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Trump: ¿comienzo de una pesadilla?

Bajo un gobierno de Trump, el daño a Estados Unidos y al mundo podría ser, si no apocalíptico, muy grave

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. EFE/Stephanie Lecocq.

18 de noviembre 2016

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A muchos de nosotros nos cuesta creer las historias que sobre discriminación y violencia racial salen a la superficie con frecuencia ascendente en Estados Unidos. No porque nuestras sociedades de origen estén exentas de ese pecado.  También hay racismo en Hispanoamérica, pero el de nuestras tierras –creo--es un racismo de condescendencia y desprecio, mientras que el de Estados Unidos tiene una carga de odio y un nervio activo que lo hace diferente, más perverso. Ese odio había retrocedido y su nervio estaba anestesiado, pero el Trumpismo parece haberlo sacado de su estupor.

¿Podrá asentarse esta nueva realidad? ¿Es posible regresar en el tiempo a la era que precedió a Martin Luther King y otros que lograron convertir el racismo en un pecado que había que evitar, o al menos esconder? ¿Podrá el nuevo gobierno utilizar estos odios de renovado vigor para transformar radicalmente la sociedad estadounidense?


Tristemente, es posible; me pregunto si incluso sea probable.  El candidato Trump fue casi un llanero solitario, sin muchos asesores políticos de peso, mientras que el presidente Trump va a tener la ayuda de políticos de oficio, expertos en las artes de administrar y controlar los tiempos, los mensajes, el dorado de las píldoras y hasta el dolor de los diferentes grupos de una sociedad segmentada.

La derecha Republicana, que guardó una incómoda distancia táctica en los meses finales de la campaña, parece feliz de transar a cambio de la puesta en vigor de ciertos cambios estructurales que han perseguido sin fortuna durante muchos años.  Esta es su oportunidad de oro para abolir el mercado de seguros subsidiados del llamado Obamacare, de privatizar el seguro médico para los mayores (Medicare), de procurar la criminalización del aborto y la prohibición del matrimonio entre homosexuales, entre otras metas que consideran prioritarias.

Habrá que ver si están dispuestos a votar a favor del proteccionismo económico y de la explosión del déficit fiscal que sería inevitable si se rebajan los impuestos a las corporaciones y familias de altos ingresos mientras se aumenta el gasto en infraestructura.  Es probable que los Republicanos acepten sin dificultad lo segundo; lo han hecho antes.  Es de esperar que entre la clase empresarial exista una gran resistencia a lo primero, lo cual no hará imposible su ejecución, pero sí la hará más costosa en términos fiscales y políticos.

En cualquier caso, un manejo mínimamente astuto de la política doméstica puede que haga subir la popularidad de Trump en la primera fase de su gobierno; no debe sorprender a nadie si alcanza niveles superiores al 60%, lo cual haría políticamente factible que su programa radical y el programa radical Republicano confluyeran, y probablemente establecería como “normal” el clima de relaciones raciales que muchos temen, y del cual ya asoman señales inquietantes.

Parte de la estrategia de la nueva alianza política será sin duda aplicar el viejo adagio de “divide y vencerás”.

Dividirán a los ciudadanos entre "buenos perdedores" y "malos perdedores" para desmovilizar moralmente a la oposición.

Dividirán a los ciudadanos entre los que sean inicialmente lastimados por el programa de Trump y los que bajo la excusa o percepción de que "a nosotros no nos ha hecho nada", terminen agradeciendo--al menos temporalmente--al secuestrador; una variante del Síndrome de Estocolmo manifestada a través de numerosas versiones de "en realidad no era tan malo Trump".

Dividirán a los ciudadanos entre los que se preocupan por el mundo y los que se preocupan por su vecindario--cuando mucho, y quizás apenas por su casa. Para este último grupo, si los desmanes del nuevo gobierno ocurren en una tierra distante, si en realidad cumplen la promesa de torturar y arrasar y matar familiares de sospechosos de cometer actos terroristas, no pasa nada.  Es más, la implacabilidad del estilo Trump les serviría a quienes controlan la maquinaria de propaganda para dividir a los ciudadanos entre “patriotas” y “traidores”, una fórmula casi siempre exitosa.

Dividirán a los ciudadanos entre aquellos que "defienden nuestras fronteras" y los que “defienden la entrada libre para criminales y violadores", y como "yo no soy mexicano, ni musulmán”,  pues entonces “no es conmigo la cosa” o “algo habrán hecho para merecerlo” es el corolario habitual.

Dividirán a los ciudadanos entre los contentos porque el gobierno haga inversiones (necesarias, por cierto, no lo discuto) que probablemente impulsen temporalmente el crecimiento de la economía, y los que no quiten el dedo del renglón de los derechos humanos.

Dividirán a los ciudadanos entre los que estén dispuestos a creer las palabras de un Trump inverosímilmente amable, civilizado, promotor de la paz, que incluso leería pronunciamientos contra ciertos actos de violencia racial (mientras tanto, sus paniaguados continuarían alentando la indignación de los “verdaderos ‘Americans’ ”) y los ciudadanos que no están predispuestos a olvidar cómo las palabras de odio del candidato Trump fueron el detonante de toda esta maldad.

Y dividirán a los ciudadanos entre quienes terminen resignándose y quienes mantengan la esperanza y busquen de la mejor manera contribuir a que la pesadilla termine.

Porque ojalá que yo esté equivocado --pocas veces he querido tanto estarlo: aunque muchos ciudadanos posiblemente salgan ilesos de esta tragedia política, en el mejor de los casos al menos unos cuantos millones de personas van a sufrir, y probablemente mucho.  Y en el peor de los casos, que se ha vuelto imaginable por más que uno se resista a creerlo, el daño a Estados Unidos y al mundo podría ser, si no apocalíptico, muy grave.


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Francisco Larios

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