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Todo cambia. En Juigalpa todo cambia

La invasión de pequeños negocios roba la paz a los vecinos, y deteriora la imagen de una ciudad como Juigalpa

Imagen de una calle de Juigalpa.

En algunas calles de Juigalpa, ya no queda ninguna casa de habitación: todas se convirtieron en negocios.

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Lo digo con enojo. Con inocultable enojo: en Juigalpa todo cambia, y no siempre para bien. Solo basta un ejemplo. Partiré de la cuadra o manzana donde mis padres construyeron nuestro hogar. Estoy hablando de la calle Palo Solo. A solo unos metros de catedral. De repente brotó la peste de los negocios e infestó gran parte de la ciudad. Pocos lugares han quedado a salvo. Como toda regla, la excepción ocurre en los barrios periféricos. No contentos con haber alquilado o convertido sus casas en pequeños o grandes negocios, parece que el mal acrecienta el apetito y otros se apoderaron de aceras y calles. Su voracidad impide la libre movilización. Nadie queda a salvo. La asfixia que provocan a las autoridades las tiene sin cuidado. No les importa la estrechez ajena.

La inexistencia de reglas del juego o falta total de reglas, permite que cada quien haga en la ciudad lo que le viene en gana. En mi cuadra únicamente existían tres negocios. La panadería de doña Aura Benavente, la comidería de doña Manuela Carazo y el estanco de doña Dora Flores. Doña Merceditas Matamoros vendió la parte de su predio a don Martín Hernández. Construyó su casa. Un día decidió mudarse y se la vendió al doctor Roberto Mora, quien instaló su clínica y abrió una farmacia. En este entorno sobresalían dos escuelas. Una de mecanografía, la primera en Chontales, fundada por doña María Delia Matamoros y una escuela pública, que con los años pasó a ser la Casa del Maestro ‘Etelvina Lanzas Villanueva’. Un reconocimiento merecido a la maestra de toda la vida.


La proximidad del Mercado Municipal -que en ese entonces no llevaba el nombre de Esperanza Díaz, una de sus fundadoras- sin duda estimuló la fiebre para que los negocios terminarán engullendo la manzana, con excepción de la casa de la odontóloga Irene Hernández Aragón, la casa de los Rothschuh Villanueva, y la parte interna de la casa de don Santiago y doña Ruth Montiel. La casa solariega de las Montiel, Pepa y Amanda, con su bonito jardín, una vez fallecidas, sus herederos decidieron alquilarlas al mejor postor. Viven fuera de Juigalpa. Tiene instalada una panadería, una venta de repuestos y celulares, una heladería, una miniferretería y otras dos ventas de celulares. Colman todo el espacio. Don Santiago y doña Ruth buscaron refugió en el interior de su casa.

II

A la Casa del Maestro de repente le salió un furúnculo canceroso. La acera quedó invadida con una caseta de zinc; sus dueños arman y desarman la venta de zapatos todos los días del mundo. Luego sigue nuestra casa. Ariza Castilla Matamoros vendió su casa a la familia Vargas Montoya. En cuanto pudieron alquilaron el frente a un par de negocios. Una venta de zapatos y otra de Claro. En menos de lo que canta un gallo un par de negocios de chinos están en proceso de apertura. El doctor Roberto Mora migró hacia su nueva casa y la dejó en alquiler a una joyería y a tres vendedores de ropa. Su casa, doña Catalina Gaitán la heredó a dos de sus nietas, hijas de Bayardo. Las dos casas fueron dadas en alquiler. Su ubicación resulta excelente. Están propiamente frente al mercado municipal.

La casa de doña Minar Cruz de Hernández, espaciosa y con un enorme patio, siguió el mismo camino. El primero en instalar un negocio fue su yerno Denis Duarte, casado con su hija Liana. Debido a su gran tamaño, instalaron una cantina en la parte que compró doña Rosa Salazar. En la esquina existe una venta de ropa. Tal vez lo más sobresaliente y llamativo sea la presencia de un predicador evangélico que lee e interpreta la Biblia a su manera. Desde su púlpito improvisado arenga a la feligresía. Al principio sus peroratas causaban temor y desasosiego. No se cansa de enviar gente al infierno. Su presencia terminó naturalizándose, tanto que ahora muy pocos le ponen atención. En la parte norte de la acera hay una venta de granos, otra de verduras y un negocio de ropa.

En la casa de doña Minar, adyacente a don Teófilo Castilla, existe una venta de bolsas plásticas. La casa de don Teófilo es ocupada por uno de los tantos casinos existentes en Juigalpa. La casa de doña Aura Benavente fue alquilada a vendedoras de verduras. Se dice que es propiedad del doctor Pablo Sierra Chacón. La acera frente a la que fuese casa de monsieur Medardo Robleto, donde ahora tiene instalada su tienda “El Verdugo”, está plagada de vendedores de verduras. Casa y calle están invadidas por los vendedores. Son más agresivos que los zompopos. Igual ocurre con la acera frente a la casa de la familia Miranda-Santamaría. Para protegerse ellos pusieron piedras de cantera. La siguiente parte es ocupada por un negocio que oferta únicamente mercadería china en Juigalpa.

III

En la casa de la familia Fernández Sobalvarro funciona una microfinanciera. La parte correspondiente a don Bemildo Díaz se la compró hace muchos años su hermano Miguel Ángel. Hoy está alquilada a vendedores de pollo y de ropa usada. Un comercio exitoso que continúa creciendo y expandiéndose como hongos por toda Nicaragua. En Juigalpa los hay por todos lados. La otra parte de la casa de don Bemildo fue adquirida por la farmacéutica Anita Alvarado, que decidió instalar Farmacia Cristal, su propio negocio. Con esto solo pretendo insistir en que poco o nada queda en una manzana que un día fuera un remanso de paz. Los negociantes no tienen reparos, consideran legítimo todo aquello que permita acrecentar sus ventas. Sus altoparlantes ponen los nervios de punta.

En Juigalpa todo cambia, hasta en nuestra manzana pareciera que ningún negocio se ha asentado para siempre. Desde el mes de enero, al solo despuntar el año 2024, la venta de zapatos y el negocio propiedad de Claro tuvieron que mudarse, entregaron sus locales. Nuevos inquilinos con mejores ofertas de pago aparecieron en el horizonte. La familia Vargas Montoya canceló los antiguos alquileres y convino ceder su casa a negociantes chinos. Tienen más de tres meses de estar remodelando el local. Hay quienes especulan que la tardanza obedece a que piensan instalar un casino. Al menos yo no lo creo. ¿Un casino a solo treinta metros de la Biblioteca Municipal Octavio Gallardo García? Pienso que la alcaldía municipal no permitiría semejante osadía. Cometerían un nuevo error.

El doctor Roberto Mora hizo lo mismo, creyó oportuno sacar mayores dividendos. Canceló el alquiler a sus viejos arrendatarios. Una mejor paga se transformó en factor disuasivo. Tuvo la cortesía de darles el tiempo de ley para que le desocuparan los locales. Los nuevos oferentes también son chinos. ¿Serán los mismos o son otros los inquilinos? La interrogante flota en el ambiente. En algunos mentideros hay quienes sostienen que se trata de parte de la camada de negociantes chinos que establecieron como su nuevo destino a la ciudad de Juigalpa. Este sería el tercer negocio de artículos chinos instalado en nuestra cuadra. Con su proceder sientan cátedra. Abren sus negocios a las 9 am y los cierran hasta las 9 pm. Hay contradicciones. Parte de los juigalpinos elogia su conducta.

IV

Con mucha ironía Jarott Carvajal Quintanilla —que sabe de lo que habla — me dijo que los chinos estaban dispuestos a comprar toda la manzana. Su mordacidad obedece al despliegue vertiginoso de los orientales. En Juigalpa, en la cuadra donde vivimos, hay más negocios y ventas de artículos chinos por metro cuadrado, que en el resto de la ciudad. No son bulliciosos ni partidarios de ocupar las aceras para obstruir el tráfico. Ellos mismos se ponen al frente de sus negocios. Carvajal Quintanilla con ironía me preguntó: “¿Por cuánto venderían su casa?”. Por nada del mundo, señor. La primera de concreto en la provincia ganadera y no creo que los chinos tengan plata suficiente como para pagar su valor simbólico. Es la casa del poeta Guillermo Rothschuh Tablada.

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Guillermo Rothschuh Villanueva

Guillermo Rothschuh Villanueva

Comunicólogo y escritor nicaragüense. Fue decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA) de abril de 1991 a diciembre de 2006. Autor de crónicas y ensayos. Ha escrito y publicado más de cuarenta libros.

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