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Transiciones, o leyendo a Havel desde América Latina

En Nicaragua, Rolando Álvarez, obispo de Matagalpa, sentenciado a veintiséis años de cárcel, está “viviendo en la verdad”

A monseñor Rolando Álvarez en su cumpleaños

8 de diciembre 2023

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Por gentileza de Sergio Ramírez y Claudia Neira Bermúdez, he tenido la suerte de participar en las dos últimas ediciones de Centroamérica Cuenta, el festival literario originado en su Nicaragua natal hace diez años que ahora se ve obligado a la itinerancia a causa de la monstruosa represión de Daniel Ortega y Rosario Murillo, la siniestra pareja presidencial de ese pobre país centroamericano. Participar en debates sobre el drama político de Centroamérica me llevó a volver a pensar en lo que fue un tema del pasado: las transiciones a la democracia, y cómo lograrlas. Hace 45 años América Latina empezó a despedir a los dictadores, como protagonista importante en lo que Samuel Huntington llamó la tercera ola de democratización (que abarcó también a España). Después de caer otra vez en dictaduras, en Nicaragua y Venezuela y seguramente pronto en El Salvador, desgraciadamente, el primer punto de la agenda política ha sido una vez más cómo emprender aquel proceso (y desde luego se aplica a Cuba, donde la tercera ola nunca llegó).

Hay lecciones relevantes en la literatura de las transiciones anteriores. Sergio Bitar y Abraham Lowenthal reunieron en Transiciones democráticas (2016) entrevistas con protagonistas como Felipe González, Patricio Aylwin, Ricardo Lagos y Ernesto Zedillo, que sugieren sobre todo dos: la importancia de unir a las fuerzas de oposición y de intentar dividir al régimen dictatorial, dialogando con sus palomas y aislando a sus halcones.


La incapacidad de la oposición venezolana, siempre enfrascada en luchas pequeñas entre egos grandes, de hacer caso a esas lecciones durante los últimos veinte años es una de las razones de su fracaso (hay otras, como la ayuda de Inteligencia cubana al régimen y la cínica pasividad de este frente al éxodo de más de seis millones de sus ciudadanos). Ahora, en teoría por lo menos, la oposición tiene otra oportunidad en la elección presidencial que el Gobierno de Nicolás Maduro se ha comprometido a llevar a cabo en el segundo semestre del año entrante. Contra todo, la oposición logró hacer una primaria en la que votaron más de dos millones de venezolanos, dando su apoyo a María Corina Machado con un porcentaje de 92%.

Hay un detalle, por supuesto: la candidata está sujeta a una inhabilitación espuria que le impide serlo. Hay que esperar que la estrategia de la Administración Biden de zanahoria (levantamiento parcial de sanciones) y palo (amenaza de volver a imponerlas) funcione para permitir que Machado participe. En su defecto, ella tendría que nombrar a un representante.

La elección de octubre en Polonia ofrece otro ejemplo. La coalición democrática opositora dirigida por Donald Tusk logró derrotar al régimen populista del partido derechista Ley y Justicia (PIS, por sus iniciales en polaco) a pesar de que estuvo ocho años en el poder, tiempo en que copó las instituciones con su gente. Con una campaña incansable de meses de mítines, la oposición logró movilizar a gran número de polacos: la participación del 74% fue un récord histórico.

Claro, siempre ayuda tener “un héroe de la retirada”, para usar el término acuñado por Hans Magnus Enzensberger: un líder del sistema que facilita la transición, como Adolfo Suárez en España, Zedillo en México o F. W. de Klerk en África del Sur. Hasta ahora, no se vislumbra un equivalente en Venezuela. En Polonia la presión de la Unión Europea, que suspendió 35 billones de euros de ayudas por los atropellos al Estado de derecho del PIS, sin duda ayudó a la oposición. Habrá que ver si Estados Unidos logra lo mismo en Venezuela. Hay motivos para el escepticismo, pero no para perder la esperanza.

A pesar de todo, el régimen de Hugo Chávez y de Maduro no ha logrado imponer un sistema totalitario en Venezuela. Hay vestigios de una sociedad abierta. Eso no ocurre en Nicaragua ni en Cuba, donde la represión no deja ningún espacio para una oposición política organizada. En estos países tal vez las lecciones relevantes vienen de las transiciones anteriores en Europa Central y Oriental, de regímenes estalinistas a la democracia con la caída de la Unión Soviética.

Václav Havel, un gran dramaturgo y pensador liberal checoslovaco, analizó las complicidades que exigieron y recibieron estos regímenes de sus ciudadanos. En El poder de los sin poder, un libro publicado clandestinamente en 1978, Havel argumentaba que el estalinismo se sostuvo no solo gracias a la represión y su capacidad de vigilancia (por ejemplo, la Stasi, la notoria policía política de Alemania Oriental) sino también a su ideología.

Esa ideología funcionaba como una “religión laica” basada en hipocresía y mentiras. Crea “un puente de excusas entre el sistema y el individuo” en “un mundo de apariencias que fingen ser realidad”, simbolizado para Havel en un vendedor de verduras que pone en la vitrina de su tienda un cartel que reza “Trabajadores del mundo, uníos” como un acto de conformismo con el sistema, no de convicción. Cuando Havel escribe que “la virtuosidad del ritual se vuelve más importante que la realidad que esconde” uno piensa en los actos públicos del comunismo cubano o el sandinismo.

El sistema exige “vivir en la mentira”, escribe Havel, y frente a eso la respuesta más efectiva es “vivir en la verdad”, una resistencia moral que con el tiempo podría fomentar la articulación de una sociedad civil y una cultura alternativa desde abajo. Por realizar actividades culturales disidentes, Havel pasó casi cuatro años en la cárcel. Pero meses después de la caída del Muro de Berlín, se convirtió en el primer presidente electo de la Checoslovaquia democrática y una referencia moral en Europa.

Nada de esto es fácil: los finales felices no están garantizados. Pero tal vez es el único camino. En Nicaragua, Rolando Álvarez, obispo de Matagalpa, sentenciado a veintiséis años de cárcel, está “viviendo en la verdad”. También lo está haciendo lo que queda de la oposición cultural cubana. Aunque sea desde el exilio, Centroamérica Cuenta es una forma de “vivir en la verdad” que tiene sus ecos en Nicaragua. Como dijo Havel, nunca se sabe qué gota, y cuándo, hace que se rebase el vaso.

*Artículo publicado originalmente en Letras Libres.

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Michael Reid

Escritor y periodista británico. Estudió Ciencias Políticas, Filosofía y Economía en Balliol College, Oxford. Es editor de la revista The Economist. Su libro más reciente es “Spain: the trials and triumphs of a modern European country” (España: las pruebas y triunfos de un país europeo moderno).

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