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Vargas Llosa y el canto del cisne

Con "Le dedico mi silencio" convalida la tesis de que por mucho que demos vueltas por el mundo al final regresamos donde tenemos hundidas las raíces

Mario Vargas Llosa leyendo Le dedico mi sielncio

Mario Vargas Llosa les lee un extracto de LE DEDICO MI SILENCIO, la historia de un hombre que soñó un país unido por la música y que enloqueció al querer escribir un libro perfecto que lo contara. // Foto: Captura de pantalla de Pinguin Libros Mx

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“Que la música criolla va a tener ese papel fundamental
de unir a los peruanos. Es una tesis bastante enloquecida, ¿no te parece?
—Lo tengo que leer —dijo el joven—. A mí me gustan esas locuras, no creas”.
Mario Vargas Llosa

1. Un anuncio inesperado

La declaración de Mario Vargas Llosa anunciando que con la publicación de Le dedico mi silencio (Alfaguara, octubre 2023), cerraba su ciclo de escritor fue un anuncio inesperado. Justamente suscribía que no volvería a escribir novelas. El tiempo requerido para terminarlas le lleva varios años. Una muestra de responsabilidad intelectual y probidad literaria. No deseaba emprender esa aventura si no iba a ser capaz de darla por concluida. El 17 de diciembre de 2023 afirmó que no seguiría escribiendo su columna “Piedra de toque”. Dejaría de caminar por el espléndido mundo de la creación literaria y las avenidas del periodismo, donde obtuvo hermosas satisfacciones. Cerrará el periplo pergeñando un ensayo sobre Jean Paul Sartre, su maestro durante sus años juveniles.

2. Digno regreso a sus raíces peruanas


Con Le dedico mi silencio convalida la tesis del poeta británico-estadounidense T. S. Eliot. Por mucho que demos vueltas por el mundo al final regresamos donde tenemos hundidas nuestras raíces. Una vuelta a sus orígenes. En un gesto muy suyo decidió que su canto de cisne esté dedicado a reivindicar la música criolla, especialmente el vals peruano nacido en los callejones de Lima. Composiciones sin vínculo alguno con las producciones musicales de los tres primeros siglos de la colonia. En esos lugares insurgieron los primeros grandes guitarristas y cajoneadores del Perú. Los mejores bailarines de valses, huainitos, marineras y resbalosas. Música auténticamente popular. La clase baja resulta creadora de una música que escaló las alturas. Por esa puerta entra de nuevo al Perú. 

Dueño de un estilo literario inconfundible, en la novela discurren dos relatos. Marchan de manera paralela. Ambas narraciones se implican, saltan a la vista y se refuerzan. Sobre estos carriles se desliza la elaboración de un libro escrito por Toño Azpilcueta, quien escucha alucinado por una sola vez a Lalo Molfino, guitarrista de alta estirpe, el más grande de todos. Se empina sobre el horizonte de un país que había dado muestras de poseer grandes guitarristas. Ninguno alcanzaba la excelencia de Molfino. En la otra orilla elabora un ensayo que recoge y sintetiza la historia de la música criolla peruana. Una reconstrucción minuciosa emprendida por alguien que confiesa desde el inicio su profundo amor por esta clase de composiciones. Un deleite para todos.

Sostenido en el aire Toño Azpilcueta erudito en música criolla, aspiraba a que cuando se retirara de su cátedra el profesor Morones, él heredaría su asiento en la San Carlos de Lima. La creación del personaje confiere peculiaridad a la obra. Los atributos con que lo carga y su empeño por escribir un libro consagratorio de la biografía de Lalo Molfino es tentadora. Encontró en el chino Collau el mecenas que necesitaba. Le arrastró con su pasión desbordada e irrefrenable por Lalo Molfino y su teoría de la importancia de la música criolla para la unificación del Perú. En estado febril le dice que el vals criollo era uno de los más grandes aportes peruanos a la cultura universal. La efusividad que imprimía a sus palabras emocionaron al chino hasta derramar lágrimas.

Se entregó en cuerpo, alma y corazón a investigar todo lo relacionado con Lalo Molfino. Una obsesión cotidiana. Su libro serviría para unir al Perú. Atrás quedarían las tropelías y atrocidades cometidas por Sendero Luminoso. Toño Azpilcueta hizo de la música criolla su religión. Tiempo y pensamiento los dedicó a viajar hasta donde fuese necesario con tal de obtener toda la información posible. Muy pocas personas daban cuenta de su existencia. Eso no constituyó ningún impedimento. Con los pocos datos recogidos se enteró que se trataba de un huerfanito. Su carácter huraño e incapacidad para el amor eran explicables. El cura de Puerto Eten lo recogió de un basurero. Lalo recogería después en ese mismo lugar los despojos de la guitarra con la que hechizó a Azpilcueta.

3. La música criolla y la huachafería

Entre más vueltas da Toño más convencido quedaba que ni la política ni la religión unirían a los peruanos. Ni Marx ni Jesús serían sus redentores. Esos valsecitos que provenían de los sectores más empobrecidos, servirían como catalizadores de la conciencia de sus paisanos. No pasó mucho tiempo para que la música criolla ganara el corazón de los peruanos. Su procedencia era lo de menos. Tal vez por haber nacido en los tugurios, por su contenido y la forma como eran bailados, pegaditos, restregándose el cuerpo, viéndose a los ojos y susurrándose al oído palabras que incendiaban la imaginación, el conjunto heterogéneo de gestos y palabras, abría alas a un torrente fragoroso cargado de un erotismo inflamado que se esparcía por toda la pista.

Prueba viviente que esa música traspasaba fronteras y uniría a los peruanos, era el amor entrañable nacido al compás de estos valsecitos, entre la negra Lala Solórzano y el chico bien de Toni Lagarde. Cuando sus padres se enteraron que el amorío de su hijo con una pobretona y por además negra iba en serio lo desheredaron. Esta relación fue modelo del que partió Toño Azpilcueta para ratificar su teoría. Poco antes de concluir la redacción tenía el nombre con que el libro sería bautizado: Lalo Molfino y la revolución silenciosa. Solo le faltaba encontrar un editor. El rechazo de las editoriales más conocidas del Perú no atropelló su ánimo. Un viejo librero, Antenor Cabada, hizo una primera edición de mil ejemplares. El mutismo de los críticos le desconcertó. Un bache impensable.

A la vez que Toño escribía su libro, el ensayista rastrea los orígenes de la huachafería. Con el mismo rigor que indagaba sobre autores y obras de renombre salió en su búsqueda. Sin importar sus raíces: pudo provenir de Colombia o Venezuela ni su escritura original —“guachafa”— el escribidor da por cierta que la mutación de la palabra se debe a Jorge Miota. Sustituyó “guachafa” por huachafa. Aludía “a fiestas de medio pelo y a muchachas presuntuosas y cursis… El vals criollo es la expresión por excelencia de la huachafería… Posee un contenido estético, se trata de una manera de sentir, jugar, expresarse y juzgar a los demás… En el Perú hay una huachafería aristocrática y otra proletaria”. Vargas Llosa piensa que en la clase media es donde esta reina y truena.

Cuando nadie lo pensaba el libro comenzó a ser comentado en los diarios. Animó a Cabada a efectuar una segunda edición. Toño le pidió una semana para salvar omisiones. Se tiraron 4 mil ejemplares. ¡Fue la apoteosis! La crítica elogió a Toño y en la San Marcos de Lima restituyeron la cátedra sobre la música criolla. Se vendieron todos los ejemplares. Convinieron una tercera edición. Deseaba hacerle ajustes. Cabada le rogó que por nada del mundo cambiara su principal atractivo: la música criolla como factor de integración social. Toño un ser sensible y vulnerable para paliar las críticas incluyó las corridas de toros y a la religión como factores de unión y fraternidad peruanas y fue el despelote. Todo se vino abajo. El edificio que tanto le había costado construir se derrumbó.

4. Un personaje entrañable

Toño Azpilcueta resulta un personaje entrañable, no podría aventurarme a decir si alcanzará las resonancias de Lituma, la Chunga, el capitán Pantaleón Pantoja, Zavalita o el negro Ambrosio. Entraron a la galería de personajes memorables delineados con pasión y ternura por Vargas Llosa. Permanecerán en nuestra memoria por los siglos de los siglos. Toño Azpilcueta pertenece a la legión de perdedores. Un antihéroe. Su carácter le une al apretado grupo de figuras emblemáticas hispanoamericanas. Como don Quijote y el coronel Aureliano Buendía, libró con hidalguía sus batallas y las perdió todas. Nos confirma que la utopía no ha arriado sus banderas. Señala otros caminos. Enciende una luz de esperanza. Terco había empezado a pergeñar en su libreta nunca sabremos qué…

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Guillermo Rothschuh Villanueva

Comunicólogo y escritor nicaragüense. Fue decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA) de abril de 1991 a diciembre de 2006. Autor de crónicas y ensayos. Ha escrito y publicado más de cuarenta libros.

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