynolds

Joseph S. Nye, Jr.

2 de junio 2023

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La temporada de campañas para las primarias presidenciales de 2024 en los Estados Unidos ha comenzado y la contienda final más probable es un nuevo encuentro entre el presidente Joe Biden y Donald Trump. A juzgar por el mapa electoral de 2020, Biden está bien posicionado para ganar. Pero la política estadounidense es impredecible, y hay un sinnúmero de sorpresas (en el ámbito económico, legal o de la salud) que pueden cambiar el panorama. De allí que muchos amigos extranjeros me pregunten que será de la política exterior estadounidense si Trump vuelve a la Casa Blanca.

La cuestión se complica por el hecho de que Trump mismo es impredecible. Antes de ser presidente no había ocupado ningún otro cargo político, y su historial se manifestó en la forma de un estilo político muy fuera de lo convencional. Su éxito como estrella de la telerrealidad se trasladó a que estuviera todo el tiempo centrado en mantener la atención de la cámara (a menudo con declaraciones que eran más escandalosas que reales) y en romper las normas de conducta convencionales.


También intuyó que podía movilizar el descontento denunciando los efectos económicos desiguales del comercio internacional y atizando el resentimiento contra la inmigración y el cambio cultural, en particular entre los hombres blancos mayores sin estudios universitarios. Con un goteo constante de declaraciones populistas, proteccionistas y nacionalistas, obtuvo una cobertura periodística igualmente constante.

En 2016 muchos esperaban que Trump se desplazara hacia el centro para ampliar su convocatoria política (como haría la mayoría de los políticos normales). Pero en vez de eso, siguió actuando para su base de seguidores, que usó como garrote contra cualquier congresista de su partido que osara criticarlo o contradecirlo. Aquellos republicanos que se le oponían abiertamente tendían a perder en las primarias contra retadores avalados por Trump. Esto le valió el control casi total del Partido Republicano. Pero es posible que en la elección de 2020 su llamado a la extrema derecha le haya costado el apoyo de algunos republicanos moderados e independientes en estados basculantes clave.

Como presidente, Trump fue diferente a todos sus predecesores. Era común que anunciara la introducción de políticas importantes (o el despido de miembros del gabinete) por Twitter, y en forma aparentemente caprichosa. De modo que su Gobierno se caracterizó por cambios frecuentes de personal de primer nivel, anuncios contradictorios y un presidente que desautorizaba a sus propios altos funcionarios. Pero lo que perdió en coherencia organizacional, lo compensó con su dominio casi completo de la agenda. La impredecibilidad fue una de las herramientas políticas más potentes de Trump.

En la medida en que tiene convicciones políticas, son una muestra de eclecticismo más que ideas republicanas tradicionales. Siempre expresó opiniones proteccionistas en el área del comercio internacional y canalizó el resentimiento nacionalista con la afirmación de que los países aliados se están aprovechando de Estados Unidos. Cuestionó abiertamente el consenso post‑1945 respecto del orden internacional liberal y proclamó la obsolescencia de la OTAN, lo que llevó a John Bolton, uno de sus ex asesores de seguridad nacional, a temer que en caso de reelección retire a Estados Unidos de la alianza. En tanto, Trump prometió hace poco “terminar el proceso de reevaluación fundamental del propósito de la OTAN que comenzamos en mi Administración”.

Siendo presidente se retiró del Acuerdo de París sobre el clima y abandonó el Acuerdo Transpacífico que había negociado su antecesor Barack Obama. Debilitó a la Organización Mundial del Comercio; impuso aranceles a las importaciones de acero y aluminio desde países aliados; inició una guerra comercial contra China; se retiró del acuerdo nuclear con Irán; criticó al G7; y elogió a líderes autoritarios con un historial conocido de violación de los derechos humanos. Se mostró notablemente amistoso con el presidente ruso Vladímir Putin y escéptico en relación con el apoyo estadounidense a Ucrania.

Las encuestas muestran que durante los años de Trump, Estados Unidos experimentó una pérdida considerable de poder blando. Los tuits pueden ayudar a fijar una agenda global, pero su tono y sustancia también pueden ofender a otros países. Trump prestó muy poca atención a los derechos humanos, y sus discursos dieron poca importancia a los principios de la democracia que todos los presidentes estadounidenses desde Jimmy Carter y Ronald Reagan han defendido. Incluso los críticos que aplaudieron el hecho de que Trump endureciera la postura hacia China lo reprobaron por no colaborar con los países aliados en la respuesta a la conducta china. Además, Trump menoscabó las ventajas tradicionales que ha gozado Estados Unidos por su influencia fundamental dentro de las instituciones globales.

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¿Qué podría pasar entonces durante una segunda presidencia de Trump?

Recordemos que antes de la elección de 2016, cincuenta exfuncionarios de seguridad nacional republicanos firmaron una declaración con esta advertencia: “Un presidente debe ser disciplinado, controlar las emociones y actuar sólo después de la reflexión y la deliberación cautelosa (…) Trump no tiene ninguna de estas cualidades críticas. No alienta (la presentación de) ideas opuestas. Carece de autocontrol y es impulsivo. No tolera la crítica personal. Ha generado alarma entre nuestros aliados más cercanos con su conducta errática”. Tras la victoria de Trump, esos críticos fueron excluidos de cualquier función en su Gobierno, y es probable que vuelva a suceder.

Es evidente que Trump es un líder político muy capaz en lo referido a consolidar poder. Pero su temperamento como gobernante muestra que carece de la inteligencia emocional que sostuvo el éxito de presidentes como Franklin D. Roosevelt y George Bush (padre).

Como dijo cierta vez Tony Schwartz, escritor de la autobiografía de Trump: “Desde el primer momento me di cuenta de que la autoestima de Trump está siempre en riesgo. Cuando se siente agraviado reacciona en forma impulsiva y a la defensiva, y construye un relato justificador independiente de los hechos (…) Sencillamente, no hay lugar en él para las emociones o el interés en otras personas (…) Un elemento clave de ese relato es que los hechos son cualquier cosa que Trump piense que son un día cualquiera”. Como presidente, muy a menudo sus necesidades personales distorsionaron sus motivos e interfirieron en sus objetivos políticos.

Su temperamento también puso límites a su inteligencia contextual. Aunque su falta de experiencia en cargos de Gobierno y en los asuntos internacionales ya lo hacían menos apto para la Presidencia que la mayoría de sus predecesores, luego no mostró casi ningún interés en cubrir sus faltantes de conocimiento. Peor aún, su necesidad constante de validación personal provocó decisiones erradas que debilitaron las alianzas de los Estados Unidos (por ejemplo, tras sus reuniones cumbre en 2018 con Putin y con el norcoreano Kim Jong‑un).

A juzgar por la conducta de Trump como expresidente, nada ha cambiado. Sigue negándose a aceptar su derrota en 2020, y en su campaña para regresar a la Casa Blanca tras la elección del año entrante hemos visto las mismas declaraciones extremas para movilizar a su base de seguidores. Si triunfa, el único aspecto predecible de la política exterior estadounidense será la impredecibilidad.

*Artículo publicado originalmente en Project Syndicate.

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Joseph S. Nye, Jr.

Joseph S. Nye, Jr.

Geopolitólogo y profesor estadounidense. Profesor de la Universidad de Harvard y ex subsecretario de Defensa de Estados Unidos. Es cofundador de la teoría del neoliberalismo de las relaciones internacionales.

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