Museo de Memoria itinerante sobre Nicaragua
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Ambos desafiaron al poder desde trincheras distintas, pero con un objetivo común: defender la vida humana y denunciar el horror
La bandera de Nicaragua al momento de ser colocada sobre el féretro de Roberto Samcam. Foto: Cortesía Artículo 66
Hay hombres que, aun después de asesinados, siguen siendo una amenaza para los tiranos. Sus ideas sobreviven, su ejemplo perdura, y su nombre se convierte en semilla de rebeldía. Uno de esos hombres es el mayor retirado Roberto Samcam. Su crimen fue imperdonable para el régimen de Daniel Ortega: pensar, hablar con claridad, y negarse a callar ante la injusticia. Como Héctor Abad Gómez en Colombia, Samcam entregó su vida —y terminó perdiéndola— por la defensa inquebrantable de los derechos humanos. Su asesinato en el exilio, en suelo costarricense, no es solo un acto de cobardía: es una advertencia de lo que son capaces los regímenes que se saben en decadencia.
Comparar a Samcam con Abad Gómez, médico especialista en salud pública, defensor de derechos humanos, asesinado en Medellín, Colombia, en 1987 por grupos paramilitares, no es una exageración retórica. Ambos entendieron que el silencio era cómplice. Ambos desafiaron al poder desde trincheras distintas —uno desde la medicina, otro desde el análisis militar y político— pero con un objetivo común: defender la vida humana, denunciar el horror, alzar la voz cuando todos temen. Y por eso los mataron.
Samcam fue un militar que abandonó el uniforme pero jamás la conciencia. Su palabra se volvió punzante, su análisis incómodo, y su presencia un estorbo para una dictadura habituada al servilismo y al aplauso comprado. Desde el exilio, denunció las prácticas represivas del orteguismo con una valentía que muchos ni siquiera logran alcanzar en libertad. Sabía que lo estaban vigilando, sabía que había amenazas, pero jamás se doblegó. Ni por miedo ni por cansancio. Su vida fue un acto de resistencia, y su muerte, una herida abierta que exige justicia.
El régimen de Ortega no solo mata con balas o con cárceles, también asesina desde la impunidad. El asesinato de Samcam en Costa Rica representa un salto abismal en la osadía del terror. Ya no basta con callar a los críticos dentro de Nicaragua. Ahora se persigue, se elimina, se extermina al que se atreve a alzar la voz desde cualquier rincón del mundo. La complicidad estructural, la indiferencia internacional, y el temor de muchos gobiernos vecinos son parte del andamiaje que hace posible que crímenes como este ocurran. No es un acto aislado: es parte de una lógica represiva transnacional, donde el exilio ya no garantiza seguridad.
Pero el legado de Roberto Samcam no murió con él. Su voz sigue resonando en las calles, en los análisis, en las memorias de quienes lo leyeron, lo escucharon, lo respetaron. Y sobre todo, en los corazones de su familia, que ha dado una lección de dignidad frente al dolor.
Claudia Vargas, su esposa, es ahora más que viuda: es heredera de una causa. Con una entereza difícil de describir, ha sostenido la memoria de Samcam como se sostiene una bandera. No ha dejado que el dolor la paralice. Ha denunciado, ha exigido, ha puesto rostro y nombre al crimen. En un país extranjero, lejos de su tierra, ha levantado el reclamo por justicia con una dignidad que avergüenza al aparato diplomático nicaragüense y a quienes callan por conveniencia.
Y junto a ella, sus hijos. Ellos no solo perdieron a un padre. Perdieron la posibilidad de tenerlo cerca, de abrazarlo, de escucharlo reír. Perdieron la normalidad de una vida en paz. Pero no han perdido la convicción. Ni el orgullo. Ni la razón por la que vale la pena luchar. Son, como los hijos de Héctor Abad Gómez, el testimonio viviente de que un padre asesinado por defender la verdad deja un legado que ningún verdugo puede borrar.
La historia nos enseña que el asesinato de hombres como Samcam no silencia la verdad: la amplifica. Hoy más que nunca es urgente exigir una investigación independiente, seria y contundente. El crimen no puede archivarse ni banalizarse. La comunidad internacional, Costa Rica, los organismos de derechos humanos, y todos aquellos que dicen creer en la democracia, tienen una responsabilidad. No basta con condenar: hay que actuar. De lo contrario, el mensaje será claro: los dictadores pueden matar incluso en el exilio, y nadie hará nada.
El caso de Samcam debe marcar un antes y un después en la conciencia colectiva de la diáspora nicaragüense. No estamos seguros. Nadie lo está. Pero no podemos permitir que el miedo nos vuelva cómplices. Que su asesinato se convierta en un símbolo de derrota sería traicionarlo. Su lucha debe transformarse en plataforma. Su palabra, en programa de acción. Su legado, en compromiso permanente con la verdad.
Porque en cada dictadura hay hombres que se atreven a desafiarla. Y aunque los maten, no mueren. Héctor Abad Gómez lo sabía. Samcam también. Por eso vivieron como vivieron. Por eso murieron como murieron. Y por eso, al final, vencerán. Porque las dictaduras caen. Siempre caen. Pero la dignidad de quienes las enfrentan queda inscrita en la historia.
Hoy no escribimos un obituario. Escribimos una proclama. Una promesa. Que seguiremos su causa. Que honraremos su nombre. Que no permitiremos que su asesinato quede impune. Que los asesinos no podrán dormir tranquilos. Que sus palabras seguirán vivas, golpeando los muros del poder, recordando a los opresores que su tiempo se acaba. Roberto Samcam no murió en vano. Fue asesinado, sí. Pero no vencido.
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Estudiante de ciencias políticas de la Universidad Complutense Madrid. Excarcelado político desterrado por la dictadura Ortega-Murillo.
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